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La pregunta que nunca hará el CIS de Tezanos

jueves 21 de mayo de 2020, 18:18h

En 1980 (¡Qué barbaridad, hace 40 años!) tuve una discusión pública con José Félix Tezanos, a propósito de los cambios en la estructura social española y su referencia en cuanto a la estrategia del Partido Socialista. El escribió un par de artículos en la revista Sistema (Nos. 30 y 34) y yo hice lo propio desde Zona Abierta (Nos. 20 y 24). Ambos estábamos especialmente interesados en el estudio de la información estadística en la materia y, antes de hablar de las consecuencias políticas de estos cambios, discutimos sobre el crecimiento de lo que Tezanos calificaba de “nuevas clases medias” frente al estancamiento cuantitativo de la clase obrera y el crecimiento de los trabajadores manuales del sector servicios. Tezanos mostraba el rápido crecimiento de la nueva clase media y en ese sentido hay que reconocer hidalgamente que tenía razón. Mientras, yo argumentaba que los obreros industriales y agrícolas no disminuían tan rápidamente y que el crecimiento del sector servicios no podía verse como un universo uniforme de trabajadores de cuello blanco, porque había en su interior al menos un tercio de trabajadores manuales (desde conductores a personal de apoyo, entre otros grupos).

Pero lo más importante de ese debate era su consecuencia en términos de representación política para el Partido Socialista. Al principio de los años ochenta había tres posiciones al respecto. Una, representada por Luis Gómez Llorente, vicepresidente del Congreso y Secretario de Formación en la Ejecutiva del PSOE, que sostenía que este partido debía concentrarse en representar a la clase trabajadora y que las nuevas clases medias debían ser representada por un partido liberal o de centro. Y desde esa representación repartida se podrían hacer acuerdos de gobierno. Escribió un famoso artículo en el diario El País (2/4/1980) defendiendo esa tesis. Al releerlo, no he podido dejar de pensar en la ocasión histórica perdida de un gobierno entre PSOE y Ciudadanos no hace tanto tiempo.

La posición opuesta era la planteada por Felipe González, compartida entonces por Alfonso Guerra y Tezanos, que sostenía que el PSOE debía buscar la representación indistinta tanto de la clase trabajadora como de la clase media. Y existía una tercera posición, apoyada por la Ejecutiva de la UGT de Nicolás Redondo, a la que me adhería, partidaria de que era posible esa representación amplia (clases trabajadoras y medias), pero manteniendo en su interior la hegemonía de la clase trabajadora en buena medida sindicalizada. Por eso mis artículos en Zona Abierta recibieron elogios de la Ejecutiva de Redondo.

Desde luego, en esos años todo aquello tenía un trasfondo referido a las corrientes internas del PSOE. Tezanos escribía desde su relación con Guerra y yo lo hacía desde los círculos de Redondo y Joaquín Leguina. Ya entonces, Alfonso, que veía venir su divergencia con Felipe, necesitaba de fidelidades firmes y muchos varones no estaban dispuestos a eso. ¿Recuerdan aquello de que “quien se mueve no sale en la foto”? Pues así. Leguina y otros muchos sufrieron bastante por entonces. Yo me marché a vivir la transición chilena y a colaborar con la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), cosa que hice por más de veinte años.

Pues bien, desde entonces la vida ha dado algunas vueltas. La estratificación social en España ha seguido, a cierta distancia, los cambios inducidos por el salto tecnológico y la globalización, que reflejaban la emergencia de un cambio epocal. Tezanos ha seguido más de cerca el estudio de esos cambios en la estructura social (La sociedad dividida. Estructuras de clases y desigualdades en las sociedades tecnológicas, Biblioteca Nueva, 2001) y a mí me interesó más las dificultades de las ciencias sociales para interpretar esos cambios en tanto disciplinas cognitivas (La crisis de las ciencias sociales: un estudio comparado, FLACSO, 1996).

