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La vida privada de los Presidentes

miércoles 26 de diciembre de 2007, 13:04h
Actualizado: 28 de diciembre de 2007, 08:54h

Sarkozy es un político que no para, hace de todo y tiene tiempo para casi todo, y lo que explica este comportamiento hiperactivo del Presidente de la República francesa, es que tiene las ideas claras y suficiente convicción para llevar adelante aquello en lo que cree. Con alguien como este hombre la interlocución no ofrece lugar a dudas: se puede estar a favor o en contra de lo que dice o hace, pero casi nadie se puede llamar a engaño con él.

Sarko tiene claro que ”la France” es una nación grande, poderosa, influyente y por lo tanto no permite la menor coña, ni a propios ni a extraños, sobre la naturaleza de su país. Para él, el concepto de Francia como nación no es discutido ni discutible y como ha sido cocinero antes que fraile -ministro del interior antes que Presidente de su país- no duda en hacer saber a todo el mundo que los terroristas que ellos pillan se comen el marrón de sus crímenes de por vida en las cárceles francesas.

Podría relatar en este breve artículo algunas otras características de su forma de gobernar, pero lo que realmente quiero subrayar es que alguien así se puede pasear con su novia por donde sea sin ocultarse ni disculparse ante nadie, porque si hace bien sus deberes como gobernante, lo que haga en materia de amoríos no le compete a nadie más que a él y a la feliz interfecta.

Aquí en España los líos, hetero u homosexuales de los políticos, siempre se han respetado, aunque últimamente el sector de los que viven de la intimidad ajena ha empezado a no cumplir con esa norma que casi era ley en el periodismo español.

A un político hay que exigirle que cumpla sus promesas, que sea honesto, buen gestor y que no ponga en riesgo los aspectos importantes de la convivencia entre ciudadanos, pero a partir de ese momento lo que haga en su vida personal o íntima no debería ser cuestión de debate o crítica.

Y añado: yo me fío más de los que se dan alegrías pal cuerpo, porque algunos de los “malencaraos” que conocemos acaban repercutiendo su mal humor sobre los demás porque no tiene otra forma de desahogar sus frustraciones.
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