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Mal paso

Mal paso

Si los precios no hubieran aumentado como lo han hecho o los mercados no estuvieran cada vez mas desprovistos, no nos explicaríamos como un presidente, en plena etapa de “preguerra”, designa una comisión para investigar de qué carrizo fue que murió Bolivar. Teniendo en cuenta sus deshonrosas referencias al Libertador, la vida cara y la acuciante escasez, hoy para nadie es un punto importante el tema en cuestión. Eso, sin mencionar que sobre el asunto no es precisamente él quien puede introducir dudas a estas alturas. El ha manoseado tanto la figura de Bolivar, que cuando desaparezca de la vida de los venezolanos y no represente si no un mal recuerdo, nos las veremos cuesta arriba para reivindicar lo que en verdad valga la pena preservar de aquél a quien desde la escuela primaria aprendimos a llamar “el Padre de la Patria”.

Todavía no podemos, a pesar de todo lo que se ha filtrado, cruzado y revelado sobre el caso Antonini (y demás involucrados del régimen en el acopio, traslado, destino y propósito de los dólares forajidos), conocer de la misa la mitad acerca de lo que se sabrá tarde o temprano. Parece que quienes manejan el caso disfrutan de palco preferencial en las presentaciones de una ópera donde tenores, barítonos, bajos y contraltos contrapuntean el drama de la maleta. Aparentemente, mucho de lo que allí se ventila constituye una pieza magistral para desentrañar el misterio de cómo una Administración con entradas alucinantes puede lograr, en apenas ocho años, empobrecer y humillar a un pueblo hasta límites nunca antes rebasados, ni siquiera por los peores gobiernos puestos en una misma balanza.

Muchos se preguntan cómo es que, considerando nuestros nexos de todo tipo, puede el mandante pretender un conflicto bélico con un vecino como Colombia. Hay quienes lo que nos preguntamos es cómo lo llevará a la práctica. El tema no es contra quien va a pelear, sino con quién lo hará. Con qué fuerza, con cuál liderazgo, con cuántos guerreros y con qué bastimentos. Se necesitan dos para pelear y aquí no hay sino uno que quiere llevarse a Colombia por delante. Aquí sólo uno es el pana de las FARC. El resto, los sabemos terroristas y asesinos, financiados por la droga y respaldados por tiranos que abochornan su gentilicio. Los colombianos, incluyendo a los residentes en Venezuela, no necesitan quien les haga historias y lo dejaron claro en las urnas de diciembre pasado. Los venezolanos no consideramos que la guerra de este presidente es nuestra guerra. Más bien envidiamos cordialmente a los colombianos por el jefe de Estado que se gastan. Si el que estamos sufriendo no puede con la delincuencia que cada día deja en las calles su saldo de muertos criollos, es bien difícil que pueda convocar a los venezolanos, enlutados y desprovistos, a inmolarse por su reyerta personal. Incluso sus incondicionales puede que lo acompañen hasta el borde, pero no se embarrancan con él. Mal paso esa ruleta.

Estamos claros en que, de este lado, una guerra es la excusa para tender una cortina de humo sobre el estruendoso fracaso de esta aventura revolucionaria, cuyos estertores estamos viviendo. Una guerra podría explicar el desvío de fondos (hasta ahora al estilo Antonini) para fines deleznables, como desestabilizar al gobierno colombiano y ganar posiciones que faciliten de manera abierta un aliviadero para las FARC en Venezuela con el correspondiente impulso a su agotada conducción, en jaque después de la aplicación del conocido como “Plan Colombia”. Una guerra limpiaría el panorama interno de cualquier molestia como elecciones, protestas, debates, en fin, haría posible de facto todo aquello a lo que se le dijo “NO” en diciembre pasado. Una guerra se encargaría de presentar el hambre y la escasez como razonables dadas las circunstancias. Una guerra lograría que la gente olvidara que nos deben las cifras definitivas del referéndum. Y una guerra silenciaría a los medios incómodos “por razones de seguridad de Estado”, al tiempo que vendería al mundo una imagen abnegada y casi martirológica de un presidente desahuciado ante los demócratas del mundo.

Uno termina preguntándose: si lo que hace falta para guerrear son aquellos formados y entrenados para ello... ¿cómo harían los de este lado, que han aceptado hasta el ser desapertrechados, desarmados y desarticulados para hacerle frente? ¿Lo harán a pecho descubierto? Mal paso. 

Macky Arenas
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