Pero Tezanos fue capaz de combinar la actividad académica con su vida política. Con el remolino que siguió tras la dimisión de González de la dirección del PSOE y que desembocó en el conflicto político y generacional que encumbró a Rodríguez Zapatero (con el apoyo semioculto de Alfonso Guerra), los sectores propiamente socialdemócratas del PSOE fueron de derrota en derrota. Y de pronto, Tezanos sale de su breve pausa política, para darle sustento programático al resistente Pedro Sánchez. Muchos habrían pensado que lo más probable hubiera sido que Tezanos siguiera una actitud similar a Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero no. Un Tezanos radical y rejuvenecido entra en la Ejecutiva de Sánchez recuperando su puesto de Secretario de Formación. De ahí a la dirección del CIS no había mucho trecho.

Viéndole exponer en su reciente comparecencia en el Congreso los éxitos de su vida profesional tengo que reconocer que sentí cierta congoja. Ante unos incrédulos diputados, tuvo que glosar todas sus publicaciones, sus conferencias en distintas ciudades, de una forma que provocaba vergüenza ajena. Y la oferta de regalar su libro introductorio Iniciación a la Sociología a todos los asistentes se situaba entre la cortesía y el irrespeto a la audiencia. ¿Quería apabullar a sus señorías o también respondía a su ambición desmedida de reconocimiento? Quizás ambas cosas. En todo caso, el núcleo de su cuestionamiento estaba en otra parte.

Cierto, Tezanos también tiene sus debilidades profesionales. En el mundo de la sociología hay gente que elogia su distancia de la teoría y otra que se lo critica. Un buen amigo, que ya descansa en paz, decía que Tezanos tiene el vuelo teórico de una gallina india. Pero mas allá de sus debilidades -que todo el mundo tiene- no es su formación profesional lo que le incapacita para ejercer la presidencia del CIS.

En un intento desesperado por minimizar el problema, Tezanos afirma que tener un carnet de partido no debe inhabilitar a nadie para ejercer puestos públicos. Y tiene razón. Pero no se trata de eso, sino de si una persona completamente comprometida con un proyecto político partidario debe ocupar un puesto que exige una prístina imparcialidad respecto del espectro político. La profunda molestia que provocó entre los profesionales operadores de la justicia el nombramiento de Dolores Delgado como nueva Fiscal General refería directamente a esta cuestión y ella no poseía un carnet del PSOE. Esa es la razón de fondo que Tezanos sabe de sobra y que busca disimular por todos los medios a su alcance. De hecho, Tezanos alcanzó finalmente la deseada fama fuera de los círculos académicos por su controversial dirección al frente del CIS. Porque es poco menos que imposible pasar de constructor de la línea partidaria a dirigir una entidad cuya imparcialidad debe quedar libre de toda sospecha. En el fondo, se trata de un asunto de sensibilidad ética.

Desde luego, cuando se observa que el caso de Tezanos no es el único se eleva obligadamente la mirada y comienza a pensarse que hay un liderazgo tendencialmente cínico, convencido de que el fin (político y personal) justifica los medios. Alguien que encara la forma de hacer política con cara de mármol, cuyos juegos pueden llegar a extremos como el reciente acuerdo con Bildu para asegurar la prorroga del Estado de Alarma, secreto hasta para sus propios ministros. ¿Tan desesperado está como para poner en riesgo la mesa de reconstrucción y el dialogo social con los empresarios?

Importa subrayar que el perjuicio que trae al CIS su pérdida de credibilidad también es directamente técnico. La controversia sobre Tezanos ha acabado por convertirle en el mayor productor de voto oculto de la oposición. A ello se debió el patinazo del CIS en las encuestas de intención de voto antes de las elecciones andaluzas. Pero él sigue impertérrito haciendo sondeos con novedosas metodologías.

Por todo ello, hay un asunto sobre el que el CIS de Tezanos nunca preguntará: sobre la credibilidad ciudadana que tiene hoy el propio CIS como instrumento demoscópico nacional. Y no lo hará porque sería muy difícil manipular unos resultados que le conducirían inevitablemente a la dimisión. Pero para alguien que comparte cinismo y aventurerismo políticos quien sabe si no estaría dispuesto a hacerlo.

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