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Lo que no va a ocurrir

Lo que no va a ocurrir

viernes 10 de octubre de 2008, 16:25h
Actualizado: 13 de octubre de 2008, 07:21h
En el crack bursátil de 1929, algunos financieros arruinados se arrojaban desde los rascacielos norteamericanos, contribuyendo así a aumentar una desoladora sensación de pánico económico colectivo.

    Eso no parece que vaya a ocurrir ahora, ni en Estados Unidos ni el parte alguna, entre otras razones porque el concepto del honor ya no se lleva y la asunción de responsabilidades sólo se aplica a subalternos de cuarta fila mientras que los grandes directivos de las empresas quebradas se lo llevan crudo.

    Tampoco veremos colas de ciudadanos pretendiendo sacar sus ahorros de los bancos, poniendo a éstos en una situación imposible, como en la entrañable película de Frank Capra ¡Qué bello es vivir! Y es que algo hemos aprendido desde entonces. Frente al pasmo imprevisor de Herbert C. Hoover, a la sazón presidente de Estados Unidos, los dirigentes gubernamentales de hoy tienen instrumentos y, sobre todo, voluntad política para evitar catástrofes de este tipo. Véanse, si no, el tamaño colosal de las decisiones financieras tomas por George W. Bush, Angela Merkel y otros congéneres suyos.

¿Y en España? ¿Qué puede suceder en España?

Para empezar, sólo somos un simple eslabón de la cadena de la que tiran los principales líderes mundiales. O sea, que si éstos no lo hacen mal del todo nosotros tampoco vamos a ir tan de cráneo. Pero es que, además, nuestras entidades de crédito son más solventes que las de otros pagos y existe un Fondo de Garantía de Depósitos —hasta ahora de escasa cuantía—, el cual Rodríguez Zapatero, una vez asumido ya el que estamos en crisis, ha dispuesto que asegure 100.000 euros de cada depósito bancario.

En cambio, hace treinta años, cuando hubo de crearse el susodicho Fondo, sí que habíamos visto la quiebra de pequeños bancos —el de Navarra, el de Descuento, el de los Pirineos…—que pillaron en cueros a inocentes pequeños ahorradores. Ahora, digo, eso no va a suceder. Tenemos el último precedente, la intervención del Banesto de Mario Conde, en 1993, en la que sus clientes vieron garantizado hasta el último duro depositado en la entidad.
O sea, que no hay motivo alguno para el pánico.

En lo que sí deberemos atarnos los machos es en nuestra menor capacidad de consumo debida a la restricción de créditos, al incremento desbocado del paro con motivo de la menor actividad económica y a la expectativa del estallido de una burbuja inmobiliaria que se está demorando más de lo previsto y que nos cogerá con muchos pisos por vender.

Eso sí que puede suceder: que tras una década de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, tengamos ahora que prescindir de nuestro 4x4, de las vacaciones en el Caribe, de llevar a toda la familia a un buen restaurante y de aquellos otros lujos que no volveremos a ver en mucho tiempo.  
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