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China Olímpica: historia y perspectivas

China Olímpica: historia y perspectivas

Con la inauguración de las Olimpiadas 2008, pareciere que China abrió una enorme ventana para dar a conocer al mundo la riqueza y complejidad de su historia, su multifacética realidad de hoy, sus horizontes para el futuro; y proponer una perspectiva para el mundo que vendrá.

Qué duda cabe de que el gigante asiático aprovechó muy bien la oportunidad para mostrarle al mundo la magnificencia de su tradiciones, la riqueza de su cultura milenaria, a través de la creatividad de un espectáculo que resumió su historia, y muchos de sus aportes a la cultura, la tecnología y el pensamiento universal.

Para algunos pareciera que todo esto fue un descubrimiento de última hora, el asombro por un espectáculo de gran factura, una producción estética y una profundidad conceptual.

Pero se trata de cinco mil años de historia, de filosofía, de adelantos tecnológicos, de descubrimientos científicos y bélicos, de un crisol de pueblos. Y de la realidad de una economía pujante y de un potencial político, social, científico  y un factor determinante en el escenario internacional.

Algunos políticos occidentales y los medios que responden a determinados intereses,  buscaron desviar la atención, aludiendo a temas de derechos humanos, o incluso a la explotación del trabajo infantil”, pecados que en cualquier caso no son exclusivos del régimen chino.

Otros recurrieron a una rebelión fallida en el Tíbet, al terrorismo extremista de la minoría musulmana de la provincia de Jinjiang (los uiguhres), situación que merece sin duda un análisis más profundo, o al gesto mediático de tres “turistas” estadounidenses en la Plaza de Tianamen.

Sin embargo, la contundencia del acto inaugural y, por cierto, la fiesta deportiva que tiene como escenario a China, han puesto las cosas en su lugar. China ha demostrado su capacidad de organización, su compromiso con el deporte y, como es obvio, su calidad de gran nación, de potencia mundial.

Pero el mensaje por cierto va más allá del deporte, que es lo que hoy congrega a miles de atletas y despierta el interés de las naciones del mundo, o de las medallas que va a lograr, y que lo ponen entre los líderes mundiales.

El acontecimiento olímpico ha servido, como siempre lo ha sido, para mostrar al mundo al país sede, con toda su realidad, y su papel en el mundo de hoy.

Para el productor de eventos chileno, Tomás Cox, “el trabajo de mercadeo que hizo el director no lo hace ningún diplomático en el mundo en tres horas”.

La deformación profesional de Cox no lo explica todo, sin embargo. Más bien simplifica.

Es la consistencia de un país clave hoy en la escena internacional, en la economía global, la que le da sustento al espectáculo, por lo que lo hace más que un fuego de artificio o un  acabado ejercicio de sincronización, aunque por cierto, los fuegos artificiales -otra contribución china a la cultura mundial- fueron impresionantes.

China es sin duda un protagonista global de primera fila, y deberían terminarse con las pretensiones de ocultar el sol con un dedo. O la tentación de la caricatura.

Es una necesidad del mundo de hoy reconocer a este nuevo actor de la política internacional. No es sólo porque se trata de “un mercado” de más de 1.300 millones de personas, en un franco proceso de industrialización y desarrollo económico, un buen cliente para el cobre chileno, la soya argentina o brasileña, etc.

Esta es una razón valedera, pero ni la única ni siquiera la más trascendente para un orden mundial que garantice la paz, la seguridad, el progreso, el bienestar de la humanidad.

El hecho deportivo no puede  eludir el significado esencial de un país y un pueblo -todo un continente-, como ha sido constatado en esta especie de tarjeta de visita entregada este viernes 8 del mes 8, del 2008 a las 8.08 (aquí tampoco está ausente la magia china) a 4 mil millones de personas en el mundo, a los 80 mandatarios presentes en Pekín, y a los más de 11 mil deportistas de las 204 delegaciones más los 22 mil periodistas acreditados.

Así, el fuego olímpico puede servir, como fue en sus orígenes, a superar las fronteras, avanzar en la comprensión del otro, abrir puertas, despejar prejuicios y desconfianzas, consolidar la paz y la comprensión en la escena internacional.

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Marcel Garcés
Periodista
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