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Marcel Garcés

Colombia: dinamitan paz y liberación de rehenes

Colombia: dinamitan paz y liberación de rehenes

Marcel Garcés

 

Colombia: dinamitan paz y liberación de rehenes

 

Imposible no hacer similitudes, desde la perspectiva chilena y de su historia, frente a los acontecimientos del sábado 1, cuando fuerzas militares colombianas incursionaron en territorio de Ecuador, para exterminar a un grupo guerrillero colombiano que tenía su “santuario” más allá de las frontera, y donde se ultimó al vocero de las FARC, Raúl Reyes.

 

Los propios hechores no han intentado siquiera negar la violación del Derecho Internacional, de la soberanía de Ecuador, ya que no sólo bombardearon el campamento, sino que irrumpieron en territorio físico ecuatoriano para llevarse el botín de guerra y los cuerpos de las “bajas enemigas”.

 

A partir de este inaudito hecho concreto, se puede esperar cualquier argumentación para intentar justificar el desaguisado, por lo que los argumentos y acusaciones de involucramiento de Quito y Caracas, no pueden sino ser considerados como argucias y elementos publicitarios, municiones de una guerra sicológica, “ablandamiento” mediático para justificar un escalamiento del conflicto.

 

Esta demás decir que no hubo ningún requerimiento judicial ni político previo, que hubiese buscado  evitar que el grupo guerrillero operara contra Colombia desde territorio ecuatoriano.

 

El gobierno soberano de un país vecino, fue simplemente desconocido, irrespetado, sobrepasado, y hoy-después del acto de guerra del sábado- se pretende hacerlo aparecer como cómplice de la guerrilla, a través de “pruebas”  sacadas del sombrero, pero por lo menos desconfiables.

 

Todo ello para justificar una estrategia que lleva la guerra interna de Colombia mas allá de sus fronteras, con el argumento de la defensa de la seguridad nacional, y arriesgando un conflicto mucha más grave, poniendo la región al borde de la guerra.

 

Al respecto, Chile recuerda su cercana y dramática historia.

 

Bajo Pinochet fueron muchas las “pruebas” para justificar el Golpe primero y luego para argumentar el genocidio: Plan Zeta, operaciones de diversa denominación, guerrilleros cubanos, terroristas de todo el mundo, tanques rusos, y otras afirmaciones cuya falsedad, se constató tanto  militar como judicialmente.

 

Esas operaciones de “guerra sicológica” justificaron luego la guerra sucia: las ejecuciones sumarias de sindicalistas, militantes de partidos del gobierno del presidente Salvador Allende, y cuando en definitiva hubo legítimos movimientos insurgentes actuando en el país, se escenificaron enfrentamientos falsos, incluso con cobertura periodística, para justificar asesinatos colectivos.

 

Y claro, se justificó la acción de la policía secreta de Pinochet, la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, y la Central Nacional de Informaciones, CNI,  que actuaron más allá de las fronteras de Chile, en Buenos Aires, en Roma, en Washington en París, en Ciudad de México, etc.

 

No respetaron la soberanía nacional ni el Derecho Internacional, actuaron en concomitancia con policías secretas, los servicios de inteligencia de Estados Unidos, los neofacistas italianos, algunos asesinos a sueldo de Argentina, Brasil, y otros,  con la pantalla de oficinas comerciales de empresas chilenas, o encubiertos en las embajadas, como cónsules, agregados o secretarios.

 

Sus adversarios eran “terroristas” según las explicación de Pinochet, con lo que justificaba el asesinato de Orlando Letelier, en Washington, el asesinato del ex Comandante en jefe del Ejército, chileno, Carlos Prats y su esposa, en Buenos Aires, el atentado contra el ex líder DC, Bernardo Leighton y su esposa. Y mató a 119 chilenos antidictatoriales, en Argentina o en Chile, inventando un enfrentamiento  interno de la oposición. Y así hasta llegar a los más de 3.000 chilenos.

