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La agresión a la ministra: espontánea o deliberada

La agresión a la ministra: espontánea o deliberada

La agresión de una escolar de 14 años a la ministra de Educación de Chile, y las reacciones en diversos sectores de la sociedad al inusitado hecho, han abierto una discusión que pone en el tapete tanto la educación un aspecto tan concreto como son las conductas y la vocación democrática de los diversos actores sociales y políticos del país.

Atribuir el gesto de una menor perturbada, sin duda, por una concepción de que todo es permitido, estimulada como poco menos que heroína, por jóvenes tan  violentos como ella, a un gesto de legitima rebeldía frente a una sociedad que no les escucha, es  sacralizar conductas peligrosas para la sociedad.

No hablemos de la estabilidad, que a algunos les parece conservadurismo reaccionario, despreciable, sino de un mínimo de convivencia social necesaria para escucharse, para discutir, para llegar a acuerdos, en la cual se pueden manejar las disidencias y hasta las contradicciones.

No se trata de impedir la protesta. La demanda social, el legítimo debate de ideas y de opiniones o propuestas de soluciones para los temas en discusión.

Pero la democracia no se construye destruyendo vitrinas, lanzando piedras bombas molotov, o lanzando agua contra una ministra.

Aún si se analiza algún movimiento revolucionario armado, éste no logra triunfar, imponerse y perdurar, sin la voluntad de las masas, de su pueblo, de los ciudadanos.

Lo contrario es la anarquía, totalitarismo, la dictadura, chantaje, los métodos mafiosos. Y es el caldo de cultivo donde se nutren los que demandan “mano fuerte”, el  orden de los campos de concentración, de las dictaduras, la “manu militari”, el orden policíaco.

Lo grave es que aparecen en los medios, avalando tales conductas, referentes sociales cuya misión sería precisamente socializar a la juventud, integrarla a la cultura democrática,  encauzar sus energía rebeldes, hacerla participe de la sociedad democrática que tanto costó recuperar, como son los profesores y la familia.

La situación  y ciertas opiniones de apoyo al desacato como método, está revelando la profundidad de una crisis político-social en que aparecen involucrados, el sistema escolar, la formación familiar y la cultura cívica de la sociedad.

Y más allá de la polémica sobre el agua lanzada contra la ministra está el hecho de que el profesor Jorge Abedrapo, nada menos que presidente metropolitano de los profesores, se vanaglorie de “haber encendido la mecha”. Y de que el magisterio  elimine al diálogo como forma de discutir sobre la Ley General de Educación hace pensar que alguien está perdiendo la cordura y el control de los acontecimientos.

Alejándose de un mínimo de racionalidad se deja el campo al caótico e incontrolable mundo de la anarquía y de una supuesta “espontaneidad” y a los ultras de diversos pelajes, que como lo constata la historia en los hechos actúan de elementos provocadores al servicio de las fuerzas más oscuras de la Derecha.

Los valores democráticos se ponen a prueba, precisamente -y eso lo aprendimos los chilenos de manera dramática- cuando las discusiones, y las estrategias y tácticas llegan a un callejón sin salida o al borde del precipicio. Un paso adelante en un accionar, más que imprudente, es criminal, conduce al vacío. Y desde allí no se puede retroceder.

Desechar los mecanismos presentes del sistema democrático en Chile es un peligroso juego. Ya se hizo en los años 70-73, y cualquiera puede constatar donde condujeron los llamados inflamados, que no tenían sustento en la realidad política y social.

Y si se reconoce objetivamente que quienes quieren este u otro cambio, legislación o demanda, no son capaces de convencer a las mayorías necesarias, hablar del “pueblo”, de las “mayorías nacionales” no pasa de ser un recurso retórico, sin sustancia real.

El cuadro político del país es muy concreto y a las fuerzas de la izquierda, representada en el colegio de profesores y otros gremios, no les puede parecer lo mismo quien esté en el gobierno  del país.

Por lo tanto, deben actuar responsablemente no permitiendo que se erosione hasta su desmoronamiento esta frágil mayoría de los demócratas, e impedir que se imponga, con la consigna de mano firme, poner fin al desorden y a la debilidad de la autoridad, y otras monsergas demagógicas, el pinochetismo de ayer y de hoy.

Y si hay quienes  desean cambiar las cosas -demanda que es socialmente legítima- deben saber que sólo el camino de conseguir las mayorías, en cada momento o en determinados nudos del camino, puede conducir a los cambios.

Los dirigentes del profesorado y los líderes estudiantiles  no pueden ser tan ciegos de no darse cuenta que sus convocatorias han tenido escasa respuesta, y mucho menos se han constituido en hechos políticos que generen cambios en el escenario.

Y las provocaciones y las groserías en boga no son sino signos de la desesperación por el fracaso y por el objetivo aislamiento en que se van colocando  cada día más.

Y en la legitimación hoy del insulto, de la agresión, de la bomba incendiaria, de las armas, está el germen del totalitarismo, del  terrorismo, del matonaje, del chantaje a las instituciones de quienes creen que bastaría con que un grupo de conjurados se pongan de acuerdo en dinamitar la institucionalidad, el debate, o las instituciones.

Y alertas!, si se acepta la agresión, hoy con un vaso de agua, mañana puede ser con una bomba incendiaria o un palo o un arma. Es una lógica conocida. Y esto no tiene que ver en realidad con la protagonista del suceso que nos preocupa. Ella no ha pasado de ser instrumento.

Y si hay algunos que buscan amedrentar a la sociedad, o que Chile se convierta en un escenario donde un puñado de audaces van a imponer su voluntad, van a aterrorizar, a atemorizar, debe quedar claro que los demócratas deben aislarlos, no dejarles espacio y defender lo conquistado.

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Marcel Garcés
Periodista
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