"Pareciera que en estos días no hay nada más difícil que no hacerse millonario"
Si la racionalidad imperase la crisis económica actual no ha debido producirse, con los países en desarrollo creciendo como lo hacían. Sin embargo, la locura desatada de los mercados financieros la hizo inevitable. Cuatro razones básicas deben ser mencionadas. En primer lugar, las enormes presiones competitivas para obtener beneficios financieros en el corto plazo. Tal competitividad se traducía en límites de tiempo demasiado cortos como para permitir la maduración de inversiones productivas. El resultado de ello no era otro que del abandono de las inversiones productivas, mediante fórmulas que posibilitasen la creación de dinero sin la consiguiente creación de valor.
En segundo lugar la presencia de los llamados derivativos, los cuales se adaptaban perfectamente al requerimiento anterior. La combinación de las altas matemáticas, el sentido tradicional de las apuestas y el uso de supercomputadoras, permitió todo tipo de maromas financieras. George Soros, patriarca de la especulación financiera, llegó a afirmar: "El crecimiento explosivo de instrumentos derivativos trae grandes riesgos. Ellos son muchos y algunos de entre éstos resultan tan esotéricos, que los peligros envueltos pueden no ser adecuadamente comprendidos ni siquiera por el más sofisticado de los inversionistas" (Byron Wien y Kriztina Koenen George Soros, Río de Janeiro, 1995).
En tercer lugar, la ausencia de controles y regulaciones, lo cual posibilitó todo tipo de excesos. En 1994 el mundo tuvo una muestra clara de los mismos. Mientras el presidente Clinton fue centro de la atención mundial al abrir una línea de crédito de 20 millardos de dólares para salvar a México del colapso, un especulador anónimo de nombre Nick Leeson estaba movilizando 27 millardos de dólares, a espaldas de la directiva de su propio banco, al cual llevó a la quiebra (Barings). Allí se ponía de manifiesto el contraste entre una economía visible, en donde los jefes de Estado eran objeto de controles públicos y políticos, y una economía invisible aún más poderosa, manejada sin supervisión alguna por personajes subterráneos como Leeson.
En cuarto lugar, la glorificación del lucro. Desde que Konrad Peutinger se transformó en el primer evangelista del lucro, a comienzos del siglo XVI, nunca se había llegado a los extremos actuales. Cynthia Crossen, Editora de The Wall Street Journal, presentaba una lista de libros alusivos al tema (El Coraje de ser Rico; Piense y Transfórmese en Rico; La Guía del Completo Idiota para Hacerse Rico; Dios Quiere que Usted sea Rico; Juegue y Hágase Rico; Rece y Hágase Rico; ¿Por qué todo el Mundo no es Millonario?; Cómo Transformarse en un Millonario en Quince Días; Hacerse Millonario en 12 Meses; Millonario en Cinco Días; Hágase Rico en Cinco Días), para concluir diciendo "pareciera que en estos días no hay nada más difícil que no hacerse millonario" (The Rich and How they Got That Way, London, 2001). Como bien señaló hace algunos años en Davos el ex primer ministro francés Raymond Barre: "No podemos dejar al mundo en manos de una banda de irresponsables de 30 años que sólo piensan en hacer dinero".
Lo único extraño es que la crisis hubiese tardado tanto en llegar.