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Crítica del Ser cocalero

Crítica del Ser cocalero

¿Qué implica ser cocalero? Para responder necesitamos analizar las orientaciones ideológicas, declaraciones políticas, acciones de hecho y el círculo que comienza en la coca y termina en la cocaína. Se trata, sin lugar a dudas, de intentar una reflexión realmente ontológica sobre hasta dónde pueden llegar los cocaleros y cómo comprender la racionalidad de sus actuaciones. La economía del narcotráfico representa una constante amenaza para la modernización del sistema democrático en Bolivia puesto que involucra a un movimiento social: los campesinos productores de coca en el Chapare y los Yungas, movimiento capaz de bloquear al Estado y sus políticas públicas en materia de lucha antidrogas, afectando el tipo de relaciones internacionales entre EEUU y Bolivia.

Desde la firma del Anexo III entre Bolivia y EEUU en 1991 para la participación ampliada de las Fuerzas Armadas en el programa de lucha contra el narcotráfico, se gestó un movimiento social de campesinos directamente ligados a la producción de coca. Aquel año adquirió preponderancia el Comité de Coordinación de las Cinco Federaciones de Productores de Coca del Trópico de Cochabamba, organización que influye en el sindicalismo campesino y en las movilizaciones para denunciar la militarización de los cocales, rechazando cualquier intento de erradicación de cultivos; aquella coordinadora aún tiene como caudillo a Evo, formula el discurso del movimiento social, define sus estrategias y negocia su posición con el Estado.

La resistencia del movimiento cocalero frente a todo intento por erradicar sus cultivos excedentes combina hábilmente las demandas por infraestructura caminera, servicios de educación, salud, privilegios y favores sin aportar nada para diseñar una política antinarcóticos. En el fondo, no les interesa bolivianizar la lucha contra el narcotráfico pues son un movimiento organizado alrededor de la lógica del mercado, es decir, el aumento en la demanda de cocaína estimula la producción excedente de coca, convirtiéndose en un movimiento social que simboliza las luchas izquierdistas ligadas, simultáneamente, a un “incentivo ilegal-delictivo” que opera como un polo magnético para cohesionar dicho movimiento campesino.

A pesar de tener un presidente como Evo elegido en las urnas, el movimiento cocalero no busca su incorporación al sistema político democrático, ni tampoco intenta luchar por su modernización, sino que actúa con indiferencia aprovechando al máximo la indecisión y los errores de las políticas antidrogas para incrementar sus beneficios económicos. El movimiento cocalero se robustece en la medida en que el Estado democrático se marchita. Esto es lo que actualmente está mostrando Evo Morales pues su gobierno va debilitando la democracia representativa, mientras que los cocaleros concentran como nunca beneficios unilaterales por la desordenada producción de coca. Sobre el incremento del narcotráfico o la participación cocalera en el negocio ilícito no se dice ni se dirá una palabra.

El movimiento cocalero construye sus pautas de acción cuando es influenciado por la presión norteamericana que funciona como catalizador. Se entiende por catalizador al gobierno de los Estados Unidos y su política antidrogas en América Latina que ejerce una acción sobre la dinámica y composición del conflicto entre los cocaleros y el Estado boliviano; este catalizador puede acelerar o retardar el desenlace y el curso de los conflictos sin sufrir él mismo una modificación. Los cocaleros asumen el papel de abanderados de la soberanía, irradiando peligrosos sentimientos nacionalistas hacia la sociedad donde se confunde la bolivianidad agredida por el imperialismo gringo y la oscura economía del narcotráfico que favorece a los cocaleros, corrompe a los partidos y destruye el sistema judicial.

El movimiento social cocalero posee un profundo carácter conservador en sus patrones de comportamiento político, pues no busca inaugurar un momento histórico transformando el Estado boliviano, democratizando mucho más el sistema político o evocando una lucha para generar una identidad nacional original.  Por el contrario, sus formas de organización están construidas sobre una concepción tradicional de la política donde imperan tres características: primero, la lógica del matar o morir, segundo, la imposición innegociable y tercero, la búsqueda de los máximos beneficios económicos para un sector restringido de la sociedad, que son ellos mismos, a expensas de los mínimos esfuerzos.

Se trata de un movimiento social pragmático de orientaciones unilaterales donde cualquier intento de erradicación de coca y sustitución de cultivos significaría iniciar la guerra del fin del mundo o una supuesta guerra civil en Bolivia, pero de signo localista ya que para los cocaleros el país comienza en el Chapare de Cochabamba y termina en los Yungas de La Paz.

Actualmente los cocaleros concentran cerca del 40% del presupuesto total en el Ministerio de Desarrollo Rural, demostrando una alarmante incapacidad de gestión pública porque no pueden planificar racionalmente su producción de coca, ni tampoco renunciar a los beneficios de la cooperación internacional frente a quien levantan la mano para pedir más dádivas, sin ofrecer una alternativa de cambio en sus visiones productivas de largo plazo. Saben muy bien que el hecho de mostrar rasgos apocalípticos los convierte en campesinos exitosos como para sitiar al Estado y forjar una férrea disciplina sindical, inclusive al costo de ejercer violencia simbólica y física sobre sus propias bases.

La acción colectiva en el Chapare y los Yungas es un fenómeno que aparece como “resultado acumulado” a lo largo de veinticinco años envolviendo a más de 200 mil campesinos. Los cocaleros son capaces de definirse a sí mismos como parte de una cultura milenaria que puede tomar decisiones autónomas sobre el complejo circuito de la coca y la cocaína.

Definen también el campo de sus acciones; es decir, las relaciones con otros actores, disponibilidad de recursos, oportunidades y limitaciones, así como el espacio de lucha, no para destruir el sistema capitalista promoviendo la instauración de uno diferente, sino para aprovechar un campo de conflicto en el cual puedan conquistar adherentes, modificar estrategias, prever acciones del enemigo y sobre todo mantener intactos sus beneficios materiales de la economía cocalera.

El movimiento cocalero usufructúa las condiciones democráticas para protestar y defender su libertad de expresión, siempre y cuando sus intereses económicos respecto a la hoja de coca se mantengan intocables.

Los campesinos crean, efectivamente, un “nosotros colectivo” desarrollando dos clases de orientaciones: por un lado, aquellas relacionadas con los fines de su acción: la protección de todos los cultivos de coca, sean éstos legales, excedentes y las consecuencias ilegales conectadas con el narcotráfico; por otro lado, orientaciones relacionadas con los medios de su acción que van desde la negociación política hasta algunas reacciones destructivas que nada tienen que ver con las teorías clásicas del marxismo, socialismo o el nacimiento de un Hombre Nuevo. En todo caso, para los cocaleros mantener las cosas como están es mucho más ventajoso, mientras que la represión policial o militar constituye el caldo de cultivo para reproducirse como actores sociales al margen de la ley y la revolución.

Franco Gamboa Rocabado
Sociólogo, especialista en gestión y políticas públicas

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