 

“Son terroristas”, nos dice hoy el ministro de defensa de Colombia,  Juan Manuel Santos, en relación a los asesinados en territorio de Ecuador. Y agrega que “no nos vengan con los pobrecitos guerrilleros”.

 

Pinochet también tenía sentido del humor y decía que a los desaparecidos se les enterraba de a dos en una tumba “para ahorrar espacio” y Merino hablada de “los humanoides”.

 

Aquí tiene también que quedar en claro que no se trató de una simple ejecución masiva, fruto de una acción de combate, de fuerzas que se enfrentan frente a frente.

 

El ataque, de madrugada, sorpresivo, cuando no había ninguna oposición, fue precedido de un acucioso trabajo de inteligencia, y el momento del asalto fue determinado con toda premeditación, cuando  se hicieron los cálculos políticos y diplomáticos de los costos y beneficios de la acción.

 

No solo se irrespetó la soberanía de Ecuador, sino que se puso una bomba al proceso de entrega de rehenes, de búsqueda de la paz para Colombia, que si se  desea sea efectiva, permanente y justa, debe sin duda incluir la participación de las FARC.

 

Se aceptó la tesis de los ”duros” de las Fuerzas Armadas de Colombia, de buscar la derrota militar de la guerrilla, de doblegar la insurgencia, de imponer la voluntad militar, pase lo que pase con los secuestrados que aún permanecen en la selva.

 

Además, la eliminación de Raúl Reyes, deja al ministro del Exterior de Francia, Bernard Koucher, sin interlocutor  de las FARC, con el cual estaba buscando la liberación de Ingrid Betancourt, figura que sin duda representa no sólo el drama de los secuestrados, sino que la rigidez mantenida hasta ahora por las FARC como la intransigencia del gobierno del presidente Álvaro Uribe.

 

“Es una mala noticia para Francia”, dijo el jefe de la diplomacia gala.

 

La inteligencia militar colombiana y el Palacio de Nariño, no podía desconocer este dato y si se ordenó el bombardeo del campamento en territorio ecuatoriano, un “santuario”, que por definición corresponde a un lugar para atender heridos, descanso de las fuerzas, y no un  cuartel o lugar de combate, no sólo fue sobre seguro, sino con el objetivo claro de dinamitar las negociaciones, la liberación de Ingrid Betancourt y del resto de los secuestrados.

 

En definitiva, frustrar el proceso de búsqueda de una paz necesaria para Colombia, la negociación de una tregua, que se veía en la perspectiva de las negociaciones de Francia, Venezuela, España y otros países que estaban siendo atraídos para conformar algo así como lo que el Grupo de Contadora fue para el conflicto  centroamericano, y que llevó en definitiva a la paz.

 

Esto no lo quieren, según constata el ataque, el gobierno y los Altos Mandos de Colombia.

 

Sin lugar a dudas , ellos parecen preferir la salida militar, cuyo desenlace está muy difícil de predecir, pero que sin duda costará muchas más vidas a Colombia.

 

Y eso es malo para Colombia, para Venezuela, para Ecuador, para toda América del Sur, la región en su conjunto, para su paz y su estabilidad. Para la cohesión social, la democracia  y la seguridad.

 

Además, hay quienes sospechan que esto también podría ser un primer acto para escenificar un conflicto bélico con Venezuela y Ecuador, que no podría sino estar avalado por Washington, como una forma de terminar con la piedra en el zapato que representa Hugo Chávez, para los interés de Estados Unidos.

 

La escalada de ruptura de relaciones diplomáticas, de avance de tropas a las fronteras, que se está viviendo  en las fronteras colombiano-venezolana y colombiano-ecuatoriana, es una grave noticia.

 

Y podría conducir a la insensatez de una guerra, a la expansión del conflicto colombiano a toda la región, y quizás a la indeseable intervención de la potencia que espera su oportunidad más al norte.

 

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Marcel Garcés

Periodista

Diario Hispano Chileno

 

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