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El campo y la ciudad

El campo y la ciudad

lunes 31 de marzo de 2008, 03:41h

Tanto usted como yo, deshilvanado lector, estamos hartos de demagogia, de imbecilidad y de corrupción. Entre otras cosas. Vivimos la cultura de la fachada. Complicidades, monólogos, resentimiento, susurros y otros encantos hicieron que la miseria se fuera acumulando. Una suerte de plusvalía de la picaresca; torpezas y doctrinas de banquetes. Un folletín que arrastra engaño, poder, perplejidad, mitos y patotas. Del otro lado sólo fingen seriedad. En lenguaje rioplatense: franelean. Entonaciones melodramáticas de señoras que se dicen neo-hegelianas.  Por estas razones, entre otras, hoy haremos una rápida visita por ciertos autores que es necesario releer para comprender nuestra realidad. Una realidad bufonesca, hipócrita, abyecta.
 
En Las ranas, de Aristófanes (450-185 a.de C.) llama la atención la burla que hace el dramaturgo griego de las divinidades del Olimpo. Además un objetivo claro es atacar el sistema dramático de Eurípides, en el cual Aristófanes veía iniciarse la decadencia de la tragedia.
Un autor que es aconsejable no olvidar: Esopo. Recordemos: siglo VII antes de Cristo. Era brillante y mordaz, tartamudo y jorobado. Hay una célebre pintura de Diego Velásquez. Sócrates se sabía de memoria los apólogos –no son fábulas ni alegorías ni parábolas- de Esopo. Deberíamos hablar de parénesis. Bien, pareces ser que Esopo fue esclavo, que viajó mucho con su amo, el filósofo Janto. (No confundir con el caballo inmortal de Aquiles). Fue un maestro de las fábulas.
Jean de La Fontaine (1621-1695) descubrió el fondo de las almas con delicadeza maliciosa y sentido de comicidad. No predice grandes sentimientos. Sus cuentos y fábulas están inspirados en Ariosto, Boccaccio, François Rabelais. A su vez luego lo imitarán Samaniego e Iriarte, entre otros. La Fontaine toma muchos trabajos de Esopo y de Fedro. El que a continuación leeremos se basa en la fábula El ratón del campo y el ratón de la ciudad de Esopo. El escritor francés lo titulará El ratón de la Corte y el ratón del campo.
 
É rase una vez un ratón que vivía en una humilde madriguera en el campo. Allí, no le hacía falta nada. Tenía una cama de hojas, un cómodo sillón, y flores por todos los lados. Cuando sentía hambre, el ratón buscaba frutas silvestres, frutos secos y setas, para comer. Además, el ratón tenía una salud de hierro. Por las mañanas, paseaba y corría entre los árboles, y por las tardes, se tumbaba a la sombra de algún árbol, para descansar, o simplemente respirar aire puro. Llevaba una vida muy tranquila y feliz.
Un día, su primo ratón que vivía en la ciudad, vino a visitarle. El ratón de campo le invitó a comer sopa de hierbas. Pero al ratón de la ciudad, acostumbrado a comer comidas más refinadas, no le gustó. Y además, no se habituó a la vida de campo. Decía que la vida en el campo era demasiado aburrida y que la vida en la ciudad era más emocionante. Acabó invitando a su primo a viajar con él a la ciudad para comprobar que allá se vive mejor. El ratón de campo no tenía muchas ganas de ir, pero acabó cediendo ante la insistencia del otro ratón.

Nada más llegar a la ciudad, el ratón de campo pudo sentir que su tranquilidad se acababa. El ajetreo de la gran ciudad le asustaba. Había peligros por todas partes. Había ruidos de coches, humos, mucho polvo, y un ir y venir intenso de las personas. La madriguera de su primo era muy distinta de la suya, y estaba en el sótano de un gran hotel. Era muy elegante: había camas con colchones de lana, sillones, finas alfombras, y las paredes eran revestidas. Los armarios rebosaban de quesos, y otras cosas ricas. En el techo colgaba un oloroso jamón. Cuando los dos ratones se disponían a darse un buen banquete, vieron a un gato que se asomaba husmeando a la puerta de la madriguera. Los ratones huyeron disparados por un agujerillo.

Mientras huía, el ratón de campo pensaba en el campo cuando, de repente, oyó gritos de una mujer que, con una escoba en la mano, intentaba darle a la cabeza con el palo, para matarle. El ratón, más que asustado y hambriento, volvió a la madriguera, dijo adiós a su primo y decidió volver al campo, lo antes que pudo. Los dos se abrazaron y el ratón de campo emprendió el camino de vuelta. Desde lejos el aroma de queso recién hecho, hizo que se le saltaran las lágrimas, pero eran lágrimas de alegría porque poco faltaba para llegar a su casita.
De vuelta a su casa el ratón de campo pensó que jamás cambiaría su paz por un montón de cosas materiales.

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