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No hay naciones sin Estado

martes 03 de marzo de 2009, 04:49h
Actualizado: 11 de julio de 2009, 18:28h

Los resultados electorales en Galicia y el País Vasco, demuestran, aunque en distinto grado, la falsedad de las hipótesis nacionalistas. No predomina el sentimiento de unas naciones oprimidas sin Estado. La alta y natural participación popular por los cauces previstos por la Constitución demuestran la aceptación general del sistema trazado por la transición española y el error de los nacionalismos de creer que se pueden promover nuevas naciones excitando factores identitarios, raciales, idiomáticos o culturales. La Nación es sobre todo una comunidad política que abarca elementos plurales dentro de un concepto unitario de soberanía y legalidad.

En Galicia, la mayoría absoluta del PP no solo significa triunfar sobre un partido Socialista sumido en la crisis económica sino la inviabilidad de su compromiso con un bloque de partidos nacionalistas que, a la vista de los resultados -63 diputados entre los dos partidos de carácter estatal frente a 13 del conjunto de grupos nacionalistas- parece mas que un sólido bloque un pequeño comprimido de grupúsculos. En el País Vasco, la mayoría absoluta de las fuerzas de vocación constitucionalista también demuestra, con menor contundencia pero no menos evidencia, que identificar al pueblo vasco con el imaginario nacionalista no es real. Que el Partido Socialista pudiera traicionar a sus electores o perder una oportunidad histórica por tácticas coyunturales no desnaturalizaría el fracaso de aquel Ibarretxe que hace meses pretendía presentar su plan como el proyecto exclusivo de los vascos. 

    El nacionalismo se queda en delirio cuando un pueblo de determinado espacio geográfico no acoge con mayoría abrumadora sus propuestas y se expresa a través de los cauces de la Constitución de una Nación-Estado. Frente al ejercicio de la voluntad popular, los nacionalismos no pasan de ser fragmentos, pequeños o medianos, de una más complicada integración en la arquitectura política de una gran Nación capaz de asimilar sus peculiaridades pero impermeable a cualquier proceso de ruptura. Nadie con cierto realismo puede confundir las identidades tradicionales de algunos territorios de acusada singularidad con proyectos de Nación sin Estado de unos  pueblos sometidos a servidumbre política. La Naciones sin Estado sólo son fantasías de aquellos que no comprenden que son los Estados, comunidades de convivencia política, quienes han creado y mantenido la conciencia nacional de los pueblos.

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