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¿Sana? laicidad

¿Sana? laicidad

Ayer domingo, festividad del Corpus Christi, el cardenal Antonio Cañizares, arzobispo de Toledo, volvió a tronar en su homilía contra lo que él considera “los muchos insultos, agravios y ofensas que recibe la Iglesia”. El prelado, llamado por su colegas “le petit Ratzinger”, en tono de catastrofismo apocalíptico, llegó a negar que en España haya “auténtica libertad religiosa”. Y todo ello ¬–diga lo que diga el monseñor—porque el Gobierno ha anunciado su intención de reformar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa “para avanzar en la laicidad”.  Motivo más que suficiente, con la excusa de que, el pasado sábado, por las calles del casco histórico de Toledo, se representó una pieza religiosa popular del siglo XV, (una de las muchas Danzas de la Muerte que en la Baja Edad Media, tras las epidemias de peste bubónica que, en la segunda mitad del siglo XIV asolaron Europa,   sirvieron a las gentes el contenido –plenamente ortodoxo— de los cuatro novísimos: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria) para que el cardenal toledano cargase acusando de blasfemo el espectáculo y tomándolo como excusa para su tonitronante homilía dominical.

No fue el único, porque su colega en la púrpura cardenalicia y hermano en el episcopado, su colombroño Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, hablaba de la tentación que España y Europa sentían de declarar “la muerte de Dios con fatales consecuencias para el hombre”.

Lo raro es que, tras la diatriba dominical de ambos purpurados, no se abriese un resquicio en estos tormentosos cielos de marzo y, entre chaparrón y tronada, no sonasen las trompetas del Apocalipsis. Eso por un lado. Porque, por el otro, raro también sería que a sus voces no se unieran la de pastores protestantes, popes ortodoxos, imames islámicos, rabinos judíos y demás ministros de las confesiones religiosas felizmente presentes, hoy en día, en el reino de España, que Constitución mediante, se declara aconfesional: “ninguna confesión tendrá carácter estatal” (artículo 16.3 de la CE).

Andamos pues en el tanto traído y llevado tema de la laicidad. Y andamos mal si, como ha manifestado recientemente otro de los cardenales españoles, el franciscano Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, a la laicidad hay que ponerle adjetivos. El de sana, por ejemplo. 

Fueron las Cortes Constituyentes las que, en 1978, al aprobar la vigente –y reformable, añado— Carta Magna, sacaron fuera la confesionalidad estatal. A partir de su entrada en vigor, la Constitución garantizó que el Estado, por expresa y legítima voluntad de las Cortes Generales, y aprobada en referéndum por la ciudadanía, entre otras cosas, sacó al Estado de su condición anterior de sujeto agente del hecho religioso. En nuestro orden constitucional, el Estado es el que garantiza que todas las creencias, todas las confesiones religiosas, sin excepción, puedan moverse libremente en la sociedad española. El Estado es el encargado de cuidar ese espacio.
Parece que esto, tras la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1981, no es suficiente para la Iglesia Católico-Romana. Por eso su jerarquía, en el mejor de los casos, habla de sana laicidad. En el peor –y tenemos a una buena gavilla de obispos que actúan en este sentido—la cosa está muy clara: la Iglesia Católico-Romana de España quiere seguir en su secular situación de privilegio, mirando, como ha hecho hasta ahora --y, encima, a regañadientes--, por encima del hombro al resto de confesiones religiosas, cristianas o no.

Cualquier cumplimiento del mandato constitucional sobre la aconfesionalidad del Estado es denunciado por el sector más duro –menos evangélico, por no decir cristiano— del Episcopado católico como un ataque a la religión. Al igual que hace dos mil años, en la Palestina que recorrió Jesús de Natzareth, los obispos españoles se identifican con fariseos, escribas y doctores de la Ley, para proclamar, al revés que Jesús, que “el hombre se hizo para el sábado”. No es esto lo que enseñaba, precisamente, el Nazareno: “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”. Traducido: las normas legales, sean civiles o canónicas, se hicieron por y para beneficio de las personas; y no al contrario.

Poco convencidos deben estar Rouco y Cañizares para buscar certezas allá donde no las hay. Porque si, paradójicamente, hay una certitud absoluta en el mensaje de Jesucristo, esta es que no hay certezas. A esto, evangélicamente, se le llama ponerse en las manos de Dios y ser honrados y sinceros con Él. Aunque los obispos españoles prefieran el “más vale pájaro en mano –el de los privilegios—que ciento volando”.
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