La noticia de los abusos de niños y niñas por parte de numerosos sacerdotes y monjas de la Iglesia Católica en Irlanda ya apenas conmociona. Estos clérigos y estas religiosas golpearon y violaron a cientos de niños durante décadas, según un demoledor Informe presentado el pasado día 20, Informe cuyos autores no se identifican, y donde se certifica que orfanatos y talleres-escuela en la Irlanda del siglo XX fueron lugares de miedo, abandono y abusos sexuales reiterados entre los años 1930 y 1990. Frente a estas y otras acusaciones, las autoridades vaticanas promovieron unas normas repugnantes para evitar la extensión de los escándalos, obligando a los obispos de las diócesis donde se cometieran dichos abusos a tomar medidas que ocultaran los terribles delitos y protegieran a los ensotanados delincuentes.
Un ejemplo de esta actitud “moral” es el derivado de los abusos sexuales de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que violó a decenas de niños en España, Irlanda, México y los Estados Unidos, y que ha sido “bajado de los altares” por Benedicto XVI. Las denuncias empezaron en la década de los 50, pero el Vaticano las sobreseyó. El nefasto Legionario de
Cotija fue separado del contacto con los fieles en 2007, y falleció en olor de silencio y opacidad en 2008, pero la Iglesia nunca apoyó ni defendió ni aceptó ni mostró la más mínima compasión tras la denuncia de sus víctimas. Veremos si al fin, tras el último escándalo de Irlanda, y quizá tras las previsibles denuncias de España, dé un giro de 180 grados a su sorprendente, cínica y doble moral.
Los actos de pederastia cometidos por sacerdotes, obispos y altos miembros de la Iglesia Católica en el mundo son ya irreversiblemente públicos y están peligrosamente dejando de sorprender (incluso en España, donde todavía, para suerte de no pocos clérigos aún vivos, no se han desatado las denuncias que no sería osado sospechar que aparezcan pronto). Los escándalos empezaron a saltar a la opinión pública a mediados de la década de los 90, cuando las víctimas de estos abusos (casi exclusivamente sexuales, of course) los denunciaron en Estados Unidos, Europa y América Latina. Según un Inforrne aireado por la BBC en el año 2004 (el Informe John Jay), el 4% del clero católico de los EEUU ha estado implicado en prácticas sexuales con menores (4.392 sacerdotes durante los últimos 50 años), si bien sólo entre el 5 y el 10% de las víctimas denunció el caso, según Barbara Blaine, presidenta de la Red de sobrevivientes de abusados por sacerdotes (SNAP) en los EEUU de América.
Las denuncias aumentaron de manera inmediata no sólo en países de tradición católica como Irlanda, Canadá y México, así como en Austria, Francia y especialmente en EEUU, donde fueron ampliamente difundidas por los medios de comunicación, y las Diócesis implicadas se vieron obligadas por orden judicial a indemnizar con cerca de 600 millones de dólares a las víctimas de los abusos de numerosos pederastas, de sotana y también de mitras. La archidiócesis de Boston, la cuarta más importante de las diócesis católicas norteamericanas, pagó otros 85 millones para enjugar estas denuncias y cerró, en el año 2005, 65 de las 357 parroquias de su jurisdicción. En esta y otras diócesis de USA muchos obispos y superiores religiosos fueron denunciados por las víctimas también como encubridores del crimen.
En 1995, la Universidad de Salamanca hizo público un Estudio, editado por el Ministerio español de Asuntos Sociales, según el cual, del total de españoles que han sufrido abusos sexuales siendo menores, el 10% asegura que fue abusado por un sacerdote católico. En otro informe sobre la “Sexualidad del clero”, escrito por el periodista español Pepe Rodríguez, consta el historial sexual de casi 400 sacerdotes españoles y se puede deducir que un 7% de los curas en activo comete abusos sexuales graves con menores. No es aventurado asegurar que aparezcan pronto denunciantes y denunciados con nombres y apellidos en la “católica España”, como acaba de suceder en la católica Irlanda. Y esto a pesar del freno impuesto por sacerdotes y obispos a la difusión de estos casos, en los que se trasladaba de parroquia, y a veces de país, a los clérigos pederastas o abusadores sexuales, y también a los que dejaban embarazadas a mujeres de la localidad, encubriendo de tal forma crímenes que la Iglesia oficial, al parecer, nunca consideró tales.