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Desalojo de Principios y Periodismo

Desalojo de Principios y Periodismo

sábado 19 de abril de 2008, 18:43h
Actualizado: 08 de agosto de 2008, 22:16h
El reciente desalojo de la ministra de Educación Yasna Provoste no tiene desperdicio. Sin pretenderlo, se convirtió en un test que está midiendo corrosiones de principios y un exhibicionismo sin rubores de la miseria ética que muestran hoy nuestras expresiones políticas y mediáticas. Lógicamente, me refiero a aquellas que son  aceptadas por la institucionalidad binominal y representativas de la misma.

Desde la distancia soy habitual lector por el internet de unos seis medios escritos y electrónicos. Es una dedicación adquirida por deformación profesional, podría decirse, tras más de medio siglo en el oficio periodístico. De todos modos, no me referiré a las causas esgrimidas por los partidos pinochetistas,  auxiliados por descolgados y tránsfugas, para perpetrar este desalojo. Tal gesto me trasladó a los años 70-73, cuando el Partido Nacional y la DC, empleaban el mismo expediente para desalojar ministros con el fin de desestabilizar el gobierno constitucional de Allende. Pretendieron, incluso, aspirar a acusar constitucionalmente al Presidente de la República. Como no lo consiguieron, con la ayuda de Nixon-Kissinger-CIA desataron el golpe militar. No debiera extrañarnos. Desde los años 1958-1964, con Jorge Alessandri, la oligarquía económica y política no ha podido apañar la Moneda por la vía electoral. Como los electores chilenos hemos sido “desagradecidos” con gobiernos de gerentes o de generales, la misma derecha cerril vuelve a las andadas.

Y estos mismos nostálgicos del pinochetismo, cuando hace pocos meses un magistrado interrogó a un general quien, como teniente participó en Antofagasta en la conducción de once chilenos inermes hacia su vil masacre, reaccionaron indignados. “Nadie puede ser acusado mientras subsista la presunción de inocencia”, clamaron.

Pero con Yasna Provoste no actuaron igual. La condenaron antes que la Contraloría expida su informe sobre el manejo de las subvenciones. Y todos se enredaron en los votos acusadores o las exculpaciones, pero muy pocos –medios y políticos- se acordaron de que la madre del cordero es el inicuo sistema que nos legó el dictador convirtiendo la educación en negocio. El mismo que en su afán de convertir más chilenos en empresarios, creó esa capa parasitaria de los “sostenedores” a costa de la teta fiscal. Esos mismos medios, políticos y gestores, precisamente en estos días, siguen bregando por empequeñecer a Chile. Coinciden en que entregar la propiedad del 49 por ciento de la mina Gaby S.A.(su nombre completo es Gabriela Mistral) a una empresa extranjera, es sólo una cuestión de “más inversiones y más oportunidades”.

Salvo a los trabajadores del cobre, pareciera que a pocos les importa que el Chile del bicentenario vaya a ser un país cuajado de hoyos y de memoriales. Hoyos y detritus como lápidas de que ahí hubo recursos naturales regalados por un mísero royalty. La mayoría nos preguntamos, ¿por qué la inmensa riqueza proveniente de los altos precios del cobre no van a Codelco?, ¿por qué no nacionalizamos Codelco? ¿por qué los gobiernos de la Concertación y sus legisladores no hacen cumplir la Constitución? Sí. Esa misma Constitución de Pinochet, a la que se le escapó ese gazapo que dice: “El Estado tiene el dominio absoluto, exclusivo, inalienable e imprescriptible de todas las minas”?

Y los memoriales son aquellos sitios con sus respectivos obituarios donde se asesinó, se torturó y se desapareció a centenares de miles de Chile, muchos de los cuales ofrendaron sus fervores y su vida por la nacionalización de nuestras riquezas básicas.

Estas reflexiones también tienen que ver con los medios de comunicación. La portada de La Nación del 16 de Abril pidiéndole a los senadores que actúen en derecho y con independencia en el caso Provoste, la réplica de un diputado de Renovación Nacional calificando a ese medio de “panfletario” y la reacción del sindicato periodístico del mismo, que sintió herida su epidermis por considerar que aquel cartel-editorial “ha lesionado la credibilidad de nuestro trabajo”, es una virtual radiografía del estado de adocenamiento que guarda hoy nuestra profesión. Este inquietante estado de salud valórica debiera interpelar a nuestro Colegio, a las escuelas de periodismo, a todos los miembros de nuestra Orden y, esencialmente, a quienes son receptores cautivos de los medios tradicionales. No sólo se está cuestionando el derecho de todos los chilenos a la libertad de expresión y de opinión. Esencialmente, la elevación a categoría de auto de fe de la supuesta objetividad está arruinando la calidad del periodismo chileno. Es la demanda del consenso hipócrita, de la sumisión a la verdad hegemónica estatuida por el poder. La realidad es mucho más rica y diversa y es deber registrarla cuando, en puridad, se trata de escribirla comprometidos “con la función social del periodismo”. En un país sometido al dictamen de un duopolio es mucho más urgente debatir este asunto.

La postura de esos colegas de La Nacion me deja muchas inquietudes de cómo se esté enseñando a hacer periodismo en las escuelas del ramo. No quiero posar de pedante, pero un escrito reciente del sociólogo brasileño Emir Sader nos recordaba que “vivimos la mentira del silencio. Las peores mentiras son las que niegan la existencia de lo que no se quiere que se conozca. Eso es lo que hacen quienes tienen el monopolio de la palabra”.

A quienes aún a estas alturas crean en la objetividad periodística burguesa, les convendría leer al escritor y semiólogo Humberto Ecco. En uno de sus muchos textos sobre los medios de comunicación y el concepto de verdad, señala: existen dos conceptos de verdad, “la verdad de experiencia” y “la verdad cultural”. Y añade: “todo lo que cae fuera de ellas pertenece al reino de la opinión”. Y concluye el autor de El nombre de la rosa: “Aún es tiempo de enseñar a los lectores a usar los diarios y otras publicaciones periodísticas por lo que ellos son y representan. Los únicos medios verdaderamente creíbles son aquellos explícitamente facciosos. Ni siquiera fingen escribir la verdad. Nos dicen sólo, asumiendo su responsabilidad, lo que deberíamos desear”.

El recientemente fallecido Ryszard Kapuscinski, no sólo es un autor de moda. Fue elogiado como “el reportero de el siglo”. Y legó a los periodistas un texto que debería ser de obligatoria lectura y estudio para todos, estudiantes, oficiantes y lectores. Me refiero a Sobre el buen periodismo: Los cínicos no sirven para este oficio. En él escribió “El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo. Si leéis los escritos de los mejores periodistas –las obras de Mark Twain, de Ernest Hemingway, de Gabriel García Márquez-, comprobareis que se trata siempre de periodismo intencional. Están luchando por algo.”

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Guillermo Ravest
Periodista
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