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La reina

La reina

sábado 01 de noviembre de 2008, 13:23h
Actualizado: 04 de noviembre de 2008, 07:27h
Estoy empezando a pensar  que este país no tiene solución. ¡Qué barbaridad! Ahora ha salido el Torquemada que todos llevamos dentro, nos volvemos puritanos hasta el ridículo, la izquierda se hace calvinista y quemamos en la hoguera la Reina Sofía porque se atreve a expresar su opinión sobre cuestiones sobre las que el resto de los españolitos hablamos a diario con entera libertad. ¡Seremos hipócritas! “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

    ¿Estamos todos locos o nos hemos vuelto estúpidos de remate? ¿De verdad creemos que la quintaesencia de nuestra democracia depende de que la Reina Sofía permanezca muda y su condición le impida opinar sobre materias ya legisladas y no sometidas a controversia inmediata entre Gobierno y oposición? ¿Acaso su condición le priva del derecho constitucional a expresarse aunque deba matizar sus criterios por razón de su cargo? ¿Y si opina sobre el recalentamiento global debería molestarse José María Aznar? ¿Y si un día confirma que no le gustan los toros deberíamos convocar una manifestación los seguidores de José Tomás?

    Como tenemos pocos problemas y nos aburrimos, hemos creado uno que no existe. Que el colectivo gay se sienta ofendido e irritado por la opinión de Sofía sobre el término “matrimonio” y sus implicaciones jurídicas o religiosas,  tampoco es de recibo. Es una opinión perfectamente respetable, como la de varios millones de españoles, y el citado colectivo no puede imponer ni exigir un “pensamiento único” ni lo “políticamente correcto” a nadie. Una sociedad democrática, es, en sí misma, una sociedad abierta, crítica y plural, como enseñamos en la Universidad, incompatible con certezas incontestables o  con ideas o con leyes inatacables. Desde el respeto al colectivo gay, deben comprender y metabolizar desde este momento que no todo desacuerdo con su sistema de valores y pautas de comportamiento constituye un ataque a  su modo de vida que requiera la solidaridad inmediata de toda la sociedad y del Gobierno. Debemos ir poniendo las cosas en su sitio porque en toda sociedad democrática todos somos diferentes y hemos de aprender a administrar lo diferente sin aspavientos ni dramatismos.  De modo que sugiero tranquilidad, serenidad, vivamos y dejemos vivir en el respeto y la dignidad de todos.
   
    Pero luego tenemos a la izquierda puritana que me pone los pelos de punta. Es decir, mis amigos. Ahora resulta que Ezquer Batua promoverá una moción en el Parlamento vasco para que exprese su disconformidad por las opiniones de la Reina Sofía sobre “el matrimonio homosexual, el aborto o la eutanasia” que Pilar Urbano le atribuye en su libro. Para EB las declaraciones de la Reina son una manera de “interferir” en el debate político y social. Y el diputado ecosocialista Joan Herrera, escandalizado cual cardenal preconciliar de la curia romana, toca a rebato contra el Ejecutivo y le exhorta a explicar si existen “mecanismos de control previos por parte del Gobierno” que eviten que “algo así” vuelva a ocurrir. Y Herrera insiste en que “lo que ha ocurrido estos días es  gravísimo”. ¡Verlo para creerlo! Si las opiniones de Sofía “interfieren” el debate político y social de forma “gravísima” es que nuestros partidos políticos y sindicatos, medios de comunicación y asociaciones de todo tipo, merecerían ser disueltos por incompetentes y falta de capacidad intelectual. Porque mas allá de la impronta derivada por su condición como reina, en rigor democrático, sus opiniones no dejan de ser la de una ciudadana en uso de su legítimo e inviolable derecho a la  libertad de expresión salvo que desde la izquierda queramos privarle de tal derecho. ¿Hay alguien que lo proponga? ¿Alguien se ha escandalizado por tales opiniones desde la izquierda? ¿Desde cuando tememos el debate? ¿O queremos una democracia ortopédica? ¿De verdad podemos acusar a la Reina de imprudencia en los últimos treinta años?
   
    Queridos colegas. Llevo ya muchos años en la batalla. Desde los 17. Y estoy harto de todo tipo de integrismos, dogmatismos   e intransigencias que, con el paso del tiempo, se revelan indecentes y falsos. Dejad a Sofía en paz porque no hay más izquierda que la que arde  y esa se logra pensando y trabajando en tareas muy duras, sacrificadas y complejas. Ahora resulta, con la que está cayendo, que el problema de la izquierda es la Reina Sofía.
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