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La enajenación romántica de Carolina Coronado

La enajenación romántica de Carolina Coronado

martes 12 de enero de 2021, 07:00h

Los restos de la escritora romántica Carolina Coronado (Almendralejo 1820-Lisboa 1911) y su esposo, Horacio Perry, descansan en un cementerio pacense. El 15 de Enero se cumplen 110 años desde la última vez que Carolina Coronado falleció. Sí, ha leído bien. Padecía catalepsia y la dieron por muerta en varias ocasiones. La primera, durante su juventud, igual que Santa Teresa, personalidad a la que admiraba y que -para disgusto de la Iglesia- tuvo la osadía de identificar con Safo en el ensayo “Los genios gemelos: Safo y Santa Teresa”. Una excentricidad moderada porque en la literatura del XIX Safo representaba el arquetipo de amor heterosexual no correspondido (se suicidó por Faón), y a Coronado se le ocurrió comparar el amor a Dios de la mística con el que atormentó a la pagana. Objetos amorosos distintos, pero a criterio de Coronado, idéntica pasión, expresada (a criterio mío) en metáforas rebosantes de carnalidad.

Coronado conocía esa clase de sentimientos y los versificó desafiando la censura social y literaria. En 1852 publicó un cancionero amoroso -“A Alberto”- que ocultaba la identidad de su primer amor bajo un nombre ficticio. Causó gran revuelo debido a que las mujeres de su tiempo no debían sentir ni escribir de esa manera. El Romanticismo las consideraba objeto de pasión, pero no sujetos apasionados. Tenga en cuenta que la exaltación romántica de la subjetividad y la libertad era un asunto exclusivo de genio masculino. De las mujeres se esperaba que fueran el ángel del hogar, no enamoradas impetuosas.

Coronado no aceptaba (del todo) semejante articulación de lo masculino y lo femenino, y compuso poesías que denunciaban la opresión a las mujeres (“Libertad”,“El marido verdugo”… ). Pero su verdadera inquietud fue la mujer como sujeto literario. Escribir era en el XIX igual que el coñac Soberano durante mi niñez, “cosa de hombres”. Incluso los sectores más progresistas de la sociedad consideraban “antinatural” que las féminas tomaran la pluma y Coronado protestó con poemas contra aquella injusticia (“A Elisa”, “La poetisa en un pueblo”…). Si las mujeres pretendían escribir, debían hacerlo con una contención poética tal que subrayase el rol subsidiario y angelical que se les asignaba. Traspasar esos confines significaba ser tildadas de poco femeninas (falta gravísima), de “pedantuelas”, de raras, locas y hasta de impostoras, porque imperaba el prejuicio de que carecían de la inteligencia imprescindible para escribir y, por consiguiente, copiaban o alguien escribía por ellas. La poetisa (voz, en el futuro, denigratoria) era satirizada por querer imitar al varón de talento. Coronado advirtió que en España “se parecen las poetisas a las santas en que para ir a la gloria tienen que pasar por el martirio”. Créame, hablaba por experiencia.

Ante tamaña hostilidad, nuestras poetisas románticas (Fenollosa, Cambronero, Grassi, Massanés…) se carteaban, se dedicaban composiciones y se prologaban unas a otras. Conformaron un círculo de apoyo mutuo -la hermandad lírica- que Coronado lideró. Por entonces ya gozaba de reconocimiento literario y mimaba su imagen de mujer y de poetisa (así en femenino), que no de literata, término y condición que desdeñaba y que encarnó otra escritora brillante y más libre, Gertudris Gómez de Avellaneda. Esta además de poeta -así la llamaban sus defensores y detractores- era dramaturga de éxito y vivía de sus obras. Coronado exhortaba a sus amigas a respetarla y a admirarla, pero no a seguirla en lo personal ni en lo literario (debían mantenerse virtuosas y poetisas). De anciana lanzaría dardos a una joven Pardo Bazán.

Casada en Madrid con el primer secretario de la embajada norteamericana -Horacio Perry, a quien adoraba- convirtió el hogar de ambos, tanto en espacio de fiestas y encuentros literarios, como en refugio de políticos perseguidos. Junto a Concepción Arenal integró la cúpula de la Sociedad Abolicionista, lo que ubicó a Perry -también antiesclavista- en una posición políticamente incorrecta, pues España apoyaba durante la Guerra de Secesión a los Estados del Sur. Casi a la vez que Perry es cesado, fallece en plena adolescencia, Carolina, la hija mayor de ambos. Desquiciada de dolor y miedo, Coronado en lugar de enterrarla, la embalsama y consigue que las monjas Pascualas la guarden en un armario de la sacristía conventual. “Si despierta, podrá al menos, golpear la madera…”

Algo después, Perry es nombrado gerente de la compañía Eastern Telegraph que pretende tender un cable submarino con América, y el matrimonio y su otra hija -Matilde- se traslada a Lisboa. Habitan un palacio maravilloso a orillas del Tajo y vuelven a llenarlo de artistas e intelectuales. Coronado ya no es poetisa, es novelista y en tierra lusa concibe su obra más ambiciosa, “La Sigea”, sobre una humanista castellana en la corte de Manuel I, y sus amores con Luis de Camoes. Todo marcha bien…hasta que un revés los arruina. A la catástrofe económica se suma la muerte por apoplejía de Perry. Coronado, enajenada, se niega a enterrarlo…repite lo que hizo con la hija: lo embalsama y lo deposita en el oratorio del Palacio. Cada tarde, durante veinte años, Matilde ve cómo su madre habla a su padre. Viven oscuras y aisladas en la clara y bulliciosa Lisboa. Coronado no escribe, no sale, no recibe visitas, pero aun así el amor se cuela en el palacio. Matilde, de 30 años, desea casarse con el abogado extremeño Pedro Torres Cabrera, hijo de un carlista. “¡Nunca lo permitiré!”, dictamina Coronado. Matilde suplica y su madre consiente a condición de que continúe durmiendo con ella y Torres…en el piso de abajo, donde debe vivir. No quiere contacto con su yerno. Los enamorados aceptan y soportan veinte años de noches separados y conversaciones vespertinas de Coronado con el esposo momificado (“el silencioso”, según Ramón Gómez de la Serna, sobrino de la poetisa).

A los 90, esta fallece “por última vez” y Torres dispone enterrar a sus suegros bien lejos. Bien pronto, sin embargo, haría lo mismo con Matilde. Seis meses les duró la felicidad a solas. Veinte años de matrimonio y apenas medio de noches de pasión. Maldito Romanticismo.

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