Hay un elemento singular en el remiendo gubernativo de
Zapatero:
Manuel Chaves. No resulta fácil comprender por qué un Presidente nacional del PSOE huido de Andalucía, el más poblado feudo socialista, ha sido llamado, tras forzada dimisión, para desempeñar una Vicepresidencia Tercera sin apenas competencias ni capacidad inversora, manteniéndose delante de él dos señoras delgadas de carnes pero bien forradas de poder: la Vicepresidenta Primera, con la permanente exhibición de su primacía y la Vicepresidenta Segunda con todo el poder económico.
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Chaves ha sido situado al frente de un residuo de ministerio de Política Territorial del que se han desgajado las principales Secretarías de Estado en beneficio de la Vicepresidencia Primera y ha quedado para negociar con las autonomías en tiempos de escasez presupuestaria. ¿Para qué hacía falta en Madrid un político de tanta tradición y tan poca efectividad? La explicación solo puede estar en la inseguridad que siente Zapatero cada vez que ve moverse la aguja del sismógrafo secreto de La Moncloa anunciando seísmos. Es esta inseguridad la que ha aconsejado tener a mano a un hipotético suplente.
Chaves no es el Vicepresidente Tercero, es el subpresidente de turno por su primacía en el Partido Socialista, su experiencia en la administración central y autonómica y las facultades de negociación con las organizaciones territoriales que le han sido otorgadas. Chaves es la única persona del Gobierno que podría organizar una investidura presidencial, al producirse el fin del actual ciclo Zapatero, desde su posición en el partido gobernante. Un presidente de ocasión para convocar unas elecciones anticipadas en las que el PSOE podría proponer un candidato que no sería el propio Chaves sino, quizás, la última pirueta del agotado Zapatero: el zapaterismo mismo o su hijo o su hija predilectos.
Esto no es para mañana. Habrá elecciones europeas. Habrá verano. Habrá nuevas cifras de parados y nuevas faltas de coordinación., Quizá hasta alguna otra crisis de gobierno. Pero, al final del túnel, habrá una lucecita de alarma que podrá encender Chaves. La señal de avería. Zapatero, inspirado por su nueva admiración por Norteamérica no quiere un Vicepresidente cogobernante. Quiere un suplente sin responsabilidad en la economía del desastre que intente difuminar esa angustiosa inestabilidad que provocan fatalmente los gobiernos de izquierdas. Lo que no está claro es si Chaves está en condiciones para transmitir la necesaria confianza para una última gestión o es solo un juguete roto por la indolencia en su tierra.