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Memoria sanchista

viernes 18 de septiembre de 2020, 12:10h

Los españoles vivimos la situación más difícil de la época con el peor Gobierno de nuestra historia contemporánea. Hay que aclarar, para que esta afirmación no parezca un exabrupto, que la situación originada por un virus y el agravamiento de la economía forman parte de una crisis internacional que no es atribuible a este o ningún otro Gobierno sino a la mala sombra. El problema sanitario y sus repercusiones en la actividad comercial y productiva son cargas de profundidad que le han caído encima a este Gobierno como le hubieran caído a cualquier otro. Solo que este Gobierno es muy torpe y no estaba preparado desde su inicio para ninguna otra tarea que no fuese el mantenimiento mediante contorsiones acrobáticas de la persona de su presidente.

La gravedad de la crisis aumenta la necesidad de que cualquiera que fuese el signo de identidad de un Gobierno exista una exigencia de eficacia de su equipo de gestión. Esta exigencia pesa sobre el actual Gobierno de España como pesaría sobre cualquier otro. Pero, desgraciadamente, este Gobierno es una débil estructura incapaz de mantener un liderazgo coherente porque no se estableció, en su origen, en torno a unos principios compartidos sino en una compraventa de votos parlamentarios solo concurrentes en preferir un poder ejecutivo condicionado que permitiese la supervivencia de delirios separatistas o de utopías caribeñas frente y contra a la auténtica memoria de nuestra historia desde los Reyes Católicos a Felipe VI que es para unos motivo de orgullo y para ellos de división y rencor. La coalición PSOEPodemos no es, por sí sola, capaz de garantizar un programa o diseñar unos Presupuestos Generales coherentes porque la coalición solo es una convergencia de contradicciones que impiden que España tenga el Gobierno vigoroso que necesita en tiempos de crisis. Las carencias del poder favorecen el crecimiento de los enemigos del Estado como hongos parasitarios alimentados del reparto desigual de sus bienes y el malestar por la desconfianza creada por el tratamiento engañoso e irregular de la pandemia.

Para distraer la atención desde esta evidencia descorazonadora, el Gobierno ha anunciado un anteproyecto de perfil anticonstitucional llamado de memoria democrática, para intentar borrar la memoria real de los españoles, transmitida de padres a hijos, del caos macabro de lo que fue la España roja de sangre. La operación recuerda los jeroglíficos egipcios machacados por dinastías sucesivas para adulterar el pasado en beneficio de un presente. Durante algunos años la barbarie hizo su efecto pero, hoy en día, todos los guías explican a los turistas los contenidos de los relieves machacados y la ruindad de sus ejecutores por orden de los peores faraones de la estirpe. Ya puede el Gobierno expulsar frailes y picar piedras que la historia seguirá contando como era España hace cuarenta años y como quedó hace ochenta y, también, como la va a dejar Pedro Sánchez en unos meses en que ha logrado convertirlo en el país con más muertos por millón de habitantes tras Bélgica y Perú y campeón europeo en contagios y en paro. La memoria oficial nunca podrá adjetivarse como democrática porque la memoria popular está escrita en la historia interior de cada casa y de cada familia. La memoria de cómo pudieron vivir y trabajar los abuelos y los padres y cómo va a dejarles el país el dúo Sánchez-Iglesias, si los giros imprevisibles no lo salvan a tiempo del desastre.

Este cuadro no sería tan alarmante si no fuese porque, estando las cosas como están, el Gobierno se beneficia de una inercia fatídica porque solo está en sus manos alterar los periodos electorales y carece de voluntad de hacerlo. Su voluntad es perpetuarse a toda costa anteponiendo su permanencia a su eficacia. Pero esta voluntad, clave de la personalidad de Pedro Sánchez, no sería suficiente si existiese una perspectiva de recuperación operante en el imaginario popular. El problema es que aún no hay alternativa visible. No solo porque está dividida en tres mal avenidas, sino porque, aunque estas tres se juntasen en torno a unos principios liberales flexibles, su suma en votos parlamentarios sería insuficiente mientras el socialismo prefiera negociar sin escrúpulos con todos los residuos antisistemáticos, ácratas o localistas que puedan rebelarse contra cualquier forma de autoridad gubernativa. La corrección del sistema electoral que hace posible esta realidad extravagante es imposible sin una visión de Estado de los partidos mayoritarios con vocación de continuidad histórica y no de compra de prórrogas coyunturales.

Es por esta tendencia a la supervivencia cotidiana sin preocupaciones por una continuidad histórica del Estado por lo que se dice que los sistemas no decaen por falta de apoyo popular sino por la traición de sus minorías dirigentes. Los funerales de nuestra actual democracia parlamentaria no quiere cantarlos el pueblo sino los enemigos de los intereses del pueblo y de la recuperación de España. Sánchez, con su programa públicamente impreciso y privadamente sombrío, se ha descompuesto por la crisis sanitaria y el destrozo económico, convirtiéndose en un náufrago sobre una balsa de tablas mal ajustadas que flota por azar en lo alto de un tsunami catastrófico. Solo cabe esperar que, por la magnitud de la tragedia que se presiente, las ondulaciones de la marea sean tan profundas que remuevan hacia las alturas las energías nacionales dormidas en los fondos. El libro de la historia tiene muchos capítulos. Ninguno se titulará memoria democrática. Como mucho se llamará memoria sanchista.

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