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Más frases desafortunadas

viernes 27 de febrero de 2009, 18:38h
Actualizado: 19 de marzo de 2009, 13:19h
Lo he intentado. Les juro que lo he intentado. No quería hacerlo pero no he tenido otra opción. En esta columna de opinión también voy a hablar de la delegada de Medio Ambiente de Madrid, Ana Botella. Había preparado textos sobre la aprobación del Plan de San Francisco el Grande y el centenario de la Gran Vía, pero tendrán que esperar a una ocasión más propicia.

Más allá de las operaciones de ciudad, las conmemoraciones y los vericuetos políticos municipales, considero necesario hacer hincapié en los valores que transmiten los políticos a través de sus palabras, que en su posición suelen precipitar los hechos. Son las palabras de personas que nos representan, les votemos o no, cuyo calado es profundo por su trascendencia. Por eso, deben poner el acento en transmitir valores que simbolicen la sociedad que dirigen, más allá de las ideas políticas. Deben tener cuidado en lo que dicen y cómo lo dicen. No es éste el caso.

Iré al grano. A lo que me refiero es a que Ana Botella volvió a justificar otra ordenanza municipal (esta vez la de gestión de residuos) con una frase desafortunada. Por desgracia, esto ya parece habitual. No iré a lo fácil y recordaré los incidentes dialéctico-frutales de la edil sino que me centraré en el último mes. En el Pleno de enero preguntó si a alguien le gustaría que su hijo fuese hombre anuncio, restándoles la dignidad que ella misma ha manifestado que no tienen. Luego promovió, con el apoyo del vicealcalde, Manuel Cobo, que los ciudadanos se denunciasen entre sí cuando cometiesen una irregularidad como que el perro del vecino se cague en plena calle, un chaval haga un grafiti o un fumador tire una colilla al suelo.

En este último Pleno ha dicho lo siguiente: "Me niego a vivir en una ciudad y en una sociedad en la que tenga que aceptar que hay personas que van a rebuscar en la basura para comer. El Ayuntamiento tiene que velar por las condiciones sanitarias de la ciudad. Desgraciadamente, la destrucción de un millón de puestos de trabajo en un año está produciendo nuevos perfiles sociales en la ciudad", añadiendo que el objetivo del Ejecutivo local es "hacer la convivencia lo más agradable posible porque los madrileños quieren una ciudad limpia". Es decir, ¿que el problema de rebuscar en la basura es sanitario y no social? El público asistente se echaba las manos a la cabeza con la perla dialéctica. En su propio grupo político más de uno ponía cara de póquer con las palabras de la segunda teniente de alcalde y en los pasillos evitaban hacer comentarios sobre el tema.

Como ya comenté en mi anterior columna, no querría que la delegada de Medio Ambiente, y recordemos, ex concejala de Asuntos Sociales, tuviese que realizar tareas menos dignas que las que su cargo le exige. Tampoco deseo que se viese en la necesidad de rebuscar en la basura o ponerse en la cola de una parroquia o un centro de servicios sociales para poder llevarse algo a la boca. Sin embargo, muchas personas sí están teniendo que hacerlo. Cada vez más en estos momentos de crisis. Y si lo hacen no será porque hallen especial placer en ello. Y lo que no quizás no acuden a los servicios de ayuda social por cosas tan simples como que no quieren que les vean sus vecinos, por conservar su estatus, porque lo consideran denigrante, porque no tienen papeles o porque los servicios municipales no tienen recursos suficientes para todos ellos. Y quizás por eso prefieren empeñar hasta las cejas o atacar el cubo del supermercado con nocturnidad y alevosía para poder alimentar a sus familias.

Con la nueva ordenanza, rebuscar entre la basura costará 750 euros. Una multa a la que se arriesgan muchos necesitados por intentar comer cuando no se tiene suficiente para vivir. Una decisión que, aunque no deje limpia la ciudad como la quiere la delegada, a lo mejor es la única a la que son capaces de enfrentarse.

Botella no quiere vivir en una ciudad en la que la gente tenga que buscar en la basura para comer. No sólo eso. Seguro que no quiere una ciudad en la que haya gente que tiene que habitar entre basura, como malviven muchas personas de la Cañada Real. Comprendo que no acepte que eso ocurra en su ciudad. Por eso ella no vive en Madrid.
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