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Mensajeros del Mal

Mensajeros del Mal

lunes 02 de junio de 2008, 20:07h
Actualizado: 04 de junio de 2008, 07:40h
Menos mal que la jerarquía de la Iglesia Católica, en su conjunto, no padece de la cerrilidad de la que, día sí, día también, hacen gala los más conspicuos y locuaces prelados españoles. Y eso que, desde hace seis lustros, se viven tiempos de invierno posconciliar, al decir de respetables y nada complacientes teólogos internacionales.

La última (bueno, la penúltima) la protagonizan al alimón el arzobispo de Madrid, Antonio María cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, y uno de sus obispos auxiliares, Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la CEE. El cardenal Rouco le hace ahora ascos a un reciente libro de conversaciones con él. El volumen ha desparecido de todas las librerías religiosas. Al arzobispo de Madrid, dicen en su entorno, no le ha dado tiempo de corregir y matizar el texto. Y eso que lo tenía en su poder desde el pasado mes de enero. En él, Rouco Varela hablaba claro. Incluso demasiado claro para ver sus palabras en negro sobre blanco justamente ahora, en el mes de junio, en la Feria del Libro madrileña, coincidiendo con la campaña del Impuesto sobre la Renta y la casilla voluntaria para destinar el 0,7% de cada declaración a la Iglesia Católica si es que esa es la voluntad libre y expresa del contribuyente. 

La espantada arzobispal, no obstante, no ha conseguido retirar el libro de kioskos y librerías no-confesionales. Incluso, como es habitual en estos casos, le ha dotado de un cierto halo de malditismo –seamos sensatos, malditismo a lo divino—lo que, sin lugar a dudas, ayuda a su comercialización. No hay mal que por bien no venga. Y ya se sabe que Dios, el jefe de Rouco Varela, suele escribir derecho con renglones torcidos.

En cuanto al portavoz Martínez Camino, mano derecha de su arzobispo y presidente, nos acabamos de enterar que a los periodistas en general nos considera “mensajeros del mal”. ¿Y por qué no, monseñor, carne de infierno y reos de pira inquisitorial? ¿A qué espera para encargar al padre José Antonio Fortea, un exorcismo que nos libre de la diabólica posesión de íncubos y súcubos?

Las opiniones sobre la comunicación, los medios y sus profesionales del arzobispo madrileño y de su obispo auxiliar, valga la perogrullada, son suyas, personales e intransferibles. Incluso cuando digan muy poco –no estaría de más que, en esta materia, siguiesen el ejemplo del propio Vaticano— de lo que debe ser una adecuada política de comunicación con la sociedad.  Al no tratarse de cuestiones de fe, moral y buenas costumbres no tienen carácter vinculante para los miembros de su grey. Y como tales opiniones, emitidas libremente, así se reciben. Otra cosa es que se acepten. Los ciudadanos –y los obispos no son una excepción— tienen todo el derecho constitucional a expresarse libremente. Y a desbarrar, claro. Un derecho que este modesto columnista no pondrá nunca en cuestión. Pese a que Martínez Camino le siga considerando uno de los mensajeros del Mal.  Un timbre de gloria más que llevarse a casa, donde siguen convencidos que soy pianista en un burdel. Aparte de fumador empedernido, claro. Lo que me hace doblemente réprobo: por lo civil-bienpensante y por lo religioso. Por mucho menos, Lucifer –y eso que, el pobre, sólo se rebeló contra Dios y no contra la Conferencia Episcopal Española-- adquirió su pésima reputación.
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