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La peor de las crisis

La crisis que viene será especialmente incómoda para los españoles porque jamás en su historia habían estado mejor, tras un largo ciclo expansivo sin precedentes. Es una crisis un tanto extraña en la medida en que se debe más a tensiones financieras que a problemas de la economía real, aunque en la práctica se dan cita ambas cosas: las turbulencias financieras originadas en Estados Unidos por la crisis de la hipotecas de alto riesgo (subprime) y el final del ciclo español basado en la construcción y el consumo interno. Es la peor de las crisis porque si bien la posición de partida de España no es del todo mala, socialmente cuesta mucho apretar el cinturón una vez que se le ha dado rienda suelta a vivir bien. Pero es lo que hay.
 
Un rasgo diferenciado de esta situación es que una crisis financiera puede desatar una crisis económica real, tanto en España como en otros países avanzados. Pero sobre esta hipótesis tampoco todo el mundo piensa lo mismo, ya que hay quienes creen que más que de un problema de liquidez, derivado de malas gestiones financieras, sobre todo en Estados Unidos, habría que hablar de quiénes tienen ahora el dinero y de lo que van a hacer con él. Chinos, rusos, árabes y, en menor medida, japoneses controlan el grifo de la pasta fresca; al menos del dinero que hace falta en Occidente para tapar agujeros.
 
Pero mientras el mundo financiero se aclara, el Gobierno español tendrá que ir tomando sus medidas internas a dos niveles: por un lado, sentando las bases de un cambio de modelo económico a medio plazo, y por otro, adoptando medidas de choque que contribuyan, sobre todo, a frenar la escalada de precios –la inflación es el gran impuesto de los que menos tienen- y eviten que se dispare la morosidad. Con la construcción medio parada, sería terrible que se produjese una caída descontrolada del consumo. Muchos deberes, sin duda, para Solbes.
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