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Los viajes de Colón

martes 15 de junio de 2021, 11:53h

La unidad de España es consecuencia de un proceso histórico secular y de la vigencia de una norma constitucional suprema respaldada por el pueblo español. Solo un presidente peripatético como Pedro Sánchez puede concebir esa unidad en base a pactos bilaterales establecidos al modo medieval entre un sultanato central y unas taifas étnicas. Esta lamentable visión de su propia patria ha minado la autoridad moral imprescindible para gobernar y representar a una nación de un presidente sin base electoral propia suficiente. Frente a esa mentalidad capaz de hacer almoneda de las columnas esenciales de la comunidad nacional concurren, con buena voluntad, la derecha estrecha y la derecha amplia, el centro y los liberales, la sociedad civil sin etiqueta y, también, la izquierda no sumisa. Los viajes a la plaza de Colón son una demostración de que contra la desintegración es evidente la unidad. Pero lo que vendrá después de los viajes a Colón exige algo más que una unidad de manifestaciones. Lo que vendrá después serán los indultos y, si puede, cualquier reforma constitucional que rompa la unidad legal de todos los españoles. Esta perspectiva exige unidad de acción y no solo de manifestación. Una política de demolición del Estado necesita ser corregida por una política de potenciación del Estado. No se puede manifestarse en Colón indefinidamente y no hacer nada más.

El patético Pedro Sánchez justificará unos indultos contrarios al cumplimiento íntegro de las penas de que alardeó en su campaña electoral. También el condenado Oriol Junqueras, que decía “los indultos se los pueden meter por donde les quepan” se volverá comprensivo y dirá que son “un gesto para liberar el conflicto.” No serán tan contundentes como antaño ni el uno ni el otro. El condenado porque añora la libertad y el presidente peripatético porque no quiere perder el apoyo parlamentario de los diputados separatistas que le permiten mantenerse en un poder precario. Ambas partes saben que los indultos no van a solucionar nada porque los partidos que predican separatismo en Cataluña no pueden perder su carácter si desisten del principio de autodeterminación e independencia. Son cuatro minorías diferenciadas que compiten entre sí y se apresurarán a descalificar como “Botifleur” al que acepte cualquier fórmula transacional. Aunque pareciese federal, si renuncia a la República y al Estado propio. Por otra parte, Pedro el peripatético sabe que no puede aceptar ruptura y República sin dinamitar el sistema constitucional vigente que le proporciona su facultad de negociador.

Unos y otros aspiran a ganar tiempo sin menoscabo de su protagonismo, hasta cuando pueda durar. Sánchez, probablemente, sabe que, con su conducta, tiene perdidas unas próximas elecciones. Se conformará con que no se adelanten. Pere Aragonès también se conformará con cumplir su mandato. Pero el separatismo catalán persistirá gracias a la propaganda intensa desde sus medios oficiales y de un sistema educativo dedicado a transmitirlo de generación en generación. Sánchez seguirá intentando justificar indultos personales ante el Tribunal Supremo y Puigdemont soñando un regreso triunfal desde Waterloo. El problema de una Cataluña envenenada será transmitido agravado a los gobernantes de un futuro, hoy por hoy imprevisible. Es un peligroso juego de fantasía política, que es la más peligrosa de las fantasías. Ni los independentistas van a renunciar a sus sueños ni ningún gobierno de España digno de tal nombre va a renunciar a su poder de hecho y de derecho, respaldado por la mayoría de los españoles y gran parte de los catalanes. El tema de la unidad del Estado no permite ser mantenido en cuestión indefinidamente sin un grave deterioro de la convivencia de los españoles. La anunciada “mesa de diálogo” solo es como esas mesas bajas que solo sirven para tomar el aperitivo pero de las que hay que levantarse para comer seriamente. Los días de los indultos pasarán, si es que llegan a pasar, como un recuerdo en el calendario de anécdotas bochornosas y como una mancha imborrable en la biografía del peripatético Pedro Sánchez. Pero las frustraciones de unos y los pasos en falso de otros nos traerán pesadillas futuras que demandarán despertares amargos. Se necesitarán gobernantes más sólidos para tiempos más duros. Es la herencia que dejará Pedro Sánchez a sus sucesores.

Sin pensar en sus responsabilidades futuras el ministro de Justicia Juan Carlos Campo trabaja sin desmayo en el estudio de la motivación obligada ante el Tribunal Supremo para evitar la arbitrariedad, aunque el Gobierno conserve la discrecionalidad de su decisión. Tiene que encontrar “razones de justicia, equidad o conveniencia pública” previstas jurídicamente. Da la impresión de que se ha aferrado a la “conveniencia pública” deformándola como “utilidad pública”. Pero los indultos no son convenientes públicamente al no existir arrepentimiento sino voluntad expresa de reincidencia. No favorecen conductas más conciliadoras en el futuro e irritan a la opinión pública mayoritaria. Solo existe la conveniencia política de un presidente en precario para estabilizar unos meses más su mandato. Por ello los condenados por el Tribunal Supremo gozan de la condición de preindultados parlanchines desde el primer día de su benévola clausura. Solo esperan que se establezca la anunciada mesa de negociación para proponer una consulta bilateral cuyo único fruto sería convertir en otros delincuentes futuros necesitados de futuros indultos a los representantes del Gobierno que justifiquen este gatuperio. Después de las manifestaciones en la plaza de Colón, lo peor está por venir. Los españoles debemos prepararnos para un viaje que exigirá más unidad que la suficiente para manifestarse, sin un plan político de conjunto, en la plaza de Colón.

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