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Pinochet y el lado oscuro de la Argentina

Pinochet y el lado oscuro de la Argentina

l régimen militar iniciado el 11 de setiembre de 1973, surgido en un momento de retraimiento y retroceso de la democracia en la región -entre otros cosas como consecuencia de la Guerra Fría- entronizó en Chile al general Augusto Pinochet en el poder por diecisiete años.

Durante ese tiempo de usurpación del poder, solo superado en la región en la era contemporánea por Alfredo Strossner en Paraguay, en la Argentina se sucedieron nueve presidentes: Raúl Lastiri; Juan D. Perón e Isabel Martínez hasta el golpe de Estado del 24 de Marzo de 1976, luego los cuatro generales del Proceso y, ya con la democracia recuperada, Raúl Alfonsin y Carlos Menem.

La violencia ejercida desde el Estado autoritario, que llevó incluso al Papa Paulo VI a expresar a la prensa mundial su congoja por "la represión sangrienta", se cobró 3197 victimas en el periodo 1973-1990 según el Informe Rettig - cuya creación evoca el Informe de la Conadep presidida por Ernesto Sabato- creado por el Presidente Aylwin, además de los cientos de miles de exiliados.

Condecoraciones argentinas

El golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende encontró al General Perón próximo a asumir la Presidencia, por tercera vez en la Argentina, luego del interregno de Lastiri, que había asumido como consecuencia de la forzada renuncia de Héctor Cámpora.

El Gobierno justicialista de entonces, al compás de los cambios políticos sucedidos en los países de la región y en el contexto de violencia política creciente que se vivió en la Argentina, adoptó una actitud cooperativa y cómplice con los regímenes autoritarios de los países vecinos de Uruguay y Chile.

En el caso de Chile esta complicidad se montó sobre la ambigua posición política de la República Argentina frente al golpe, aún en vida de Perón. Por un lado se decretaron tres días de duelo por el asesinato del presidente derrocado y a menos de una semana del golpe, y antes que lo hiciera el principal promotor del mismo - el gobierno norteamericano- se reconoció al régimen de Pinochet.

Otro antecedente de la reacción del gobierno argentino, con relación a las derivaciones de la situación chilena, lo constituye el trato con los exiliados. De acuerdo a las denuncias de los legisladores de la oposición radical en el Congreso argentino, de las casi cuatrocientas personas refugiadas en la Embajada Argentina en Santiago, cerca de trescientas, poseedoras del salvoconducto otorgado por la Junta Militar de Chile, no podían salir del país por la falta de autorización del gobierno argentino.

Una situación parecida vivieron más de cien exiliados alojados en el Hotel Internacional de Ezeiza cuando un fallo judicial cuestionó lo actuado por la Policía Federal, denunciada por privación ilegítima de la libertad, y ordenó al Ministerio del Interior su libertad inmediata. Esta decisión judicial no sólo no fue acatada sino que las autoridades políticas impusieron a los asilados un plazo de 24 horas para abandonar el territorio argentino.

Las relaciones políticas entre el Gobierno Justicialista y el Régimen chileno incluyeron el encuentro en Mayo de 1974 entre Perón y Pinochet en la Base Aérea de Morón. La condecoración al dictador chileno con la Gran Cruz de la Orden de Mayo al Mérito Militar otorgada por una delegación argentina encabezada por el Ministro de Defensa, Adolfo M. Savino, al año del Golpe. Y la visita del propio Pinochet, en abril de 1975, en la que públicamente propició la cooperación bilateral entre las FF.AA. para la represión de la guerrilla.

Esas coincidencias políticas permitieron acudir en ayuda de la aislada dictadura chilena. En las Naciones Unidas, por caso, Argentina fue uno de los escasos votos que rechazaron proyectos de condena a la violación de los derechos humanos en Chile que, sin embargo, obtuvieron la mayoría requerida a pesar de la abstención de los EEUU, en las Asambleas Generales de 1974 y 1975.

Terrorismo trasnacional

La diplomacia militar del Proceso se distinguió, según la categorización de Roberto Russell, por su "intervencionismo occidentalista".

En esa categoría se inscribe la intervención en el golpe militar en Bolivia de 1980 y, mas importante, el asesoramiento militar en contrainsurgencia a gobiernos de tres países: Honduras, El Salvador y Guatemala y, también, el entrenamiento a fuerzas irregulares nicaragüenses (contras) en lucha contra el Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Esta intervención se realizo bajo el conocimiento y aliento de la administración republicana de Ronald Reagan y continuó hasta fines de 1983.

