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La diarquía fantástica

jueves 04 de junio de 2020, 08:00h

Un Gobierno es el equipo ejecutivo de un presidente. El presidente es quien obtiene la confianza del Congreso y quien elige libremente a sus colaboradores a título de ministros con los que constituye su Consejo. El Consejo de Ministros es un órgano colegiado que decide por mayoría, entre iguales bajo la autoridad y el voto de calidad, si es preciso, de su presidente, al que deben lealtad todos sus miembros hasta que, en su caso, hayan dimitido o sido cesados en sus funciones. Esto, que parece obvio, no consta en la composición del grupo de personas que, aparentemente, ejercen como nuestro Gobierno.

Hay cuatro vicepresidentes graduados como primero, segundo, tercero y cuarto. Se supone que por un orden protocolario y de sustitución del presidente ausente o indispuesto, no para prorrogar una presidencia intransmisible. En algún caso un vicepresidente puede desempeñar labores sectoriales de coordinación de varios departamentos, como la vicepresidente económica, claramente definida como tal. Pero todas estas vicepresidencias no rompen el principio de igualdad de todos los ministros que deliberan, en secreto, y votan las decisiones gubernativas. Pero hay uno, titulado vicepresidente segundo, que rompe el esquema ministerial. Su presencia no es ni vicepresidencial ni ministerial. Es la de un socio, cogobernante de una institución bicéfala con dos cabezas desiguales. Una diarquía que hace imposible un discurso único del conjunto ministerial porque ninguno de los dos diarcas tiene ascendiente moral sobre el otro.

Esta pareja no constituye un gobierno monocolor pero, tampoco, de coalición o de concentración. En estos casos, aun siendo los ministros de diferente perfil ideológico, ello no implica que todos y cada uno no sean depositarios por igual de la confianza presidencial establecida de persona a persona y que puedan ser sustituidos, si la pierden, por otros de similar procedencia. Aquí lo que sucede es que hay un hipotético vicepresidente segundo que pastorea sus propios ministros, en algún caso con sublime condición de madre de sus hijos. No solo constituye un bando en el seno del Consejo sino que este bando está respaldado desde fuera por un grupo imprescindible para mantener el equilibrio parlamentario. Por si fuera poco, este poderoso cogobernante es el único enlace ideológicamente apto para relacionarse sin escrúpulos con el conglomerado de minorías contrarias al sistema constitucional vigente y a la integridad territorial definida por dicha Constitución. Los viejos socialistas y los nuevos militantes se sienten capitidisminuidos por ese sujeto ventajista que les ha crecido en su seno y que complica sus relaciones con la Unión Europea, la OTAN, el Banco de Comercio Europeo, la Internacional Socialista y demás organismos no habituados a tratar con diarquías.

¿Cómo es posible que Pedro Sánchez, quien no hace mucho decía que no podría dormir tranquilo con alguien de “Podemos” en el Gobierno, haya aceptado esta diarquía? Porque para su pragmatismo egoísta es mejor dormir intranquilo a base de Dormidina que no dormir en la Moncloa. Pero los problemas acumulados por el diarca llamado Pablo Iglesias son de naturaleza indeseable y conflictiva. Es una llaga abierta que supura el rencor histórico de todas las derrotas de cuantos frentes revolucionarios han existido y presiente con odio la futura derrota de su propio frente. Este personaje que se atreve a ironizar sobre marquesados ajenos y a imaginar golpes de estado de opereta es una pieza incompatible con un futuro institucional aceptable ni a la izquierda ni a la derecha. Ya está estorbando hasta a los micronacionalismos regionales que pretende cortejar. Se le pone la carne de gallina cada vez que ve a alguien vestido de uniforme cuando lo suyo sería que se echase a temblar cada vez que se anuncie una urna abierta. Con él no es posible formar ningún Consejo de Ministros homogéneo ni ningún plan económico razonable. Después del coronavirus y antes, quizá de que una vacuna lo derrote definitivamente, habrá que vacunar a los españoles del contagio de totalitarismo populista procedente de Pablo Iglesias y su banda de liberticidas que llaman rupturistas a sus amados terroristas y fascistas a sus odiados adversarios. Cuando concluya esta última fase del estado de alarma van a ser necesarios todos los respiradores clínicos inactivos para prolongar la respiración de esta diarquía fantástica.

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