www.diariocritico.com
La perpetuidad es caudillismo

La perpetuidad es caudillismo

viernes 09 de enero de 2009, 16:29h

Creen que es más fácil vender la propuesta ya rechazada por el pueblo si se incluye a todos

A la monotemática propuesta de enmienda presidencial para modificar la necesaria restricción de lanzarse para siempre a reelecciones sucesivas para ese cargo, se le sumó ahora la ampliación de la misma a todos los cargos de elección popular. El líder indispensable, para quitarse la imagen de personalista, trata de esconder ahora su ambición y amor desmedido al ejercicio perpetuo del poder detrás de gobernadores, alcaldes, diputados, concejales y miembros de juntas parroquiales, metiendo a todos en su mismo saco de gatos.

Habrá incautos ambiciosos que sucumbirán a la tentación y respalden la propuesta. Eso no lo dudamos; siempre los ha habido y siempre los habrá. Nuestra historia republicana está llena de personajes que pensaron que complaciendo los deseos de un caudillo obtendrían prebendas personales (como dinero y poder). Algunos lograron obtenerlas; el costo fue entregar sus almas y principios. Otros, aun entregándose, ni las prebendas lograron. A la mayoría nadie los recuerda, pero hay algunos casos que sí pasaron a la historia como denigrantes ejemplos del ejercicio de la función pública.

José Tadeo Monagas disolvió brutalmente el Congreso de la República el 24 de enero de 1848 porque éste se negaba a permitir la reelección presidencial. Nombró un nuevo Congreso que se prestó para complacer las ambiciones personales del caudillo. Ese Parlamento abyecto pasó a la historia como un grupo de personas serviles que se entregaron al mandamás en perjuicio de la República.

¿Pueden creer los gobernadores y alcaldes actuales en su sano juicio que, en el supuesto negado de que llegase a aprobarse la enmienda a la Constitución y se consagre reelección indefinida para ellos, así hagan una buena gestión, el caudillo mayor les permitirá y los apoyará para sucesivas reelecciones? Nada más distante de la realidad. Van diez años de aprendizaje. Todos saben que sólo la voluntad del caudillo mayor es la que decide quiénes serán candidatos y dónde, quién puede presentarse a reelección y quién no. Eso sólo depende de cómo y cuánto manifiesten admiración al líder y cuánto estén dispuestos a obedecerlo ciegamente.

Desde la alternativa democrática, los gobernadores y alcaldes independientes dieron una respuesta clara y contundente: rechazo a la reelección indefinida para todos los cargos. No somos mamparas de nadie que pretenda modificar la Constitución para satisfacer su personal ambición y ocultarla ahora detrás de una supuesta propuesta general, que ya quedó más que en evidencia que se trataba de él y sólo para él. Deben creer que es más fácil vender la propuesta ya rechazada por el pueblo venezolano si se incluye a todos, pero ya todos sabemos que la única segura y cierta será la reelección presidencial, si se aprueba la enmienda.

El principio republicano de la alternabilidad en el poder está consagrado para que nadie se eternice en un cargo y eso aplica por igual a todos. Su materialización constitucional está contenida en la limitación de sólo una reelección para cargos ejecutivos y hasta dos reelecciones para cargos legislativos. Ese principio no es sólo una disposición pétrea a la que alguien llegó porque amaneció inspirado y lo colocó en el Texto Constitucional. Es producto de más de doscientos años de historia, de guerras, de caudillos que se aferraron al poder. Es el resultado de un aprendizaje republicano, no sólo en nuestra tierra, sino en todo el mundo democrático.

No hay emoción en las calles, ni en barrios ni en urbanizaciones, por acompañar semejante propuesta que haga eternos a los funcionarios electos, Existe un aprendizaje como pueblo y, por propio instinto de conservación, el ciudadano de a pie rechaza a los mandatarios eternos. En el inconsciente está grabado que nadie debe permanecer demasiado tiempo en el poder. No permite renovación de ideas y liderazgo, se aferra a las viejas formas y procedimientos y abusará siempre del poder en detrimento del pueblo.

La aspiración de estabilidad y progreso de un pueblo está ligada al grado de estabilidad que alcancen sus instituciones. Si la institucionalidad democrática depende de la permanencia de una persona en un cargo, entonces no existe esa institucionalidad. Los funcionarios pasamos por las instituciones, dejamos huella en ellas, pero no somos sus dueños ni nos confundimos con ellas. Las instituciones permanecen en el tiempo; los funcionarios públicos que las rigen lo hacemos de manera temporal, con mandatos finitos no infinitos. Nadie es indispensable ni insustituible. Las instituciones pertenecen al pueblo, no a quienes temporalmente las dirijan. Como dijo Churchill: "El político se convierte en estadista, cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones".

gblyde@gmail.com

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
0 comentarios