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El agotamiento de la credibilidad política en medio de la calamidad

lunes 25 de mayo de 2020, 08:38h

La afortunada imagen del presidente del PNV, Andoni Ortuzar, de que al depósito de confianza en el gobierno de Sánchez se le ha encendido el piloto de alarma que señala su agotamiento, solo tiene una posible observación. Y es que no sólo es válida para la dirección del nacionalismo vasco, sino para una buena parte del país, cada vez más extensa.

Este pasado sábado, Sánchez ha buscado utilizar las buenas noticias sanitarias y el avance de la desescalada para evitar que la principal noticia fuera la magnitud de las manifestaciones contra el Gobierno, convocadas por Vox en las capitales españolas. Y puede afirmarse que sólo lo ha logrado a medias. Si una imagen vale más que mil palabras, las tomas del reportaje de TVE sobre las manifestaciones son abrumadoramente significativas. Después de mostrar la magnitud de las demostraciones, TVE se dedicó a preguntar a los asistentes la razón de su presencia en ellas y la cosa se puso interesante cuando las respuestas comenzaron a reflejar que muchos no eran votantes de Vox. Pero la cosa subió de color cuando una de las personas consultadas se declaró votante del PSOE. Claro, cuando esta secuencia se repitió entera en el telediario de la noche, la respuesta del votante socialista ya había sido eliminada. La imparcialidad de la “televisión de todos” también tiene sus límites.

Si se hace un repaso de los medios de comunicación este fin de semana, puede observarse que los comentarios se centraban en dos asuntos: la acelerada reducción de la credibilidad y la confianza política que padece el gobierno Sánchez y la incapacidad de la oposición de dar respuesta a esta situación con algún sentido de Estado (quizás a excepción de Ciudadanos, que, desafinadamente, la soberbia de Rivera redujo a 10 diputados).

Es cierto que las manifestaciones que convoca Vox provocan la ruptura de la disciplina social frente a la pandemia. Pero esa falta de disciplina también se aprecia en la playa de la Barceloneta, la juerga de Beasain en plena calle (con concejala de Bildu incluida) y en los miles de lugares donde, especialmente los jóvenes, se pasan por el arco del triunfo la normativa sanitaria. No hay duda de que todo forma parte de un cuadro en que la autoridad política del gobierno Sánchez se ve cada vez más famélica.

Hace ya semanas que gobierno y oposición están de acuerdo en utilizar la pandemia para el combate político. De un lado, como señala Fernando Vallespín: “Un presidente del Gobierno atrapado por sus juegos de funambulismo parlamentario, donde la obtención de apoyos netos importa mucho más al final que su misma razonabilidad; donde la búsqueda del fin banaliza las consecuencias de aplicar unos u otros medios para conseguirlo”. Y del otro lado, un Partido Popular que no puede sustraerse a la ensoñación de hacer caer el gobierno mediante los datos endemoniados de la pandemia. Ambas partes parecen jugar a lo mismo: destrozar cualquier posibilidad de lograr la unidad de acción que el país necesita para enfrentar la calamidad.

La cuestión de fondo es ¿y a donde carajo conduce todo esto?

El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, en su comparecencia en el Congreso de los Diputados, dejó claro el horizonte que se avizora si no se logra algún pacto nacional para conjurarlo. El hundimiento de la actividad productiva va a obligar a un gasto fiscal para evitar el caos social que, junto a otros factores, va a hipotecar el desempeño económico durante varias generaciones. Ello además de que una España dividida recibirá el vapuleo de una Unión Europea a la que no le temblará la mano para imponer una fuerte intervención económica si queremos acceder a los recursos financieros que están teóricamente disponibles. La situación es tan grave que Hernández de Cos no pide un acuerdo para los próximos años sino para varias legislaturas.

Pero las fuerzas políticas de ambas mitades de España siguen estando dispuestas a atornillar al revés. La pérdida de credibilidad y confianza política de Sánchez se acompaña con el aprovechamiento de esa situación por parte de la oposición para debilitar aun más la autoridad del gobierno. Todo indica que el gobernador del Banco de España es lo más parecido a un predicador en el desierto. El espíritu español de las pinturas negras de Goya parece dispuesto a regresar.

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