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Charlatán

jueves 19 de noviembre de 2020, 09:43h

La caridad cristiana, entendida como diaconía, obligaba a dar limosna a los pobres, como fórmula para redimir el alma del donante. En realidad, era un trueque: “doy algo que es seguro que me sobra, a cambio de conseguir un bien mayor que no tengo seguro que vaya a conseguir”.

En el siglo XVI, Juan Luis Vives, precursor de los actuales servicios sociales, critica este concepto de caridad cristiana, aunque considera que la mendicidad es una lacra para la sociedad y fuente de delincuencia. Por ello, recomienda que sea el Estado quien se ocupe de conseguir su desaparición. Con buen criterio, el filósofo distingue entre pobres verdaderos, los minusválidos, y los falsos, holgazanes que no quieren trabajar. Los socorros han de ir destinados a los primeros, mientras el Estado ha de perseguir a los segundos, si no aceptan un empleo.

Si aplicáramos estas lecciones del valenciano, nuestro censo de parados disminuiría considerablemente. Sólo hay que conseguir un empleo dignificante que ofrecer a quien necesita y quiere trabajar. Si el Estado fracasa en la promoción de empleo, corre el riesgo de convertirse en un limosnero medieval, que da de comer hoy, para tener que dar de comer mañana.

Entonces, necesitaban a los pobres para poder redimir el alma propia; y ahora, que ya no son tiempos de trascendencias, el Estado se ha convertido en providencia última y necesita a los pobres para asegurar su dependencia y agrandar su dominio sobre los menesterosos. Cuantos más pobres dependan del auxilio estatal, más fuerte es la posición relativa del aparato burocrático. ¡Cómo si el Estado fuera el reino de Jauja!

El Estado marroquí ha encontrado otro subterfugio: enviar a España su excedente de pobres, todos aquellos que no puede sostener en su territorio. Esta exportación la monta, especialmente, cuando desea “castigar” a España por algún motivo. Sin duda, es un vecino incómodo, cuyo rey es el mayor inversor en Francia…, pese a su condición medio sagrada. Será que la corrupción tampoco respeta cánones religiosos.

A sabiendas de esta propensión, Su Excelencia el vecino de Galapagar, portador de moño zorongo, no ha dudado en interferir en la política internacional, excitando los celos alauitas, por mor del Sahara occidental. Él es Vicepresidente de Asuntos Sociales y tiene atribuciones sobre emigración, aun cuando haya otro Ministerio específico; sin embargo, Vicepresidente y Ministro dejan al pairo las hordas de pobres, una vez que llegan a territorio español.

A Canarias, donde más del 50% de su población está en paro, o en un Erte, han llegado ya otros 16.000 emigrantes, sin posibilidad alguna de arraigo y todas las bazas a favor de la delincuencia y la propagación de la enfermedad. La pasividad, no hacer nada, es la única respuesta que ofrece el mega-gobierno que alimentamos, no por caridad, sino por imperativo legal de la plutocracia.

Esta es una operación de éxito, a medio plazo, del proyecto corrosivo del excelentísimo portador del moño zorongo, porque roe la estabilidad social al hacer sufrir a la población autóctona; revienta las posibilidades del Estado para prestar servicios esenciales; incrementa la masa de mendigos que dependerán, necesariamente, de la dadivosidad estatal; y enquista la malquerencia del vecino alauita, siempre dispuesto al ataque traicionero, que alberga expectativas sobre Canarias. El caballo de Troya ya está dentro; su transformación en quinta columna es cuestión de que llegue la oportunidad.

Es decir, que el excelentísimo vecino de Galapagar roe muy bien, en varias direcciones y tiene muchas canteras. Lo único que no le interesa son los asuntos sociales. ¿Paradojas?. No, coherencia de anti-sistema. Ya lo dice la copla: “las del moño zorongo duermen en catre, pa quel moño zorongo no se esfarate…”

La contrapartida a este prurito diluyente, la ofrece un restaurante sevillano, denominado “Charlatán”, no porque hablen a tontas y a locas y no hagan lo que deben, sino porque consideran que “comer y hablar son dos placeres irrenunciables, que hay que cuidar”. Abrieron su establecimiento hace pocos años y las restricciones impuestas por la pandemia, o por la gestión discutible de la misma, amenazaban con su cierre. Se les ocurrió invitar a comer, gratis total y de lunes a jueves, a quince familias que les enviaran las cofradías sevillanas. No era la caridad su motivación, sino, probablemente, dar salida a sus excedentes y, de paso, pagarse su propia propaganda, dando un campanazo con su trabajo.

Su éxito ha traspasado hasta los confinamientos perimetrales, y los días de fin de semana tienen el restaurante atestado de clientes. Un excelente modelo, por su creatividad, inteligencia y los valores morales que denota. Es la fórmula: “yo gano – tú ganas- ellos ganan”, constructiva, positiva y alentadora. Nuestro reto personal de cada uno, la labranza del futuro que esperamos.

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