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Cuando cada cual atiende su juego

Cuando cada cual atiende su juego

En mi infancia el juego del Don Pirulero era sólo para los pequeños.
Por estos días pudimos presenciar como en nuestro país se transformó en un peligroso juego de adultos donde cada cual sigue atendiendo su juego, a pesar de que en los discursos manifiesten lo contrario, y  ni que hablar de aquello que dejan ver con sus actitudes.

El gobierno y el campo mantienen una pulseada con el país como paño sobre el cual caerá rendido uno de los dos brazos en pugna.

El campo avanza sobre las rutas adueñándose de ellas e intentando doblegar, no sólo al gobierno, sino también a aquellos agricultores que cargan sus productos en gigantescos camiones, que paradójicamente, terminarán  detenidos  a la vera del camino, incapaces de evitar que en sus entrañas la mercadería se transforme en desperdicio.

El gobierno insiste en comenzar un diálogo sin condiciones, pero manifestando su posición inamovible con respecto a las retenciones.

Como un improvisado escenario, la Plaza de Mayo parece ser un botín de guerra, una guerra no declarada entre “blancos” y “negros”, “pobres” y “ricos”.

Oscuros personajes, ayer funcionarios y hoy “funcionales”,  jugando  su juego, instalaron la antinomia y enardecieron a sus huestes, de la confrontación muchos saldrán heridos, pero ellos terminarán políticamente fortalecidos y se exhibirán  orgullosos ocupando espacios de privilegio.

Este juego egocéntrico, disfrazado de patriótico y desinteresado, dejó al descubierto el más bajo y destructivo de los sentimientos del hombre para con el hombre: el odio.

La historia de la humanidad da cuenta de que en los momentos más terrible en las relaciones humanas, momentos donde el hombre fue  arrasado de manera impiadosa usando como argumento su religión, su ideología o su color de piel, fue el odio motor fundamental y el egoísmo de la mano de la soberbia su combustible.

Impunemente manifiestan sus sentimientos para con sus circunstanciales adversarios, algunos defensores de lo indefendible argumentan que tienen derecho a expresarse, yo pienso que la manifestación pública de estos sentimientos, y su obrar en consecuencia, es una actitud  irresponsable en tiempos en los que todos somos importantes para construir desde el presente un futuro de gloria para nuestros hijos.
   
No alcanzan las palabras, ni de unos ni de otros, es tiempo de gestos, tiempo de abandonar cada uno su juego para juntos hallar una salida que a todos favorezca: al campo en sus intereses pero sin perder de vista el bien común, al gobierno en su gestión, como administrador de recursos y distribuidor equitativo de los mismos, sin olvidar que el poder no les pertenece, les fue conferido por medio del voto para que hagan uso racional de él.

En medio de la contienda, los habitantes comunes de este hermoso país, vivimos el día a día desabastecidos de alimentos, alarmados por la suba en los precios, pero esperanzados en que todo vuelva  a la normalidad y no seamos, una vez más, víctimas de los desencuentros de los poderosos o de aquellos obsecuentes que se instalan cercanos al poder a través del ejercicio irracional de la violencia para manifestar su fidelidad “incondicional”, y aprovechan la desesperación de los que menos tiene para enfrentarlos irresponsablemente con sus hermanos.
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