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Pirulo que estás en los cielos

lunes 02 de febrero de 2009, 10:14h
Actualizado: 09 de febrero de 2009, 12:35h
Me entero de la muerte de Pirulo por el diario ABC, que tradicionalmente ha sido el mejor periódico para enterarse de quien se muere, y no por una esquela, que su raquítica pensión de jubilado de larga duración no le daba para tanto, ni tenía quien se la pusiera. Me entero porque la noticia la da una amiga y extraordinaria periodista, María Isabel Serrano, y con la triste noticia, la última entrevista que la concediste, Pirulo, pocos días antes de que la parca se presentara en la residencia de Arganda a la hora de la visita para invitarle a salir con ella y no regresar más con tus amigos.

No hace tanto que recibí tu última carta, con esa letra inconfundible, ladeada, escrita siempre sobre fotocopias de periódicos que hablan de ti, y cuyos bordes floreabas con pegatinas de dibujos infantiles o cromos de futbolistas. No podía imaginar que era tu última carta. Guardo todos esos recortes con tus fotos y tus cromos, con tus experiencias y vivencias, y voy a echar de menos ese correo regular e inconfundible que me llegaba hasta esta redacción.

Siempre me recordabas, y agradecías, que te hubiera incluido en mi libro sobre los 1.000 madrileños más famosos o populares de la historia. Era de justicia. No me hago a la idea de no volver a recibir tus cartas, tus recortes y tus cromos, por eso los guardo todos como un recuerdo impagable de Pirulo, Luis Ortega en el carnet de identidad, toda tu vida dedica a dar e intercambiar ilusiones en el Retiro, con tantas generaciones de niños que recibieron de tu bondad cromos, tebeos, chucherías y, sobre todo, mucho afecto, Pirulo, mucho afecto.

Me duele tu muerte como una herida abierta al recuerdo, y he querido encontrarte sentado en un banco, bajo un tilo perfumado del Retiro, cuyo aroma relaja tanto como cuando sus hojas  se convierten en infusión. Y te he adivinado charlando con un mirlo que empieza a soñar con la primavera y pone las primeras briznas de su nido. Te he visto, Pirulo, remando nostalgias por las serenas aguas del estanque, en las que tantas veces distrajiste migas de pan para alborozo de las carpas; y te adivino en las alturas reencontrándote con tu viejo amigo del Retiro, Francisco Porras, el hacedor del teatro de títeres que nos dejó hace ya algunos años.

Hoy te lloran tus compañeros de residencia, tus amigos y los niños, los que lo fueron y quienes saben de ti por sus padres. Hoy en los abedules, los castaños, los sauces, los plátanos y las acacias cuelgan hojas negras, crespones de luto por tu partida. Pirulo, que estás en los cielos.

Señor alcalde, Ruiz-Gallardón, el pueblo de Madrid debe un reconocimiento al bueno de Pirulo, el reconocimiento a una persona sencilla, humilde, que desde esa sencillez y humildad hizo felices a muchos niños, a mucha gente. Quizá una escultura que le recuerde en el teatro de sus sueños, que fue el Retiro, algo que mantenga vivo su espíritu, su recuerdo.

 

 
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