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     23 de septiembre de 2021

san isidro 2021

Juan Ortega es distinto. Su excelsa concepción del toreo le sale del alma, del más acendrado sentimiento, de la pureza en su mayor grado. Todo para paladares exigentes y escasos. Así emborrachó Madrid en dos faenas de las que no se suelen ver en estos tiempos de toreo posmoderno. Mientras que El Juli es el lidiador ortodoxo, técnico, regular en el éxito y que gusta al público que mantiene económicamente la Fiesta. Ambos ofrecieron sus respectivas facetas en el festejo de este sábado, eso sí en un ruedo convertido en una pasarela de toros flojos, muy flojos y hasta inválidos y no olé. O sea que, sin quitar un ápice a la belleza de lo que desarrolló el andaluz, y al triunfo estadístico del madrileño, con estos bureles tan blandos, de torería y santidad, la mitad de la mitad.

Sin que sirva de precedente, por una vez, el destino fue justo y quiso que el único en pasear un trofeo fuera Diego Urdiales. El que lo merecía. Cosas del destino, el azar… y el fallo a la hora de matar de sus dos compañeros. Porque si hubiera sido por el público… Manzanares y Roca Rey se habrían marchado en volandas con el ganadero, el presidente y los alguacilillos si hace falta.

Acontecieron dos buenas noticias en esta octava de la feria del mal fario, por los graves percances habidos hasta ahora -de los que afortunadamente se van recuperando los heridos-. Por un lado, esta vez no hubo ninguna cornada y, por otro, se disfrutó mucho con el toreo puro de un Paco Ureña que parece ir rememorando el arte que tanto ha cascabeleado desde hace unas temporadas. A su esportón fue a parar un trofeo de mucho mérito y peso, también el de Miguel Ángel Perera recogió otra oreja de esas facilongas ganada con sus formas y fórmulas de producción industrial. Ante un encierro de excelente presentación de García Jiménez y Olga Jiménez blando, muy poco picado y noble, con un cuarto de nota, el peor lote fue para Daniel Luque, que tras su triunfo hace tres días se había ganado el paseíllo en lugar del aún no repuesto Emilio de Justo y que ahora quedó inédito.

Daniel Luque es uno de esos toreros que parecen jóvenes, pero que ya no lo son tanto. En otro tiempo, con 31 años y casi 14 de alternativa, el sevillano estaría abriendo carteles como el más veterano de la terna. Hoy, sin embargo, suele actuar como tercer espada en la mayoría de ocasiones. Y es que Luque es uno de esos matadores que nos siguen pareciendo jóvenes como consecuencia de un escalafón “anciano” que no parece terminar de renovarse nunca.

Cara y cruz de esta liturgia compulsiva y laica que es la Fiesta de los toros. Dos de sus catecúmenos alcanzaron diferente y antitético protagonismo en la novillada de ese lunes. Lo peor fue para Manuel Perera, que fue corneado de mucha gravedad en el vientre al tirarse como un ciclón en la suerte suprema del único bicorne que lidió. Lo mejor, para él y para los que lo disfrutamos en los tendidos, lo hizo Tomás Rufo, con una actuación de altísimo nivel artístico que le valió para echar en su esportón tres justas orejas. Con un Antonio Grande que cortó otro trofeo ya en el olvido, el encierro de El Freixo propiedad de El Juli salió noblón y dando facilidades, aunque 3º y 4º lucieron casta.

No hay términos medios, salvo contadísimas excepciones, con Morante. Y en esta segunda de Feria tampoco, porque el de La Puebla se convirtió en el auténtico protagonista de la tarde. Por un lado con una magnífica actuación preñada de cante hondo, aunque con reparos por el carretón obediente de Juan Pedro que tenía delante. Por otro, echó mano a la poca vergüenza profesional y falta de respeto a esos mismos espectadores que minutos antes le habían jaleado, al no querer ni ver al sobrero de Daniel Ruiz que le tocó en suerte o desgracia. Con muy poco público para un cartel de figuras, y un encierro con trapío y manejable, que a falta de la virtud de la bravura alboreó la de la movilidad, que no es poco en esa divisa, también Ponce ofreció dos facetas y Pablo Aguado casi pasó de puntillas.

No parece haberle sentado bien al santo patrón el traslado de su eterno altar de Las Ventas al castizo barrio de Carabanchel. Al menos en lo referido al inicio del nuevo abono merced a una primera función más bien aburrida en general, pero que salvó en parte el esplendoroso capote de Ginés Marín a sus dos bureles –con trapío y justos de casta y juego, como todos-, con especial énfasis en el último. El extremeño cortó una oreja de ese ejemplar, y a Álvaro Lorenzo le regalaron otra sin fuste mientras Lopez Simón se fue de vacío.
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