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El algoritmo fascista

lunes 06 de diciembre de 2021, 15:24h

La nostalgia de la libertad de los ochenta parece a veces la de la falta de creatividad. Cada navidad nos decepciona con la nueva versión de tal o cual película, cuando no la remasterización de una canción de hace tres décadas. Estamos quizá en una época oscura. No hay más ideas que la copia descarada de lo antiguo.

Tanto plagio disfrazado de remake debería tener su excepción en otro aniversario constitucional más. Sobre la preocupante polarización actual, permítanme añorar otra peculiaridad de la transición. Entonces, lejanos los llamados corredores sanitarios, las personas non gratas, o los escraches, caceroladas y demás crispaciones, había un valor que llamaba a todos a cooperar. Todos coincidían en el Estado del Bienestar. Y el valor residía nada menos que en un inteligente insulto. Recordarán quienes lo vivieron, que la mayor ignominia que alguien podía sufrir era la de ser llamado intolerante. Tengo la impresión de que como teñida por una marea invasora, esta palabra ha trocado por la más radical y absurda palabra de fascista. Es desde luego un injusto improperio que no conduce a nada. Absurdo e inútil, porque el fascismo fue derrotado. Injusto y provocador, porque lo único que queda según la ciencia política son las actitudes fascistas, consistentes en la acción directa o violenta para conseguir objetivos políticos. De modo acertado se pueden identificar hoy con el terrorismo. Y desde luego que la primera acción fascista es insultar a cualquiera por sus ideas.

Más allá del agotamiento ideológico, es ya cansino observar cómo unos echan la culpa a otros polarizando más si cabe. Pero también es posible que la pandemia haya contribuido lo suyo. Harari está de moda. Como un Fukuyama de nuestros días, decía hace apenas tres años que el ser humano ha conseguido acabar para siempre con el hambre, la guerra y la enfermedad. Y ha contestado a las obvias preguntas sobre el COVID, que precisamente la rapidez en el desarrollo de las vacunas arguye a su favor. Hariri insiste en la capacidad del ser humano de superar sus problemas y en el análisis favorable de las contradicciones. Nos sorprende con que el ser humano tiene la asombrosa cualidad de prosperar no a pesar, sino gracias a las contradicciones sin número de su comportamiento. Y nos habla de cristianos predicando el amor con la espada, o anticapitalistas quemando banderas americanas con una mano y amasando dólares con la otra. Para él, la coherencia no es más que el caldo de cultivo de las mentes obtusas. Quienes no aceptan la inconsistencia de todo lo que hacemos simplemente cavan su propia tumba, porque su rigidez mental les incapacita para leer entre líneas el comportamiento humano.

Pero esta clave perpetua del progreso tiene su talón de Aquiles en el dilema de las máquinas. Hasta ahora, las máquinas son todo menos incoherentes o inconsistentes. Buena parte de la política tiene que ver con los deseos humanos, sean vistos como algo individual por los liberales, o como una voluntad colectiva en los entornos más socialistas. Y así, el algoritmo nos conduce a esos establos de deseos individuales agregados. Cualquiera que use las redes sociales o una simple plataforma de Televisión Digital verá sus preferencias y datos recabados con avidez, al amparo del supuesto respeto a la privacidad, en una contradicción que más bien parece una tomadura de pelo. Incluso sin preguntarnos, hasta el teléfono móvil nos envía publicidad sobre nuestros temas de conversación del día. Inocentemente, uno entra en una red que se supone variada y plural, para terminar en círculos de personas que piensan o dicen aproximadamente lo mismo. Y acaba por confirmar cómo conocidos que presencialmente serían incapaces de matar una mosca, en la red se vuelven auténticos energúmenos del insulto entre el rojo y el facha, el comunista y el fascista o cosas peores. Vuélvase entonces a lo dicho anteriormente, y puede concluirse que sin sentido alguno, una máquina nos conduce hacia donde se supone queremos ir. Es decir, a la perfección y consistencia insuperable e inamovible de la colmena. La inmunidad del rebaño en el sentido más inquietante. El caldo de cultivo de la mente obtusa que decía el afamado historiador.

¿Podremos evolucionar así?. Todo apunta a que lo hacemos a pasos agigantados. Pero lo siniestro de esta perfección algorítmica es que crecemos en la ilusión de que nuestras elecciones son libres, olvidando que una y otra vez somos conducidos. Y cada vez más rápido. Si inteligencias ocultas pudieran adoctrinarnos en el pasado con desigual éxito, hoy lo hace con descarada perfección una máquina totalmente estúpida. El resultado parece ser una vía muerta donde la creatividad no puede volar, el pluralismo desaparece y la cooperación con todo aquello que se aparte de nuestros deseos resulta impensable. La muerte de la democracia deseada por los demócratas más fervientes. El sueño totalitario de controlar nuestros corazones y nuestras mentes, al alcance de quien posea la tecnología. Exactamente el sueño en que consistió la pesadilla fascista.

No se debe olvidar que el fascismo nació también de las actitudes futuristas ancladas en el romanticismo que afirmaba el yo como la negación del tú. De ahí al nihilismo, el superhombre y la violencia hay muy poco. Los confinamientos han potenciado la realidad virtual que tejen las redes sociales, de un modo que quizá se convierta en una constante. Pero el peligro del que la sociedad se va impregnando permanece inadvertido. ¿Cómo no voy a tener razón, si dice exactamente lo que pienso? , delata el bocadillo de una viñeta al sujeto que mira la pantalla de un ordenador. Pero lo peor ha sido el confinamiento mental. La gente empieza a tener miedo a cuestionar el llamado pensamiento único. La autocensura, viejo indicador de las sociedades totalitarias, está ocupando el lugar de la autocrítica. Para quienes hemos vivido la ebullición creativa de la transición, resulta verdaderamente molesto pensar en todo lo que nos perdemos debido a que una máquina sabe más de nuestros deseos que nosotros mismos.

Harari ha contestado sobre la pandemia sin advertir que los jinetes apocalípticos suelen cabalgar en fila india. Queda por saber qué hará el algoritmo con quien tenga inquietudes de todo tipo, dado que es imposible que el algoritmo no encuentre un filón en las tendencias dominantes de cada sujeto y deje aparte las demás. De la suma de elecciones individuales se llega a zonas de pensamiento colectivo en un nudo difícil de deshacer para cualquier ideología política, sin que el liberalismo ni el socialismo parezcan tener respuestas para los nuevos escenarios. Tal vez sea porque el algoritmo nos niega, o aún peor ignora, el derecho fundamental del ser humano que ninguna Constitución ni ley actual contemplan, y que supone el reconocimiento de la quizás más humana de nuestras cualidades: el Derecho a equivocarse.

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