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Nada de nada ni traje traje

martes 19 de julio de 2011, 12:24h
Actualizado: 22 de julio de 2011, 20:49h
Reconozco que me cuesta mucho tomarme en serio este asunto de Camps y los tres tristes trajes, en palabras de M. A. Menéndez. Más que desde una perspectiva estrictamente jurídica o política prefiero abordarlo tratando de entender la escasa, o nula, alarma social que parece rodear este asunto. A pesar de los intentos de algunos pirómanos político-mediáticos por resucitar el escándalo de los diamantes que el emperador centroafricano Bokassa regaló a Giscard d’Estaign. Esa polémica no acompañó a la mesa y sillones de madera tallada que Mobutu Sese Seko regaló a Miterrand y que luego subastó su viuda, Danielle. Tampoco escandalizaron a nadie los bonsáis que Felipe González recibió como presentes desde 1985, incluido un olmo regalado por Gabriel García Márquez. Ni el oro, incienso y mirra que unos magos orientales entregaron en un establo de Belén a cambio, como mínimo, de un lugar y trato de favor en la historia de occidente. Todo eso nos enfrenta a la realidad del regalo como un mecanismo social habitual en nuestras vidas que cumple diferentes funciones sociales. Premio y castigo. Arma de seducción. Refuerzo de los cimientos familiares y amistosos. Satisfacer nuestro propio ego al regalar. Cumplir con el rol de macho proveedor atribuido por tantas culturas a la masculinidad. Herramienta de agradecimiento o de compensación. Y por supuesto, caso que nos ocupa, predisponer favorablemente en los tratos comerciales o de negocios, como los objetos votivos pagados o entregados a la Iglesia para obtener los favores divinos a cambio, cosa que a nadie ha escandalizado en los siglos de los siglos. Si se introducen los términos “regalos de promoción” en Google saltan más de seis millones de resultados. En español. Sin tipificación en el Código Penal. Ocupando la jefatura de un departamento académico durante muchos años he recibido la visita de incontables comerciales de editoriales; antes de desplegar los catálogos con sus promociones y novedades me ofrecían libros de regalo. A mí, no al departamento. Esa práctica, que supongo habitual en otros oficios, cargos y negocios no provocaba ninguna alarma social ni sonrojaba a nadie, y en las tertulias de café con otros colegas se comentaban abiertamente los presentes ofrecidos por los visitadores como si fueran una retribución más del cargo. Como quien se lleva los artículos de tocador de los hoteles. Un estudio publicado en “The New England Journal of Medicine” afirma que en los Estados Unidos un 94 % de los médicos tienen algún tipo de relación con la industria farmacéutica, y un 80 % aceptan frecuentemente invitaciones a almorzar y muestras gratuitas por parte de los visitadores de medicamentos. Si pongo un ejemplo estadounidense es para que nadie piense que en España las farmacéuticas financian congresos médicos en estaciones de esquí o viajes a capitales exóticas para reunirse y trabajar mucho en los tiempos de Interné y Skeip. Como curiosidad antropológica añadiré que según un estudio de la Universidad Carnegie Mellon publicado en el “Journal of the American Medical Association” (Sah y Loewestein) los médicos justifican la aceptación de estos regalos de escaso valor económico en la mayoría de los casos por lo que consideran sacrificios realizados durante sus estudios y formación, que serían compensados de este modo por la sociedad, encarnada en las industrias farmacéuticas. No hay, por supuesto, un estudio comparable en España sobre los políticos, pero asumiendo que todos sabemos que el sector privado paga mucho mejor a sus gestores no sería de extrañar una percepción parecida sobre los regalos por parte de la clase política española, que compensarían así de algún modo los esfuerzos, sacrificios y puñaladas en la espalda sufridos y propinados en ese “cursus honorum” de la partidocracia; serían entonces pagos en especies aceptados o exigidos por quienes se consideran indispensables para el país, pero mal pagados y despreciados por sus conciudadanos. Lo que está claro es que la mayoría de los valencianos, y también del resto de los españoles, no entiende bien los intentos de crear un estado de alarma social ni las alharacas montadas por unos trajes que ni siquiera son de Savile Row. Ni siquiera yo me escandalizo demasiado, aunque siempre decía a los comerciales que regalaran los libros al departamento, y no a mí. Claro que nunca me ofrecieron trajes, evitando que cometiera ese delito tan feo de cohecho pasivo impropio “como autoridad o funcionario público si hubiera admitido dádiva o regalo ofrecidos en consideración a mi función o para la consecución de un acto no prohibido legalmente” (art. 426 del Código Penal). La próxima vez que me inviten a comer, o me ofrezcan una bolsa con regalitos promocionales en un congreso o curso de Universidad Internacional la soltaré como si quemara. Por el huevo y por el fuero. Además tengo que advertírselo a mi médico la próxima vez que me recete algo. Antes de que nadie me llame al orden y ya más en serio; no pretendo justificar con estas líneas lo que me parece un delito de lesa estética y dudosa ética, con el agravante de un nulo sentido de la oportunidad política, pero hoy por hoy eso no se contempla en el penalismo español. Y los españoles, como se ve, entendemos y practicamos las funciones sociales del regalo. . ¿Tiene que dimitir Camps?: el debate
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