jueves 22 de mayo de 2008, 19:19h
Contadas las escasas ocasiones en las que Dios se apareció en forma de zarza flamígera en el Antiguo Testamento, a partir de ahí no hemos vuelto a tener noticias de Él. Si es cierto que hay mucha gente que habla en su nombre y que hay un Dios en el lenguaje que llevamos todos en la boca, no tanto por cuestión de fe sino por manejo de expresiones populares. De ese Dios cotidiana, el de ¡Vaya por Dios!, ¡Jesús!, o ¡ahí va la Virgen!, no se libra ni el más ateo.
Pero hay otro Dios que llega por megafonía y que irrita a la Federación Internacional de Ateos, el Dios que se pregona por la megafonía del aeropuerto de Barajas cuando los practicantes son convocados a misa. Quizá ahí se haya pasado un poco la Federación de Ateos puesto que a nadie le puede molestar que otros anuncien sus creencias; en todo caso lo condenable es que fuera obligatorio pasar por la taquilla para que te dieran la tarjeta de embarque. Tampoco podríamos pasear por Estambul, o por El Cairo al atardecer, entre las continuas llamadas de los muecines a la oración.
El ateo no tiene Dios y quizá por eso debería ser más comprensible que un creyente que siempre guarda su carga de emotividad religiosa. Imaginemos lo que pasaría si un ateo que viviera en Toledo pidiera la suspensión de la procesión del Corpus porque contamina de creencias el paisaje de su ventana.
Uno tiene la impresión de que, ateos y creyentes, usan a Dios para sus fines. Por eso Él no ha vuelto a quemar una zarza, por eso prefiere hacerse el “descreído”