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Si Marlaska sigue, la oposición debe abandonar el Parlamento

viernes 05 de junio de 2020, 18:43h

La oposición conservadora de este país ha perdido la brújula. Sigue empeñada en una estrategia que no tiene destino ni razón y que sólo conduce a agravar el circulo vicioso que sufre la política española y que socava los fundamentos del sistema democrático: la estrategia del acoso y derribo de un gobierno apoyado mayoritariamente en el parlamento, aunque esa mayoría sea reducida e inestable. En realidad, esa estrategia debería desembocar, desde una lógica democrática, en su expresión completa: plantear una moción de censura del Gobierno. Pero la oposición no lo hace porque teme perderla (y no importa si lo hiciera por muy poco).

El problema es que, ante ese callejón sin salida, esa estrategia está consiguiendo dos cosas, a cada cual más negativa: contribuir poderosamente a la crispación política y posibilitar que el gobierno se sienta a salvo de cualquier crítica, orientándose cada vez más hacia una forma de hacer política que está más allá del bien y del mal. No importa si mete la pata o si le pillan en una mentira flagrante, eso es algo que sólo dura tres días en los titulares de los medios.

Y, de esta forma, el círculo vicioso de desarrolla. A mayor acoso desaforado de la oposición, mas justificación encuentra el gobierno para actuar con descaro. Y viceversa, a mayor desfachatez del gobierno, mas crispación sin destino de la oposición.

Muchos observadores coinciden en que el avance de este circulo vicioso puede inducir a una situación muy peligrosa: la desafección de la ciudadanía respecto del sistema democrático, tanto por hartazgo como por la anestesia de su juicio crítico. La concatenación de un escandalo tras otro hace que la población se acostumbre a esa forma de hacer política. Se borran las líneas rojas, los límites de las reglas del juego.

La oposición parece no darse cuenta que tiene enfrente a un Gobierno que se maneja en ese contexto como pez en el agua. Tiene razón Ignacio Camacho cuando se pregunta por qué Grande-Marlaska debería dimitir. “¿Por obstruir a la Justicia? Dolores Delgado le torció el brazo a la Abogacía en el juicio del procés y no sólo siguió en el cargo sino que la nombraron fiscal general del Estado. ¿Por mentir a las dos Cámaras a la vez? Eso ya lo hizo Ábalos con seis versiones distintas de su encuentro con la lugarteniente del sátrapa venezolano”. Y, en general, ya he insistido en anteriores notas que Marlaska ha adquirido esa forma de actuar, con desplante y caradura, del estilo comunicativo que impera en la Moncloa.

Así las cosas, surge la desazón en torno a qué debería hacerse para detener este círculo vicioso que emponzoña el funcionamiento del sistema democrático. En tiempos de la mayoría absoluta de Rajoy, desde la izquierda decíamos que una democracia no sólo se expresa mediante una mayoría parlamentaria, sino también por el respeto de las reglas del juego, que se desprenden desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos hasta las propias reglas constitucionales.

Pues bien, ¿qué puede hacerse entonces cuando esas reglas del juego democrático comienzan a ser atropelladas? En su camino equivocado, la oposición conservadora parece dispuesta a caer en un desconsuelo depresivo, con frecuencia encubierto de sonoros improperios, o bien busca operar a través de las instituciones públicas, azuzando a las fuerzas y cuerpos de seguridad, usando exageradamente la tribuna parlamentaria o trasladando el problema al poder judicial. La extrema derecha agrega a todo eso manifestaciones callejeras bastante peligrosas en tiempo de pandemia.

Sin embargo, hay una fórmula más contundente y perfectamente democrática para detener esta dinámica nefasta. Ha sido empleada con frecuencia en el Parlament catalán por parte de la oposición, de mayoría progresista. Cuando un gobierno, apoyado en una ligera mayoría parlamentaria, se salta las reglas del juego sin sonrojarse, entonces hay que abandonar el órgano legislativo. La oposición no debe hacerse cómplice de ese modo de conducir los destinos de la sociedad. Hay que poner en evidencia que el gobierno actúa solo, únicamente apoyado por aquellos que tienen como máxima moral la de que el fin justifica los medios. En el conflicto catalán se permitía cualquier desmán porque el fin era supuestamente justo: conseguir la independencia. En el plano nacional, el gobierno de Sánchez esta arropado por todos los que consideran que su programa político debe anteponerse a cualquier método de actuación política. Por eso se han olvidado de la cacareada regeneración democrática.

Todo parece indicar que el caso Marlaska es un punto de referencia que señala el traspaso de la línea roja en la defensa de las reglas del juego. Por ello, parece aconsejable que la oposición, abandonando toda quimera de derribar al gobierno a corto plazo, utilice esa herramienta democrática consistente en abandonar el parlamento. El espectáculo de un Congreso y un Senado vacíos de oposición sería eficaz para evitar el anestesiamiento de la ciudadanía y mandaría un claro mensaje de alerta a la Unión Europea respecto de los graves problemas de gobernabilidad que padece España. Y ello puede hacerse, como ya se ha hecho en otros lugares, sin aumentar los gritos, los insultos, los improperios. Mas bien podría ser una prueba de madurez del sistema democrático español.

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