Aparcamientos con barreras
martes 21 de octubre de 2008, 14:40h
Actualizado: 27 de octubre de 2008, 12:50h
No es la primera vez que escribo sobre los aparcamientos de pago que se pasan por la entrepierna las leyes que obligan a estos negocios a garantizar su accesibilidad a todas las personas, también a las que tienen problemas de movilidad por causa de la edad o de alguna discapacidad física, psíquica o sensorial. Seguro que habrá más ocasiones para poner el grito en el cielo sobre las deficiencias de estos espacios que se deberían recorrer sin dificultad, pero que no es así.
Las barreras arquitectónicas se mantienen y estamos como en los años donde se pensaba que lo lógico era que los ciudadanos se adaptasen a las ciudades y no al contrario. Todavía recuerdo aquella noche, en la Plaza del Carmen, en la que me encontré con el ascensor de acceso al aparcamiento cerrado. Eran más de las doce de la noche y los dueños del negocio clausuraron el montacargas por miedo a los cacos, sin tener en cuenta a los que peor andan.
Todo discapacitado que se disponía a recoger su coche después de esa hora se las veía y se las deseaba para llegar hasta él por las barreras en forma de escalera que había entre la entrada desde la calle y el piso del aparcamiento que guardaba su carro. Mientras descendía, escalón a escalón, con mucho cuidado para no desnucarme, recordé a todos los encargados de que se cumplan las leyes de supresión de barreras arquitectónicas y de accesibilidad. De nuevo, sus nombres me volvieron a la mente, hace pocos días, nada más entrar en el aparcamiento pegado al Hotel Meliá Princesa, donde el secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, había reunido a los alcaldes del PSM de pueblos de la Comunidad de Madrid. Nada más traspasar la barrera que permanece cerrada hasta que sacas el ticket que luego sirve para pagar y salir a la calle, pregunté al empleado por los lugares reservados para personas discapacitadas.
Me dijo que no había. Luego, después de subir en ascensor dos pisos, comprobé que me separaban de la calle una treintena de escalones. Volví a preguntar en esta ocasión cómo se salía sin necesidad de saltar unas barreras demasiado altas para mí y la respuesta fue la misma. Con el rostro presente de cada uno de los responsables políticos de garantizar los derechos de todos, sin excepciones, me cargué el ordenador a las espaldas y, sin prisa pero si pausa, alcancé la meta. Por fin estaba en la calle. Aún tenía grabada la figura del político de turno que me vino a la cabeza cuando me enfrentaba al primer tramo de escalera, el más duro, porque no contaba con el preceptivo pasamano que tanto nos ensucia los dedos pero que nos ayuda a ascender. Después de escuchar a Tomás Gómez y de compartir café y bollos con los primeros ediles del PSM, desanduve lo andado y volví a recordar a todos los responsables de que estas putadas sean posibles hasta en domingo. Pagué, reclamé y volví por donde había venido.
“Esto es lo que hay”. Esta frase corresponde a una mujer cargada con un coche de bebé que, en compañía de su marido, que llevaba una criaturita entre sus brazos, bajaba las escaleras de marras para recoger su coche. A estas alturas del siglo XXI, ¿cómo es posible que un aparcamiento, en plena calle Princesa, no cumpla la ley?
Y lo que es más preocupante, ¿por qué el Ayuntamiento de Madrid, encargado de que estos negocios respeten los derechos de todos los que pagan por dejar su coche ahí, permite que se insulte a una parte importante de la ciudadanía tan descaradamente? Está bien que sus inspectores miren en nuestras bolsas de basura para comprobar si la azul lleva dentro desperdicios que deberían ir en la amarilla, o que impidan los hombres-anuncio, pero podían hacer lo mismo con los aparcamientos, y revisar si son accesibles porque carecen de barreras arquitectónicas.