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El general Pedro J. sí tiene quien le escriba

El general Pedro J. sí tiene quien le escriba

Eduardo Martínez Rico: ‘Pedro J., tinta en las venas’, Plaza y Janés, 535 pags.

He aquí un nuevo libro sobre Pedro J.Ramírez, el director de El Mundo y uno de los personajes más poderosos de España. “Un periodista puede ser más importante que un banquero”, dice el propio autor del libro, que no puede ocultar su fascinación por el personaje. La verdad es que PJR es un personaje en cierto modo fascinante. No ha sido otra cosa que periodista, pero es mucho más que un periodista: ha traspasado los límites de lo que, a mi juicio, puede ser y debe ser un profesional de la información para convertirse en una personalidad tan influyente que muchos tiemblan (también se dice en el libro) sólo de pensar en que pueden caer bajo los rayos flamígeros del director de El Mundo.

Yo no sé si eso es bueno o malo, pero alguien tiene que controlar al controlador, ha de haber un quinto poder que limite los excesos, cuando los hay, del cuarto. Es lo malo del poder absoluto: no que corrompa absolutamente, sino que te aleje absolutamente de la realidad terrestre para elevarte a más altas cotas, en las que solamente tú decides lo que es bueno o malo, lo que conviene o no conviene a la humanidad, quién debe o no ser el jefe del gobierno y/o de la oposición, lo que han de comer o no los españoles, si a Estados Unidos le viene bien un presidente demócrata o republicano…

Claro que Pedro J. es demasiado inteligente como para caer en excesos ridículos, como aquel periodista del franquismo que, desde su columna de la ‘Hoja del Lunes’ de Santander (tirada: cuatro mil ejemplares) escribía: “advierto al Kremlin por tercera y última vez…”. Pero se sabe poderoso, y lo disfruta, hasta donde a mí, que vivo ajeno a los avatares de El Mundo, se me antoja. Y todo esto, que es esencial en una biografía de PJR y de sus circunstancias, está ausente de este libro ‘autorizado’. Si se quiere escribir sobre los avatares que rodean la trayectoria fascinante de este periodista ‘estrella entre las estrellas’, hay que investigar más, distanciarse más, buscar también en los basureros, en las comisarías, en los palacios de estuco, en los arrabales, en los garitos, entre los pianistas de prostíbulos, y no solamente en las floristerías. Porque el periodismo es, creo, mucho más (y menos) que el brillo que percibimos en una crónica o en la ‘sábana’ dominical, tan sugestiva a veces, a veces tan…¿pedante?, del director de El Mundo.

Y conste que esto que escribo no entraña una opinión peyorativa sobre el protagonista de este libro. Trabajé una corta época con Pedro J., como jefe de Internacional en Diario 16 –él recuerda que me coloqué, y es cierto, inicialmente en la oposición a su llegada; apoyé al director saliente, Miguel Angel Aguilar, quien luego se distanció patentemente de mí--, y puedo certificar que Ramírez es el mejor periodista que he conocido en mi ya dilatada carrera como informador en diversos campos. Lo que ocurre es que también se puede morir de éxito, como decía Felipe González, y PJR ha tenido tanto éxito profesional que no le ha bastado con la profesión: se ha convertido, puede que ‘malgré lui’, aujnque más probablemente con su connivencia consciente, en un ciudadano Kane a la moderna, y ya se sabe que, con la dinastía de los Kane, tan citada en este libro, no se juega: si tienen que poner la guerra, porque conviene, la pondrán.

Supongo que será cuestión de temple, de carácter o de sensibilidad, pero me ocurre que, ante el poderoso, tengo la certeza de que algo malo me acabará ocurriendo; basta que el poderoso anhele algo que yo tengo, o simplemente bastará que el poderoso se aburra y necesite jugar conmigo como el gato con el ratón. Mala suerte si resulta que para el poderoso no pasas desapercibido. Lo bueno y cierto es que PJR no es prepotente, o no demasiado prepotente, al menos.

Hago, en fin, estas consideraciones al hilo de este libro, en paralelo a él, porque creo que el volumen necesitaría algunos de estos razonamientos: el personaje, tan lleno de matices, tan complejo, se le escapa algo al autor, pese al medio millar largo de páginas de que consta el texto. No sé si es que PJR y lo que representa, y lo que ha vivido y protagonizado, o lo que ha muñido en la sombra, necesitan aún más páginas; sí sé que este volumen, dedicado a un triunfador indiscutible, precisa de unas cuantas líneas más escépticas, menos entusiastas, más profundas en busca de los múltiples pedrojotas que existen en Pedro J.   

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