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¿Por qué baja Rajoy en las encuestas?

miércoles 28 de febrero de 2007, 14:37h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h

Podría titularse de otra manera: lo que se espera del líder. Las encuestas del CIS son buenas y serias. Sorprende que hayan podido sobrevivir a la voracidad de los partidos y los gobiernos de turno, pero ahí están, con excelentes niveles de rigor, calidad y transparencia. La de finales de enero es desoladora pero muy instructiva y algo debiera llamar a la reflexión. Ni un solo líder político, ni uno, merece el aprobado de los españoles. Esto sí que es una enmienda cívica a la totalidad. La valoración de los ministros es otra cosa, de razones diferentes porque es distinto lo que se valora, y mezclar en una lista la valoración de líderes y de ministros –lo que no hace el CIS, pero ya se ocupan de ello los propagandistas del poder– es un curioso ejercicio de manipulación informativa. ¡Qué país, Miquelarena!

En lo político vivimos tiempos incómodos, pero nos acercamos, parece que de manera irremediable, a tiempos difíciles. Menos mal que somos la octava potencia económica del mundo. Los duelos, con pan, son menos, dice la sabiduría popular. Hasta los más afines por alineamiento ideológico saben ya que el famoso "talante" predicado de Rodríguez Zapatero no era la sonrisa del tigre, sino la expresión de un vacío. Dicen que el tigre sonríe antes del salto mortal sobre su presa. Pero, como se ha visto en las fracasadas negociaciones con ETA, Rodríguez Zapatero no es un tigre. Cuando Felipe González sonreía era la sonrisa del tigre ¡vaya que sí! Ahora sabemos, demasiado tarde, todo lo que cambió en aquel congreso en el que el PSOE mudó no de líderes, sino de naturaleza, sin que nos diéramos cuenta los observadores e incluso algunos de los protagonistas.

Pregunta el CIS a los encuestados que sentimientos les inspira la política, y la respuesta de los españoles rebosa por lo menos claridad: desconfianza, indiferencia y aburrimiento. Esto sí que merece un seminario de reflexión. Se ha colmado el vaso de las mentiras y de las evidencias de corrupción. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Los dos grandes partidos aparecen en eso que los analistas llaman "empate técnico", y que los expertos definen cuando hay menos de tres puntos de distancia en la intención de voto. Empate puro y duro, podríamos decir, cuando sólo hay 1,2 puntos de diferencia en "estimación de voto".

Pero lo más importante de la encuesta del CIS no es lo que dice, sino lo que trasciende de lo que dice. Obsérvese la aparente contradicción. Después del atentado de ETA en Barajas, el PP se acerca al PSOE en estimación de voto, esto es, se afianza la situación de empate técnico entre las dos grandes fuerzas políticas transversales del Estado, pero al mismo tiempo Mariano Rajoy empeora su valoración por los electores. Para decirlo con toda claridad, los ciudadanos, al menos en la encuesta, disocian el voto a los partidos de los líderes que los encabezan. Podría decirse que están dando un grito que debiera ser escuchado.

Hay otro dato en la encuesta de enero del CIS mucho menos relevante y que es el retorno del terrorismo a la primera posición entre las preocupaciones de los españoles. No tiene mayor significado que el traslado a la opinión pública de la presión de la actualidad sobre los medios informativos, invadidos por el atentado de Barajas, el juicio del 11-M y los indicios y advertencias de que nuestro país podría ser escenario de un inminente atentado terrorista de gran calibre.

Con un presidente de Gobierno zarandeado por ETA como un muñeco de guiñol, con una política exterior cuya caótica y pintoresca gestión ha alcanzado las más altas cotas de ridículo en el reciente suceso de Mauritania, con algunos ministros y ministras que hubieran sido deliciosas fuentes de inspiración para las astrakanadas de Muñoz Seca, parece que Rajoy debiera preocuparse por la sorprendente contradicción apuntada: el PP sube en intención de voto, mientras su candidato desciende en valoración. La pregunta que debe hacerse el líder del PP no es personal, sino política y de gran calado. ¿Acaso no es un líder bien valorado lo único que ya le falta al PP para romper el empate técnico y ganar las elecciones generales? Elecciones generales, por cierto, que el pudor y la decencia políticas aconsejarían convocar de inmediato, una vez que es general la convicción de que la Legislatura está agotada. El país no merece verse sometido a una corrosiva parálisis por aguantar en las prebendas del poder, contra viento y marea, hasta marzo del año próximo.

Que Rajoy no sea un líder bien valorado nada dice de sus cualidades y calidades personales, que son muchas, sin duda, lo que no puede seriamente predicarse de su antagonista. En política, la percepción de la realidad es tan importante o más que la realidad misma. Rajoy no ha mostrado a sus electores la voluntad de hacer su propio equipo, y estos siguen pensando que Rajoy no manda, o por lo menos no manda del todo, o lo suficiente, en el PP. Dice el humor inglés que un caballero puede permitirse llevar un roto en el traje, pero no un zurcido. De momento, Rajoy aparece con varios zurcidos en su traje político. Y no será porque falten en el PP, incluso en su grupo parlamentario, personas idóneas para una nueva dirección. La baja valoración de Rajoy en las encuestas se debe a que los ciudadanos no opinan del propio líder del PP, sino de que se resista a ser jefe y empuñar personalmente el timón del partido. Los electores quieren un jefe, con las cualidades de jefe, ni un caudillo ni un figurón.

Cierto que estas reflexiones pueden tener la respuesta de que Rajoy considera que el actual es su propio equipo, por mucho que los electores no lo vean así. Recuerdo un chiste de Forges, fantástico como casi todos los suyos, de los años finales del franquismo, cuando un jerarca del régimen declaraba a los expectantes reporteros: "Pueden ustedes publicar que seré tan aperturista como las circunstancias permitan". Y a un desolado plumilla de la ’canallesca’ se le escapaba la conclusión más obvia: "Pues entonces, nada". Para corregirse de inmediato ante el airado "¡¿cómo dice?!" del jerarca: "No, que nada más, que muchas gracias". Pues eso, si Rajoy tiene al actual por su propio equipo, está en su derecho, pero que no se extrañe de la aparente paradoja de las encuestas.

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