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La Gran Pirámide

lunes 05 de enero de 2009, 16:42h
Actualizado: 10 de enero de 2009, 11:18h
La inauguró Aznar y luego ella solita se constituyó en pirámide y por dentro de la T4 crecieron los misterios y los laberintos. Hoy es el mayor arcano nacional, un lago oscuro, un territorio de diseño donde se pierden vuelos, maletas y animales domésticos. No hay emoción fuerte que se escape de ese lugar que para colmo no tiene nombre sino que le han puesto una clave, (T4).
Haría bien Magdalena Álvarez en declarar a la T4 espacio libre de toda esperanza y encargarle a un exorcista que se de una vuelta por allí. Un lugar donde enferman los controladores aéreos de manera pasmosa necesita un estudio de movimientos de aguas submarinas y polaridades encontradas. Nunca mejor puesto el nombre de “terminal”.

No hace mucho que un perro anduvo perdido por sus pistas sin que nadie fuera capaz de localizarlo. Y quién dice un perro algún día encontrarán a un elefante y detrás de él los restos perdidos de un circo ruso, y quién sabe si las estatuas ecuestres de Franco que ahora se retiran a mogollón y sin rumbo fijo. Deberían hacer un vaciado completo como con el lago de la Casa de Campo cuando sacan a las barcas y aparecen en el fondo las urnas con las cenizas que el personal ha arrojado allí por no ir hasta Benidorm con la picadura del abuelito.

Parece como si la “T4” quedara al margen de la ley de los hombres y se rigiera por otros parámetros que se nos escapan. Es como si sus pistas se hubieran construido sobre un viejo cementerio comanche y los espíritus nos impidieran vivir en paz. Nuestra gran pirámide a la que sólo le falta la momia de Pitita Ridruejo rodeada de unos cuantos ángeles de escayola azul.

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