He leído una carta al director de Madridiario que envía doña Rosa Pérez Sánchez con la que me siento muy identificado. Esta señora denuncia que cada vez que quiere regresar en taxi del aeropuerto a su domicilio, los taxistas se niegan a llevarla. La razón es que vive en el pueblo de Barajas y la carrera no les compensa. En la última ocasión, incluso tuvo que llamar a la Policía del aeropuerto para que el conductor en cuestión, bajo amenaza policial de denuncia, la transportase a su domicilio. Doy fe que eso ocurre. Ni una, ni dos, ni veinte veces, sino muchísimas, y no sólo en el caso que denuncia esta ciudadana.
Según la señora Sánchez, los taxistas argumentan que llevan esperando en la parada del aeropuerto varias horas para luego hacer una carrera de doce euros que supone cruzar la carretera de Barcelona (en total, menos de un par de kilómetros de recorrido). Y eso no les compensa. Ni siquiera cobrando un suplemento de seis euros por salir desde el aeropuerto. También ocurre en viajes a distritos como Hortaleza, San Blas, Ciudad Lineal, Vicálvaro, Moratalaz y hasta Chamartín. Lo vuelvo a corroborar por experiencia propia o de allegados.
El aeropuerto no es el único lugar donde ocurre esto. No es raro encontrar conductores que se niegan a hacer carreras cortas, a pesar de que les compensa al acumular las bajadas de bandera, o demasiado largas, porque pierden la posibilidad de coger a más clientes o de continuar trabajando en su mismo municipio. Tampoco es extraño que al terminar el turno los taxistas se nieguen a llevar a un viajero que no les pilla bien en su regreso a casa. Ni que por las noches los taxis circulen con la luz verde apagada (sobre todo en las zonas de ocio) parándose sólo cuando les parece que la cantidad de viajeros, su aspecto o maneras merece el viaje.
Con esto no quiero decir, por supuesto, que no deban cuidar sus 'empresas andantes' ni su seguridad. Pero, aunque podría argumentar que la vida es dura y ésa es su profesión como la de todo hijo de vecino, es que los ejemplos que he citado son ilegales en esta región. Me explicaré, que no quiero que se me cabree el sector porque unos pocos no hagan bien su trabajo. Según el Reglamento del Taxi de la Comunidad de Madrid reflejado en la Ordenanza al efecto de 28 de julio de 2005, en su artículo 44, se establece que "los conductores de vehículos autotaxi a quienes, estando de servicio, se solicite presencial, telefónicamente o por cualquier otro medio la realización de un transporte de viajeros, no podrán negarse a prestarlo de no mediar (...) causas".
Estas causas se refieren a que pretendan viajar más pasajeros que las plazas autorizadas, que los viajeros se hallen en estado de embriaguez o intoxicación sin riesgo para su vida o su integridad física, que su equipaje o accesorios (excepto perros y sillas de ruedas) puedan dañar el vehículo, que se les requiera prestar servicio por vías intransitables que pongan en peligro la seguridad de los viajeros o del vehículo, que sean personas perseguidas por las fuerzas de seguridad o cualesquiera otras fijadas por el municipio en la correspondiente Ordenanza (que refleja las mismas situaciones que contempla la Comunidad de Madrid, estableciendo, solamente, sistemas de preferencia si el viajero a trasladar es un anciano, una embarazada o un discapacitado).
Y no son las únicas cosas que debe tener en cuenta el ciudadano. Tiene más derechos de los que rezan en la pegatina que sitúan los conductores en la ventanilla del pasajero. El taxista no puede bajar bandera hasta que se le diga el destino del viaje. Éste debe preguntar la ruta al viajero, que tiene derecho a elegir el itinerario que más le convenga, a no ser que las circunstancias del tráfico lo impidan. El pasajero puede llevar sus maletas siempre que sus dimensiones permitan introducirlas en el maletero o baca del vehículo. Y puede negarse a viajar con un conductor o en un vehículo que no esté debidamente aseado. Ésas, entre otras muchas. Los taxistas también tienen los suyos, por supuesto. Sin ir más lejos, cosas tan simples como hablar con el conductor y distraerle, que éste tenga cambio mayor de 20 euros o que el viajero salga momentáneamente del vehículo, son hechos en los que la normativa da la razón al profesional.
Muchas veces que viajo en este medio de transporte son los propios conductores los que se quejan de estas y otras malas maneras de algunos de sus compañeros. Para el verdadero profesional, sólo ensucian el nombre de unos profesionales que permiten que miles de madrileños y visitantes puedan moverse por Madrid de manera rápida, eficiente y cada vez más responsable con el medio ambiente. Por eso, debería ser el propio sector, que adolece de una falta de movimiento enorme para tomar algunas decisiones que redundan en su beneficio, quien evitase este tipo de conductas para que ningún viajero se quede en tierra y que la imagen del taxi de Madrid sufra una merma. Es más, debería garantizar que al volante de uno de estos vehículos se trabaje siempre con verdadera vocación de servicio público.