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Todo está bastante claro

Todo está bastante claro

A efectos de la propaganda de unos y otros, lo que está pasando en el PP es un embrollo más que regular, derivado de la pérdida de las elecciones por segunda vez consecutiva y con un candidato también consecutivo de sí mismo, que no es aceptado por todos para la próxima vez, pero que controla los botones que le permitirán serlo. El lío se agrava, además, porque el candidato a candidato necesita el aval del congreso del Partido Popular que, además, preside. Y el congreso de un partido político siempre corre el riesgo de acabar siendo una caja de sorpresas.

Algunos observadores más sagaces que la pura propaganda, sin embargo, perciben que no todo se acaba ahí, y que debajo de este problema -real y verdadero problema- lo que late es un problema de personalismos, de ambiciones (legítimas, por lo demás) de unos y otros, y de cálculos electorales que desaconsejan repetir candidato por tercera vez. Eso también es cierto, y plantea enfrentamientos que siempre son perjudiciales para todo partido político, porque el electorado castiga a las fuerzas divididas.

Otros, más sagaces todavía, detectan que, en el fondo, lo que hay es una indefinición de los principios y valores que el PP defiende; y que esa indefinición se viene sosteniendo gracias a sobreentendidos para el electorado cristiano y conservador de las tradiciones occidentales, que cree de buena fe que el PP ha prometido lo que, en realidad, no ha prometido nunca. Y ahora ha salido María San Gil a poner bajo los focos sus temores de que por puro electoralismo, y además equivocado, esos principios y esos valores se vayan al desván de los trastos inútiles.

Por mi parte, a mí me parece que todo lo que llevo dicho es verdad. Lo que ocurre es que, al contrario de lo que a muchos les parece, esta crisis no es un peligro, sino una gran oportunidad de clarificar las cosas y de no cerrar el congreso del partido en falso. Y que cuanto antes se produzca esta catarsis, mejor para todos: ahora hay cuatro años para empezar a decir y hacer las cosas en serio, y si no da tiempo para cambiar el signo ideológico del poder, hay cuatro años más, pero sabiendo a dónde se va. En cambio, sin esta purificación, la perspectiva de continuidad de esta ideología se convierte en indefinida, porque aunque hubiera cambio formal, sería sustituir una cosa por sí misma.

En el fondo, todo está bastante más claro de lo que parece.
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