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Se gritan, pero no se oyen

Se gritan, pero no se oyen

Escuchando primero a Zapatero, luego a Rajoy, vuelta a Zapatero, de nuevo Rajoy y otra vez Zapatero, parecía una repetición sin solución de continuidad del debate sobre el estado de la Nación de hace menos de un año en este mismo hemiciclo. Y uno se pregunta si no es como lo que Nietzsche calificó como un eterno retorno de lo idéntico. Es duro constatar que al final sólo queda una sensación: que Zapatero y Rajoy, que entre los dos superan el 92 % de los diputados de la Cámara Baja, se gritan, pero no se oyen.

Luego, tras el debate a dos, televisiones, radios, periódicos iniciaron la típica encuesta entre periodistas: “¿Quién ha ganado el debate?”, “¿quién lo ha perdido? Unos respondían: “Zapatero, sin duda”. Algunos, pocos, musitaban: “Ha sido Rajoy”. Pues ni Zapatero ni Rajoy. En esta investidura, candidato y opositor no han estado a la altura de las circunstancias. Ni tienen altitud de miras ni coraje político ni valentía personal. Ni uno es un presidente del Gobierno con el Estado, todo el Estado, en la cabeza, ni el otro un opositor que pueda esperar escalar un día los muros de la Moncloa.

Zapatero ha hecho un discurso casi de colegial: repleto de buenas intenciones, dividido según temática y ésta, a su vez, en apartados. Casi milimétrico, puede que no para perderse él mismo. Pero sin ningún ánimo revisionista sobre la etapa anterior, sin reconocimiento de errores, sin auténtica reflexión del ayer ni del hoy y mostrando sólo mezquinas esperanzas hacia el mañana. Un discurso extraído del programa electoral con el que concurrió a los comicios del 9 de marzo –así debe ser, sin duda, ya que fue el ‘contrato’ que presentó a los españoles y que en buena ética debería respetar-, pero vacío de sentimientos reales, más allá de determinados lamentos fingidos.

El problema de Zapatero es que ya es sobradamente conocido y sus trucos –que son escasos- no conmueven. O no lo hacen como antes, cuando se le suponían realmente buenas intenciones de hombre bueno. No ha dicho nada nuevo –hizo algunos anuncios, sí, como la publicación de las balanzas fiscales para buscar un desahogo con los nacionalistas de CiU, que no con los de ERC, a los que ya no quiere-, pero en sus peticiones de acuerdos y consensos ni ha querido ni rozar la reforma del Senado, por ejemplo, ni mucho menos la de la Constitución, como venía siendo su bandera desde hace unos cuantos años.

Por el otro lado, el de la oposición, Rajoy parece cada vez más un opositor registral: la misma lección aprendida de memoria, las mismas materias –claro, no hay otras, o si la hay se obvian-, las mismas frases, los mismos calificativos y, en definitiva, la misma tensión que durante cuatro años.

No se atisba una legislatura más tranquila, más pausada que la precedente. Habrá reunión en la cumbre, claro, entre Zapatero y Rajoy, pero la discrepancia será total desde el mismo momento en que ZP, actuando ya como presidente del Gobierno, le diga que en materia antiterrorista, por ejemplo, el pacto debe ser con todos; es decir, que se olvida del pacto por las libertades y contra el terrorismo. Rajoy quiere que los acuerdos sean a dos y que, luego, después de negociados entre ambos, que el que quiera apuntarse, pues que se apunte. Zapatero no quiere eso. Tampoco le interesa. La discrepancia está servida. La polémica también.
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