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Pedro y la ciudadanía

miércoles 29 de junio de 2022, 07:44h

El sábado pasado, el último de junio de 2022, tras el Consejo de Ministros extraordinario que aprobaba 9 000 millones de euros en ayudas sociales de más que dudosa efectividad contra la inflación que nos invade, Sánchez quiso salir a la palestra para explicar el alcance de las generosas medidas. Lo hizo en la rueda de prensa posterior, y en ella el presidente se quejaba de la desafección de ciertas “terminales mediáticas”. De las pocas que quedan en el universo mediático español, querría decir, porque la gran mayoría de televisiones, radios y periódicos -comenzando por los más influyentes, El País o La Vanguardia-, apoyan al gobierno con pleitesía y rendidos cabezazos de saludo a cada nueva ocurrencia de Su Sanchidad, como ya se tilda a alguien que pretende hacer de sus decisiones materia política infalible.

Tengo para mí que estos medios se han contagiado inevitablemente de ese optimismo propagandístico, impostado y falso que viene acuñando el gobierno Sánchez desde sus comienzos y que pretende hacer que los ciudadanos comulguemos con ruedas de molino. Se dice, por ejemplo, desde Moncloa –y, por supuesto, se replica desde los medios gubernamentales-, que todo va bien, que la inflación es pasajera y que, hombre, que la cosa no es para tanto y, además, ni siquiera es achacable a la mala gestión del ejecutivo, que quien la ha liado de verdad es Putin. Y es que, claro, el gobierno cree que la gente está desmemoriada y que no recuerda ya que la cifra de inflación estaba apuntando maneras de récord histórico en España meses antes de iniciada la invasión rusa de Ucrania. O que la subida del pan, de la fruta, la carne, el pescado, la luz, la gasolina, la ropa, el café y las cañas, el precio de los transportes, la hostelería y el turismo –pongamos por caso-, no son más que visiones borrosas de quien está en duermevela… ¡Ya, duermevela, sí…! No es sueño sino la más dura y cruda de las realidades del día a día.

Pero la clase que nos gobierna está cada vez más alejada de la realidad del españolito de a pie. La inflación no ha llegado, por ejemplo, al Congreso de los Diputados, cuya presidenta, Mericxell Batet, acaba de adquirir 17 Audis por un millón de euros. Y eso es casi las migajas del gasto en viajes y dietas que, anualmente, asciende a la nada despreciable cifra de 24 millones de euros. Podrá argumentarse que eso es una minucia comparada con los miles de millones que se manejan en los Presupuestos Generales del Estado (PGE). Es así, pero es que no hemos visto todavía, y ya va siendo hora de que se vea, cómo las instituciones públicas, comenzando por todos y cada uno de los ministerios que forman el gobierno, comienzan a atarse de una vez el cinturón, a dejar de afrontar gastos millonarios cuando el ciudadano medio ve cómo disminuyen el valor de sus ahorros, o su capacidad adquisitiva porque su sueldo alcanza un 10 por ciento menos que el año pasado. Y eso en el caso de los agraciados que aún conservan su puesto de trabajo, porque aquellos que engrosan la bolsa del desempleo no pueden llegar ni a mediados de mes.

Tengo también para mí que este tipo de decisiones gubernamentales suponen para nuestro presidente del gobierno una losa pesadísima de tedio que aborda porque no tiene más remedio y que, a pesar de todo, cada vez le parecen más aburridas e ingratas, aunque el pueblo acabe midiéndolo por sus aciertos o sus errores que, a juzgar por las respuestas en las urnas (Galicia, Madrid, Castilla-León o Andalucía), andan más cerca de los segundos que de los primeros.

A Su Sanchidad lo que le gusta de verdad es la política internacional, esa en la que tiene que lidiar y codearse con -pongamos por caso-, figuras de la talla de Biden, Von der Leyen, Mohamed VI, Stoltenberg, Macron, Johnson, Erdogan, Zelenski o Xi Jin Ping. Y, mira por donde, en eso no se diferencia absolutamente nada de sus antecesores en el sillón de la Moncloa porque todos ellos, sin excepción, a medida que iban provocando la desafección de los ciudadanos, solo franqueaban sus muros para ocuparse de la política exterior.

Y, cuando no tiene más remedio que pensar también en lo que ocurre de fronteras adentro, lo que ha ideado es un siniestro plan para maniatar a organismos, instituciones y empresas que le resultan odiosas por su contumacia en querer defender su independencia y en no reconocer en el presidente y su casi regia voluntad -espero que Sánchez sabrá perdonarme el adjetivo de resonancias monárquicas que utilizo-, la norma que debiera regir sus trabajos y voluntades. Y, así las cosas, en estos últimos días, ha pisado el acelerador para acallar o encauzar como merecen a las voces cantantes del INE, Indra, el CGPJ y el TC, la CNMV, el CSIC, como ya había hecho mucho antes con el CIS, el BOE, el Tribunal de Cuentas y un largo etcétera, como intentó también hacer -aunque esto último con menor habilidad y consecuencias-, en el Tribunal Supremo que, incluso, se atrevió a condenar a los golpistas catalanes. Y entonces, no podía ser de otra manera, la soberbia presidencial no dudó un momento en darles en la boca con un indulto general que dejó al Alto Tribunal totalmente pasmado.

Y en este entretanto, andan los estudiosos de Moncloa –ya se sabe que son legión porque Sánchez no repara en gastos para colocar a los amiguetes del partido-, estudiando la razón por la que todavía hay voces en los medios y, sobre todo, en los votantes, que no alcanzan a entender la causa por la cual todavía siguen censurando a su jefe.

Hoy, que me siento magnánimo, voy a apuntarles algunas cosillas en las que lo mismo son los únicos que no han reparado para ver en ellas esa posible razón. Fíjense, si no, en la riada de mentiras, en sus constantes contradicciones -lo mismo da que diga digo o que diga Diego porque Sánchez defiende públicamente y al tiempo una cosa y la contraria-, en sus amigos de travesía buscados en lo mejor de lo mejor de los mayores enemigos de la nación española (independentistas catalanes y vascos), y en esa afición desmedida a la utilización de los decretos leyes que ya le han convertido en el campeón de todos los presidentes del gobierno español del periodo democrático en la utilización de este resorte legal.

El problema es que lo mismo ya es demasiado tarde -nos queda solo año y medio de legislatura-, para cambiar esos modos. Ya nadie lo cree, diga una cosa o la contraria. No debiera extrañar, pues, a sus estudiosos adláteres que quién siembra vientos recoge tempestades.

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