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Educar con valores

domingo 25 de octubre de 2020, 11:12h

La tradición socrática, Sra. Celaá, determina que educar consiste en sacar a la luz aquellos valores que, potencialmente, contiene todo educando. No se trata de instruir, que es término marcial, ni de adoctrinar como, posiblemente, hicieron con usted las Teresianas, ni de catequizar adeptos para la causa progresista de quienes disponen de palacios en Neguri.

Educar es descubrir el poder del discípulo y acompañarlo en el proceso de hacerlo efectivo, igual que el gemólogo talla el brillante y saca de él iridiscencias insospechadas, convirtiéndolo en un diamante. Como indica la etimología de la palabra diamante, “adamatos” en griego, es alguien duro, que no puede ser vencido. Sólo un diamante puede tallar a otro, que permanecerá incólume, fiel a la forma recibida al ser tallado. No podemos llevar la metáfora muy lejos, porque el ser humano no es un carbón, está vivo y es un proceso estocástico, de esos en los que, si cambia alguno de sus elementos, cambia todo el conjunto, como ocurre con el caleidoscopio.

La educación sienta una base de sustentación del desarrollo posterior de la persona, crea formas y destapa valores que van a labrar el carácter, los hábitos, la manera de estar en el mundo y de dialogar con los demás, que hacen a cada ser humano singular, único, diferente incluso al proyecto constructivo que pudiera tener in mente el educador.

Pongamos un ejemplo próximo: durante la Dictadura, los niños recibíamos clases de catecismo en la escuela; pasábamos de ser Cruzado de Cristo Rey a Congregante Mariano y las niñas Hijas de María, desde la primera comunión; veíamos películas látigo negro o censuradas; habíamos de participar en misiones (no precisamente pedagógicas) o, una vez adultos, en cursillos de cristiandad, etc. Todo esto lo puso en solfa El Florido Pensil de Sopeña.

Con independencia que la pretensión de ser perfectos es siempre una apuesta en pro de la neurosis, aquello era una formación reactiva que aspiraba a convertir a la sociedad en una especie de noviciado. En definitiva, una forma de locura trazada por una mente cuartelera, que terminó estrellándose, afortunadamente.

Por la ley del péndulo, tras el destape, la “movida” y el desarrollismo económico, los ideales actuales de un amplio sector de la juventud están circunscritos al consumo de estímulos, el hedonismo y la prisa urgente. Hoy “estamos en el ir”, como dijera Julián Marías. No sabemos hacia dónde, ni a qué; pero vamos, gregariamente, en la barahunda del mogollón, a tontas y a locas, a empellones y risotadas, entre espasmos sexuales y efluvios etílicos.

Como quiera que cualquier generalización es injusta, me referiré a una parte de la juventud de hoy, constituida por antiguos “niños-verdugo”, que ha crecido en medio de cosas y soledad. El niño-verdugo suele desconocer dónde y en qué trabajan sus padres; esto es, carece de referentes; ha pasado su niñez en un almacén de cosas que exigía, porque todos sus amigos las tenían; igual que demandaba las zapatillas deportivas y ropa que habían de usar de la marca precisa; ha peregrinado por infinitas actividades extraescolares, donde andaba aparcado, al no haber conciliación familiar. En resumen, este niño ha sido educado en un frenesí de estímulos y caprichos, entre antojos ocasionales sin límites y demandas impositivas absolutas, sin mentores, ni guías.

Mientras, los padres trabajaban y también hacían horas extraordinarias, porque habían de pagar la hipoteca, el préstamo del coche, las vacaciones en el mar y comprar cosas. Todo esto ocurría antes que llegara la informática y el teléfono portátil, que son los referentes de ahora.

Cuando ha llegado la pandemia, la falta de auto-contención, la indisciplina, el consumo voraz de estímulos, el hedonismo, las urgencias del sexo y las de “estar en el ir”, la insolidaridad, el egocentrismo y el “a mí, plin, o ahí me las den todas”, son los aliados de la propagación de la enfermedad.

Aquel ascetismo de Franco era un despropósito. El resultado de una educación sin valores es el botellón, salir a la madrugada, coger el punto etílico y “mojar”, no importa con quién. A continuación, o entremedias, rayarse, sin que tampoco tenga importancia con qué. A estas bacanales le llaman “socializarse” y tienen intermitencia semanal, entre ir a Tarifa, a coger el viento fresco del Estrecho y, de paso, bajarse al moro, o subir a Astún o a La Molina, también a coger el fresco, si hay nieve y polvo blanco. Todo son estímulos y pretextos de consumo para “estar en el ir”.

Sin embargo, el diamante va por dentro. No lo supieron descubrir. O, tal vez, no hubo otros diamantes que lo tallaran. Tampoco hay culpables. El fracaso es del sistema social, en su conjunto. El ordenamiento también ha de ser sistémico, de la familia y el colegio, si queremos conseguir algo diferente a un ser humano epicúreo, pantagruélico e incontinente.

De las instituciones políticas, que se dedican a la educación, no cabe esperanza alguna de recibir ayuda para “educere” en sentido socrático, porque ellas están en “inducere”, invadir con su ideología y pseudo-valores, para crear “masa crítica” a la que manipular con facilidad. A ellas no les interesa la individualidad; prefieren la grey, el mogollón, y cuánto más acéfalo, mejor, aun cuando termine siendo una horda a merced de sus impulsos.

El diamante brilla por sí mismo, por su geometría, por sus características idióticas. Y cada uno somos uno, tallado, o sin tallar.

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