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Dueños de la ciudad

martes 28 de octubre de 2008, 14:17h
Algo grave está pasando en Madrid y a ninguno de los responsables municipales y autonómicos parece preocuparle. El transporte público de la región lleva varios meses perdiendo viajeros a pesar de las multimillonarias inversiones realizadas. Este año, por primera vez, la balanza ha caido del lado de los vehículos privados ya que los viajes en coche suponen un 52% del total de viajes. Y, según los presupuestos presentados en el Consorcio Regional de Transportes, la tendencia va a continuar el próximo año.

    No es comprensible que la empresa Mintra, por encargo de la Comunidad, haya dedicado 780 millones de euros a la construcción de nuevas líneas de metro, que las líneas de la EMT incorporen continuamente nuevos modelos de autobús o que se hagan masivas campañas de publicidad institucionales si todo ello no frena el descenso del número de usuarios.
   
    Los madrileños somos conscientes de que contamos con una de las mejores redes de Metro del mundo. Por contra, debido al caos circulatorio, disponemos de una red de autobuses cuyo funcionamiento está al albur de las circunstancias. Pero la reforma de las líneas antiguas del metro, la calidad de las nuevas o la adaptación de los autobuses para que sean más respetuosos con el medio ambiente,  más accesibles y mejor adaptados a las necesidades de los viajeros no logran captar a más usuarios.

    Sospecho que hay dos razones de peso. Por un lado, una parte de los usuarios, la que correspondería a los mayores de sesenta años, no viajan en metro por conceptos como inseguridad, numerosas escaleras, largos desplazamientos subterráneos. Luego hay una parte muy importante de usuarios que dejaron de usar el metro hace diez o quince años y que guardan en la retina la vieja imagen del metro. En las jornadas de Medio Ambiente, organizadas hace tres semanas por Madridiario, Pilar Martínez, la delegada de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid proponía públicamente abrir gratuitamente el metro durante todas las Navidades al igual que se hace en algunas ciudades europeas. Sería una buena fórmula -y seguramente más barata que una campaña navideña- de invitar a nuevos viajeros a usar el metro.

    En cuanto a los autobuses, hay que reconocerlo: una empresa que se niega a poner en todas las paradas esos indicadores digitales que tan sólo existen hoy en puntos neurálgicos como Cibeles o Sevilla y en los que se indica cuánto tiempo va a tener que esperar un viajero la llegada de su autobús, lo que está poniendo de manifiesto es que no quiere dejar aún más patentes las deficiencias del servicio. Y que no me digan que es posible hacer una llamada telefónica con el correspondiente gasto para determinar la demora. ¿Por qué este dato, además de oneroso, tiene que ser privado? Si se ha hecho ya la inversión de poner GPS a los vehículos ¿por qué no aprovechar el adelanto tecnológico? ¿No es un derecho del viajero?

    Claro que la instalación de este sistema tendría que ir unido a una planificación mucho más férrea y mayores controles que hace mucho desaparecieron. Comprendo que los responsables piensen que si un viajero supiera que tal autobús va a pasar en 17 ó 22 minutos terminaría por desistir, lo mismo que hacen quienes comprueban cómo, tras veinte minutos de espera, llegan a una parada dos y hasta tres autobuses de una misma línea por falta de planificación. Esas son algunas de las razones por las que huyen los viajeros cansados de que se vulneren sus derechos.

    Hemos perdido una oportunidad de oro. Los fuertes planes de expansión del metro tendría que haber sido aprovechados para construir grandes aparcamientos disuasorios, para establecer mejores conexiones entre el metro y la EMT, para establecer carriles exclusivos en numerosas calles a costa del vehículo privado. Pero eso es otra forma de hacer política. En Madrid se han hecho fuertes inversiones en metro y EMT pero no nos olvidemos: la mayor parte del pastel se la ha comido el vehículo privado. Y si no que se lo pregunten a nuestros nietos que seguirán pagando carreteras y túneles por los que continuarán discurriendo los auténticos dueños de la ciudad.
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