Rubalcaba vuelve a echarme un cable en mi trabajo. Ya lo hacía cuando no era ministro del Interior, sino el de los renovadores de Chamartín, el amigo de Lissavetzky, el felipista que logró mantenerse a pesar de la marcha de Felipe. Eran otros años y Alfredo siempre tenía un rato para atenderme. Me contaba antes lo que iba a decir en el acto electoral del PSOE en cualquier pueblo. Siempre largaba lo suficiente para rellenar la crónica que luego aparecía en algún medio de comunicación firmada por Servimedia.
Ahora, pasados los años, de nuevo me ayuda a escribir sobre la prisión atenuada decidida para el etarra Ignacio de Juana Chaos. Sabía lo que pensaba pero no encontraba las palabras concretas para exponerlo. El ministro del Interior aparecía en la tele explicando lo hecho, pero los ruidos provocados por la mala digestión inicial, por parte de cuerpo social que integra la ciudadanía, de la modificación de la situación penitenciaria del asesino que vomitó violencia contra demasiadas víctimas inocentes distorsionaban sus emisiones.
Después de aclarar que todo es “escrupulosamente legal”, adujo “razones humanitarias”. De Juana fue juzgado y condenado, y cumplió la pena impuesta.
Tantos crímenes, con demasiados muertos y muchas más víctimas condenadas por su relación con los señalados por ETA, han sido castigados con livianas penas, pero de eso no tienen la culpa más que aquellos que pudiendo prever estas consecuencias no reformaron el Código Penal.
Luego vino la vergüenza de asumir que el condenado salía en libertad, con la previsión de aguantar el chaparrón de casi todos, y más tarde, los juegos de malabarismo para impedir que dejase la cárcel. Resulta que el etarra había escupido sobre un papel para exponer sinrazones y odios acumulados y alimentados durante años y años.
A partir de entonces, se inició una etapa de despropósitos con el objetivo de convencer a los demás de la necesidad de forzar la legalidad para imponer una injusticia como condenarle por un artículo deleznable y amenazante a 15 o 20 años, sólo por su pasado criminal, ya redimido desde el punto de vista legal. Al final, se le condenó a tres años, cuando llevaba en huelga de hambre desde el fin del cumplimiento de su primera condena.
Todo estalló, todos los odios se pusieron en pie, y cuando unos esperaban que muriera en acto de combate, los otros, los que tienen la competencia para decidir, de la mano de Rubalcaba escogen una salida que el juez de Vigilancia Penitenciaria que avaló la decisión humanitaria del Ejecutivo español apoyó con estas bellas palabras: “No debe obviarse que el Estado de Derecho no puede renunciar a la aplicación de disposiciones legales que encuentren fundamento en los principios de humanidad y en el respeto pleno al derecho a la vida, incluso en aquellos que respetaron la de otros; ello supone una auténtica grandeza del Estado de Derecho y sin duda una conquista de nuestra civilización”.
Expone que no todos somos iguales. Los demócratas luchan contra los violentos con las armas del derecho, aplicando, a veces, medidas, como la que tanta acidez ha provocado en el cuerpo social, a los indeseables que nunca respetaron nada ni a nadie.
Las víctimas tienen todo su derecho a oponerse a la prisión atenuada para quien mató a muchos de los suyos; tienen sus razones. Pero sus gritos de repulsa de ahora no serían muy diferentes de los que proferirían si el etarra hubiese cumplido todos los castigos legales. Todo es comprensible, aunque no se comparta, de la misma manera que el padre de una niña asesinada por un psicópata lucharía para que esa rata humana no saliese a la calle.
Pero todos los demás, los que acusan a Rubalcaba de ceder al chantaje del asesino y los que se ponen detrás de una bandera con el aguilucho de antes para llamar “fascista” a Zapatero, parece que no han digerido correctamente esta decisión y, a pesar de saberlo, pasan de medicarse para eliminar la acidez provocada por una dosis irregular de bilis durante este proceso enfermizo.
Mi médico de cabecera y consultor, el doctor García Blanco (Peter), me aconseja curar la mala digestión por lo oído y leído sobre el derecho justiciero con unos polvitos de Mabogastrol, que me reducen los eructos, la acidez y, de paso, la irritabilidad acumulada. Estas reacciones biliares ante esta excarcelación por razones humanitarias puede atajarse con un buen antiácido o recrearse en un malestar lógico que sólo provoca eructos.