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VALLE DEL JERTE

Cerezos en flor

Residir en Madrid tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y una de
esa ventajas es la de habitar en el corazón de España, en el centro
geográfico desde el que cualquier distancia es igual de corta o igual de
larga para desplazarse hacia cualquiera de los cuatro puntos cardinales de la
península; los que residimos en Madrid lo tenemos todo a mitad de camino
por eso no es nada extraño que los madrileños seamos tan aficionados a
hacer excursiones a cualquier sitio.
Recientemente he realizado una excursión acompañando a un nutrido grupo de amigos extremeños, socios de la Asociación Cultural Beturia y del Hogar de Extremadura en Madrid, para ir contemplar el milagro de los cerezos
florecidos en el valle del Jerte.

Lo que para los residentes en Madrid es una excursión, para los
aguileños, y vengo a citarlo porque allí acudo en los veranos, sería un viaje,
pero un viaje digno de ser realizado para admirar la floración de los cerezos
y contemplar la montaña donde el valle está encerrado, y admirar sus
laderas cuajadas del albor de sus brotes dándole una pincelada de blancura
como si nevada estuviera.

Saliendo de Madrid por la autovía del suroeste en cuestión de un par
de horas llegamos a Plasencia, ciudad antigua cargada de historia que
rezuman sus dos catedrales, la vieja y la nueva, así como el gran número de
palacios, mansiones y casas señoriales, todo ello unido a sus bellos
rincones y la angostura de sus calles.

En sus edificaciones se mezcla la arquitectura de culturas diferentes
armonizando los estilos mozárabes, el mudéjar, con el gótico, renacentista
o plateresco.



No voy a contar aquí la historia de tan bella ciudad ni de los diversos
pueblos del valle del Jerte por los que pasamos, para eso están los libros de
historia, sólo voy a narrar lo que mis ojos vieron y admiraron.

Tras la visita a la ciudad tomamos la N-110 que viene a unirla con
Soria pasando por varios pueblos de Segovia, y dejando atrás Casas del
Castañar, Navalconcejo, Cabezuela del Valle llegamos a Jerte, para iniciar
la subida al Tornavacas de 1.275 metros de altitud y donde está la divisoria
entre las provincia de Cáceres y Ávila.

La accidentada carretera plagada de curvas que se van pegando a la
orografía de la montaña, con pendientes de hasta un 14%, es toda una
procesión de coches y de gentes que llegan a admirar la explosión de flores
de los cerezos, dando un tinte de romería a todo el recorrido.

Ya al atardecer y haciendo una parada en el alto del puerto para
echar una última ojeada al espectáculo, regresamos por la carretera de
Ávila que viene a unirse con la de Segovia en El Espinar, para llegar a
Madrid entre dos luces. Fue una bonita excursión para ser guardada y
conservada en el recuerdo.
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