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Cantando los cuarenta

Ya sé que las conversaciones privadas con miembros de la Casa del Rey deben ajustarse a la discreción y no ser radiadas, precisamente. Pero no creo vulnerar ningún secreto de Estado, ni mucho menos, si cuento una anécdota (menor) que tiene que ver con el inminente cumpleaños del Príncipe Felipe. Grabábamos una intervención suya con destino a la inauguración de un congreso de periodismo que este lunes comienza en Burgos y que dirijo y, al término de la grabación, quise saber si había algún tipo de celebración especial de la efeméride, más allá de los consabidos programas de televisión y de las fotografías, no demasiado espontáneas, que se han difundido en estas fechas a través de las agencias. Nada especial, me dijo, y añadió de inmediato: “bueno, este año tendré una vocecilla que, por primera vez en mi vida, me dirá ‘felicidades, papi, y eso es muy especial para mí’”.

Claro que no quisiera que este detalle que hoy cuento pase a figurar como una pieza más en el proceso de latría que, de cuando en cuando, envuelve pegajosamente a la Corona y sus aledaños: no soy aficionado a la crónica rosa. Pero conozco a Don Felipe desde hace algunos años, aunque pocas veces haya hablado a fondo con él, y me doy cuenta de hasta qué punto la vida familiar ocupa un lugar primordial en su vida: es un hombre enamorado de su mujer –lo cual es patente-- y absolutamente arrobado por sus dos hijas. Esa es, hoy, pienso, su dimensión principal, aunque hay otras, y tiene, por tanto, una consideración que va más allá del papel couché.

De Felipe de Borbón destaco, también, el rigor con el que se toma su trabajo. Incluso en una grabación como la que realizamos hace pocos días para el mentado congreso burgalés, nos forzó a repetir varias veces las tomas porque la cosa no salía a su entera satisfacción. Y así me parece que es en todo: cree más en la repetición machacona y en la preparación concienzuda que en la inspiración; no es brillante, pero es muy serio en lo suyo. Lo decisivo es, ahora, concentrarse en determinar qué es ‘lo suyo’, algo no siempre fácil para un heredero de la Corona cuyo padre acaba de cumplir, en perfecta forma y con dosis considerables de popularidad y no pocas ganas de seguir en el machito, los primeros setenta años. Véanse, si no, algunos ejemplos de herederos que pululan por Europa, y cuya comparación estos días resulta inevitable con el caso de España.

Pienso que el Príncipe no necesita pelotas y personajes solemnes a su alrededor –y conste que cuenta con ayudantes dedicados y de valía—y si asesores y técnicos que encaucen su imagen por derroteros menos rígidos y de mayor naturalidad: una Casa del Príncipe, como el Rey tiene la suya. Cierto que el carácter de Don Felipe es menos expansivo y, si se quiere, menos simpático que el de su padre y más parecido al de la Reina, pero, conocido de cerca, es persona correcta con la que se puede hablar de casi todo sin excesivos formalismos y con poca inclinación hacia la frivolidad. Y este juicio no me lo desmienten algunos episodios pasados de la vida romántica de un entonces muchacho que representaba lo que representaba y cuyas características físicas, imagino, enamoraban a más de una joven: he oído muchas veces cómo le gritaban “guapo” en varios países de habla hispana y en la propia España, y no me parece que sea cosa mala para un Rey, que ha de representarnos por todo el mundo, poseer un físico agraciado.

Ahora es ya un hombre en plena madurez, que no puede permitirse un solo patinazo ni un solo error, aunque sea menor. Es más: debe buscar algunos aciertos espectaculares. Quienes, como yo siempre he confesado en mi caso, se sienten monárquicos, porque piensan que alguna institución y alguna persona deben permanecer al margen de la feroz lucha de partidos --¿qué pasaría aquí si tuviésemos un presidente de la República del PP y un primer ministro del PSOE, por ejemplo?-- , miran, miramos, con atención hacia esa mesa camilla en la que los fabricantes de imagen de La Zarzuela han querido reflejar la vida familiar de Don Felipe: un padre aún joven, con su hija de poco más de dos años iniciándose en la lectura (¿), mientras la madre sostiene a la otra niña, un bebé, en sus brazos. Parece la publicidad de un producto alimenticio infantil; la familia perfecta. Creo que no es por ahí por donde deben orientarse los tiros; los españoles quisiéramos conocer las opiniones del Príncipe acerca de los temas más candentes y de actualidad, más allá de los discursos a veces algo marmóreos que le obligan, y se obliga, a recitar en público. Y, desde luego, más allá de la blandenguería de las ‘insantáneas’ mostrando cómo enseña a su hija mayor a montar en bicicleta.

Y luego está, claro, la obligación de nuestros políticos de fortalecer la Corona. Me parece urgente, y es solamente un ejemplo, la reforma del artículo 57 de la Constitución, para equiparar al varón con la mujer en los derechos a la sucesión en el Trono. Ya sé que ello implica un referéndum que podría, acaso, convertirse hasta en un plebiscito entre Monarquía o República; pero esa página, en todo caso, hay que escribirla, confiando en la sabiduría que tantas veces ha demostrado ante las urnas el conjunto del pueblo español. No quiero ni pensar en el galimatías jurídico que representaría que doña Letizia diese a luz ahora un niño sin haber afrontado tan implacable reforma. 

Creo que huelga decir que deseo a Felipe de Borbón que llegue, cuando toque, que prisa no hay –el Rey sigue cumpliendo bastante bien su papel, en mi opinión, y para nada cabe hablar, como algunos hicieron, de abdicaciones— a convertirse en Felipe VI en plenitud de popularidad, con ganas y con iniciativas. Pero la Corona de España es algo que hay que ganarse día a día –es el signo de los tiempos--, incluso desde antes, mucho antes, de haber subido al Trono.
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