La acción represiva ilegal del Proceso tuvo, también, escala y dimensión regional, a través de la conocida Operación Cóndor.

Esta iniciativa, que propuso la persecución, asesinato y captura de personas percibidas como "subversivas" por las Fuerza Armadas, tuvo su partida de nacimiento entre el 25 de noviembre y el 1 de diciembre de 1975 cuando, por invitación de la DINA, Argentina participó, junto al resto de los países del Cono Sur, en la Primera Reunión de Trabajo de Inteligencia Nacional con el propósito de coordinar acciones en la represión ilegal.

En esta reunión nació el Sistema Cóndor, bautizado con ese nombre a propuesta de la delegación uruguaya en homenaje al país anfitrión -Chile- y que formalizaba e institucionalizaba acciones de terrorismo de Estado a escala internacional que, en el caso de Argentina y Chile, tuvo como antecedentes el episodio conocido como Operación Colombo.

Esta última fue un macabro episodio del invierno de 1975 por el cual se sustituyeron las identidades de más de cien cadáveres y se llevó adelante una acción de desinformación cuyo fin era justificar las muertes clandestinas de chilenos en su país con cuerpos de desaparecidos argentinos a quienes se les atribuía la identidad de opositores chilenos, supuestamente asesinados por sus propios compañeros en suelo argentino. Esta maniobra se publicitó a través de la ignota revista argentina Lea en una nota titulada "La vendetta chilena", la que fue utilizada como fuente por importantes diarios chilenos.

La prensa internacional, entre otros The Washington Post, The New York Times, The Wall Street Journal, Newsweek y Time, reveló que la revista argentina que había publicado la información no había existido ni antes ni después de la misteriosa edición del 15 de julio que incluía los supuestos enfrentamientos armados en la Argentina.

Un informe de la Embajada de los EE.UU. en Santiago del 8 de Agosto de 1975 dice que "es posible suponer que fuerzas de seguridad argentinas y/o grupos como la AAA y elementos ligados a López Rega tuvieron como mínimo cooperación tácita con el Gobierno de Chile en esta materia".

El largo brazo de la represión transnacional e ilegal chilena llegó incluso hasta Washington DC, cuando el 26 de septiembre de 1976 fueron asesinados el ex embajador de Chile en los Estados Unidos, Orlando Letelier y su asistente norteamericana en lo que se considera el único antecedente de un acto terrorista extranjero en suelo norteamericano previo a los tremendos atentados de otro luctuoso 11 de septiembre, en este caso del año 2001.

El fin del régimen militar en Chile no sobrevino como consecuencia de un alzamiento militar como sucedió en Portugal en 1974. Tampoco fue la consecuencia de la muerte del dictador como ocurrió en la España de Francisco Franco en 1975 -a cuyos funerales asistió Pinochet- ni como repercusión directa de una derrota militar como acaeció en la Argentina, en 1982.

La transición chilena no fue el resultado del derrocamiento del Régimen, a pesar de los variados intentos para conseguirlo, ni tampoco consecuencia de una negociación impuesta por la oposición -también propuesta en algún momento- sino que se concretó en el contexto del dispositivo institucional que el propio régimen se había fijado.

Fue el resultado de un recorrido realizado por la oposición, denominado "aprendizaje" por Manuel Garretón: primero la protesta pasiva, de naturaleza cultural, donde la Iglesia jugo un papel destacado. Luego las movilizaciones populares y, finalmente, la construcción de una alternativa que, al tiempo que repudiaba la violencia como método de acción política, le daba a la oposición al Régimen un sentido y una orientación que evitaba el salto al vacío.

Este "aprendizaje" incluyó la lectura, entre otras, de la experiencia argentina y concluyó con la derrota en el plebiscito de 1988 del dictador Pinochet y el triunfo en las elecciones presidenciales -un año más tarde- de Patricio Aylwin.

Carlos Menem, que en 1993 condecoraría nuevamente a Pinochet en su carácter de Jefe del Ejército chileno, envió sendos mensajes de apoyo, tanto a Pinochet como a la oposición en ese plebiscito clave de 1988. Al asumir Aylwin en un acto masivo en el Estadio Nacional de Chile -centro de detención emblemático de Pinochet- el entonces ex presidente Raúl Alfonsín fue ovacionado, en claro reconocimiento al apoyo que durante todo su mandato brindó a las fuerzas democráticas de ese país.
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