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Odio al extranjero

Odio al extranjero

"Hay que echarlos al mar"... "Vamos a disparar contra sus embarcaciones"... "El remedio es meterlos en campos de concentración"... Fórmulas como estas para solucionar el "problema de la inmigración" solían oírse en tabernas de gente primitiva. Ahora no es raro escucharlas en consejos de ministros.

 

Desde que algunos políticos acuden al temor a los extranjeros para recabar votos, los ciudadanos de origen foráneo se volvieron chivos expiatorios de las dificultades económicas en los países donde habitan.

 

Algunos de esos políticos son ahora jefes de Estado o de gobierno, como el francés Nicolás Sarkozy o el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi.

"Si no hubiera atacado a los inmigrantes, Sarkozy tal vez no sería presidente de Francia", dice un reciente editorial de The International Herald Tribune. Sarkozy apoya los sitios de concentración de inmigrantes sin papeles y pretende aplazar la nacionalidad de los niños franceses hijos de extranjeros. Pero el caso más lamentable es el de Berlusconi, elegido, en buena parte, por su demagogia xenófoba. Aún no ha cumplido un mes de su tercer ascenso al poder y ya son noticia sus operativos policiales contra rumanos, africanos y marroquíes. Decenas de sus seguidores resolvieron aplicar por cuenta propia la caza del indocumentado e incendiaron un campamento de gitanos en las afueras de Nápoles. La Comunidad Europea está escandalizada y países vecinos acusan a Berlusconi de "criminalizar al diferente".

 

Así lo dice el gobierno de España, donde, dicho sea de paso, los "sudacas" también son objeto de creciente intolerancia social. El último invento berlusconiano es una doble trampa: plantea expulsar solo a los inmigrantes delincuentes, pero declarará delincuente a todo inmigrante sin papeles.

 

En tentación similar han caído Geert Wilders, nueva estrella de la política holandesa; la derecha suiza -con sus cartelones que pintan al inmigrante como una oveja negra- y el primer ministro inglés Gordon Brown, quien pidió, cual politiquero barato, "empleos británicos para los trabajadores británicos". Los ingleses son quienes menos pueden quejarse de la inmigración, pues harto se benefician de ella. La llegada de trabajadores polacos ha impulsado la industria de la construcción y contribuido al aumento del consumo, como lo reconoce un informe del Financial Times.

 

La inmigración no es un "mal inevitable", sino una necesidad en países cuya demografía decrece, como Italia, Alemania y España. Se calcula que a mediados de este siglo la fuerza nativa de trabajo europea habrá perdido 44 millones de personas. Sólo una dosis importante de inmigrantes permitirá empujar la economía y, a través de la seguridad social, sostener la vejez de muchos de quienes hoy denuestan de ellos. El problema es que la xenofobia rinde frutos demagógicos y la verdad de que no podrá haber progreso sin inmigrantes contradice ese fantasma que contribuyeron a crear.

 

Fantasma peligroso y ubicuo, pues las últimas semanas revelan un vasto y triste rastro de odio al extranjero. Según una investigación de prensa, en el centro de detención de extranjeros de Nueva Jersey (Estados Unidos) han muerto 66 indocumentados en apenas tres años. En tales predios, los reclusos carecen de representación legal y se suspenden garantías civiles elementales.

 

El puerto francés de Calais, punto de salida del tren submarino a Inglaterra, se convirtió en lugar de concentración de inmigrantes desesperados que aspiran a viajar a las islas; la Policía incendia a menudo sus tugurios. África misma no escapa a la violencia xenófoba: en Johanesburgo, capital de Suráfrica, fueron asesinados en los últimos días varios desplazados de Zimbabue y Mozambique. Lo paradójico es que los países más hostiles a los inmigrantes suelen ser aquellos que, en otros tiempos, más se caracterizaron por su alta emigración, como Italia, España y la propia Suráfrica.

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