Ante una larga y dura navegación
sábado 27 de diciembre de 2008, 18:52h
Actualizado: 29 de diciembre de 2008, 07:37h
En este inquietante umbral de 2009 los indicadores de la economía española hace ya tiempo que dejaron de ser inquietantes para convertirse en el retrato de un desastre anunciado. Este es el país que hace poco más de un año vivía, según su presidente de gobierno, luego reelegido, la mejor situación económica en décadas, con la guinda de disfrutar el sistema financiero más envidiado de occidente. Lo cierto es que Rodríguez Zapatero ha obtenido un brillante éxito en la aplicación de consejos de propaganda tan viejos como el marketing: nunca dejes que la verdad te estropee una buena campaña. No es para celebrarlo en esta España en recesión que se prepara para vivir suspensiones de pagos y quiebras cuantitativa y cualitativamente históricas, al tiempo que se destruye empleo en términos netos por vez primera en décadas y el paro sobre población activa crece de forma inquietante y se convierte, muy por delante de cualquier otra inquietud, incluido el terrorismo, en la máxima preocupación de los ciudadanos.
La realidad es cruel y tiene poco que ver con la propaganda. La seguridad social tiene casi 2.000 trabajadores menos cada día, o “cotizantes” que es un término mucho más expresivo de la amenaza que subyace para todos, y con la perspectiva más que probable de que el paro supere el 17% de la población activa, quizá incluso dos o tres puntos porcentuales más, antes de que termine el año a punto de empezar. Más parados que en cualquier país importante del mundo desarrollado, más parados que en casi cualquier país de la Unión Europea.
Pero en una democracia es una verdad incuestionable que cada país tiene el gobierno que se merece, que es el votado por la mayoría. Por qué los españoles votamos en 2008 a un gobierno manifiestamente incapaz de gestionar las dificultades económicas es algo que explicarán los historiadores y que desde luego algo tendrá que vez con la oferta electoral de la oposición, pero las cosas son como son y con más de tres años por delante, con estos brazos hay que remar.
Así están las cosas en este feo comienzo de 2009: paro en porcentajes crecientes, recesión, bloqueo en el mercado de créditos, déficit del sector público que evidencia una rara alegría del gasto en tiempos de crisis, creciente número de familias sobre-endeudadas y sin capacidad para afrontar esa situación, perspectiva de saturación de los juzgados mercantiles por un rosario de quiebras y suspensiones de pagos, desplome del consumo privado (menores ventas del comercio minorista, desplome de matriculaciones de coches, parálisis inmobiliaria, incluso menos ventas en ocio y viajes…) y de consumos empresarialmente significativos (cemento, energías, materiales, maquinaria, incluso de las exportaciones e importaciones…).
Para decirlo con entera claridad, la situación que España, y por tanto quienes de verdad importan, esto es, los españoles, nuestros ciudadanos y nuestras empresas, nos disponemos a afrontar en este año 2009 ya quisiéramos que fuera tan mala como la de 1993 o la de finales de los setenta. Es mucho peor.
En estas circunstancias, no se trata sólo de arrimar el hombro o empujar el carro, en expresivas y recientes frases que todos debemos suscribir. Es imprescindible ir más lejos. Lo que de verdad se debe intentar es poner en valor y en armonía toda la potencia de conocimiento de la pluralidad del país, tanto en el abanico ideológico como en la transversalidad territorial. Al gobierno le corresponde tomar la iniciativa, salir de ese terco refugio en las ciénagas estériles de la demagogia y el marketing político y convocar a todas las fuerzas políticas y sociales a un estudio en común de las realidades de la crisis, de las prioridades para afrontarla y de las medidas coyunturales y estructurales con que afrontar y reconducir esas prioridades.
¿Esto significa unos nuevos “pactos de La Moncloa”, como reclamó tiempo atrás ese gran político, Durán i Lleida, que encabeza la representación parlamentaria del nacionalismo catalán? Sin la menor duda. Empujar juntos el carro, desde luego, pero todos y en armonía, el gobierno del Estado, los gobiernos de todas las Comunidades Autónomas, todos los partidos políticos, todas las representaciones empresariales y sindicales, el mundo financiero, incluso las Universidades y centros de investigación.
Entre todos se podría concitar el respaldo general de la ciudadanía, diseñar un plan para cruzar las aguas tenebrosas de la crisis y llegar, en las mejores condiciones posibles, o en las menos malas si es lo que cabe, a la tierra prometida de la recuperación. No nos saldrá bien de otra manera, porque es larga, varios años por delante, la navegación que nos falta hasta el umbral de la siguiente fase expansiva del ciclo económico. Todos nos jugamos el futuro y el bienestar en este 2009 que se inicia bajo el más duro vendaval de la crisis.