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Intervención psicológica en el 11-M

miércoles 11 de marzo de 2009, 13:33h
La catástrofe del 11-M puso a prueba la capacidad de resistencia de la sociedad española, y muy singularmente de la madrileña, afectada de manera inmediata. El golpe inmenso afectó a innumerables individuos,  en unos casos  víctimas, en otros  familiares o amigos, y desde luego a un gran número de personas que se sintieron amenazadas por aquel espectáculo dramático, donde de un modo u otro se sentían envueltas. 

En esa ocasión, la Psicología volvió a mostrarse como un instrumento de un enorme valor práctico para confortar y sostener el ánimo de los afectados por el estrés y la angustia, y para ayudar a dominar la emoción incontrolada.  Los psicólogos madrileños, algunos de ellos implicados en los equipos de emergencia locales, otros directamente movilizados por el suceso, y coordinados de inmediato por el Colegio de Psicólogos de Madrid, se entregaron sin reservas a una acción de apoyo y de intervención con la que hacer frente al impacto de la onda emocional desencadenada por los atentados terroristas del día.

Autoridades e instituciones lo reconocieron en su día. Su agradecimiento y su aprecio fue un merecido premio al esfuerzo realizado.  Pero con ello no está todo cerrado. No sólo quedan secuelas muy importantes del suceso, sino que además  es importante no perder de vista aquella lección, para así mantenerse en guardia ante sucesos de tan fuerte impacto y tan complejas consecuencias, y mejorar los recursos y los conocimientos que entonces ya mostraron su utilidad.

El papel de los psicólogos
Recuérdese que, de forma en gran medida espontánea, a las pocas horas de ocurrida la catástrofe  llegó a haber unos 1.000 psicólogos en acción, coordinados por un centro operativo establecido por el Colegio.  Su incorporación y su colocación en los puestos donde eran más necesarios estuvo potenciada por la red informativa que se consiguió establecer al poco tiempo de ocurrida la agresión. Sabemos, además,  que hubo cerca de unos 500 profesionales más que se mantuvieron en alerta y en disposición de intervenir, lo que hizo posible la sustitución de aquellos profesionales que lo requirieron o necesitaron apoyo, para resistir así el contacto  inmediato con la desgracia de sus pacientes e interlocutores.

Cuando se examina la acción de estos profesionales, no deja de sorprender la variedad de funciones que hubieron de atender y la rapidez con la que lograron disponer de información técnica que guiara sus pasos. Hay que subrayar que uno de los primeros aciertos en aquellas horas de febril actividad fue la rapidísima reunión de una serie de materiales y documentos técnicos que pudieran guiar los pasos de los profesionales implicados en la intervención, y cuyos conocimientos de las peculiaridades del estrés postraumático, la crisis de ansiedad, la depresión reactiva, el ataque de pánico, etc., había que actualizar para usarlos con rapidez y sin vacilaciones.

Así, se pusieron en la Red, para su rápida consulta, una decena de documentos, todos de valor práctico, orientativos  sobre el modo de tratar a niños, a las personas en crisis súbita de ansiedad, etc., cuya lista puede verse fácilmente.  Una  buena guía para estas cuestiones es el volumen Ayuda psicológica a las victimas de atentados y catástrofes, elaborado por el grupo de psicólogos clínicos de la Universidad Complutense (García Vera, Labrador y Larroy), donde hay reunida gran cantidad de información.

Comunicación
También es un hecho a destacar que una de las actividades que ocuparon gran atención y esfuerzo fue la de comunicar con familiares y personas próximas a las víctimas que en muchos casos bloquearon los teléfonos en busca de una palabra que les diera claridad sobre lo que estaba ocurriendo. Sabemos que sólo en el día 11 se contabilizaron casi 6.000 llamadas de personas angustiadas a las que los psicólogos encargados de aquella tarea pudieron dar información medida y dosificada.

El contacto telefónico, aunque muy importante, fue sólo una pequeña parte de las tareas que estos profesionales realizaron en aquellas horas de actividad frenética. Muchos otros se encargaron de recibir y prestar el apoyo personal inmediato a personas afectadas de crisis emocionales, aunque no necesitadas de otro tratamiento médico urgente, y acompañar también a aquellos amigos y familiares que se desplazaron de inmediato a los lugares los que las víctimas habían sido trasladadas –el depósito de cadáveres, los hospitales y clínicas donde fueron ingresados- , y tenían que hacer frente a una inesperada situación de duelo.

Apoyo emocional a profesionales
No sólo eso: también hubieron de prestar apoyo emocional a personas de los equipos técnicos de trabajo  -enfermeros, camilleros, conductores, agentes, etc.- , que se habían visto sobrepasados en sus capacidades personales por el tamaño de la agresión y el volumen de dolor que les rodeaba en su campo de trabajo. En unas sesiones breves de grupo, los psicólogos debieron hacer frente a este nuevo problema, que se les vino encima de modo insospechado.

Se dio, como antes decía, el caso de la gente afectada moral y psicológicamente  por lo ocurrido. En ocasiones, sólo relacionados con el acontecimiento por su hábito de viajar en aquellos trenes, o por su cercanía a las estaciones, o por el recuerdo de amigos que podrían haber estado envueltos en el suceso, o en fin, por pura simpatía y compasión, en el sentido  estricto de la palabra. 

Hay que darse cuenta de que en estudios realizados con la población general se ha encontrado que aparecieron reacciones emocionales, depresión o estrés agudo por encima de los valores normales, en porcentajes que se mueven entre el 40 y el 50 por ciento.  En el caso de individuos que vivían en zonas próximas a las de la catástrofe  (N= 1.265), apareció estrés postraumático ya de valor clínico en un 10 por ciento de los casos, y depresión en algo más de un 8 por ciento -cuando el primero tiene un nivel de prevalencia del 0,5 por ciento, y la depresión, de un 3.9 por ciento, en situación normal, en nuestro país-. Y, naturalmente, ya en el círculo inmediato de afectados, aparecen cifras de un 36 por ciento de estrés postraumático, 31 por ciento de depresión y 45 por ciento de reacción de pánico, indicativas todas de la gravedad del suceso vivido.

Estudios parciales
La acción de los psicólogos fue muy positiva. Pero aún estamos muy lejos de tener una imagen mínimamente suficiente de lo que fue esa intervención. Hay bastantes  estudios parciales referidos a las consecuencias psicológicas del suceso, como las que acabo de mencionar.  En cambio, es mucho más escaso el conocimiento que tenemos de los tratamientos  que se aplicaron en una serie de casos. 

Hallamos un ejemplo de este tipo de tratamiento  en el proporcionado por la Unidad Clínica  Psicológica de la Universidad Complutense. En su informe se refiere a la atención prestada a cuarenta personas, de las cuales dos abandonaron el tratamiento antes de tener el alta, y la mayoría (90 por ciento) tuvieron el alta al cabo de cuatro semanas; dos personas, en fin, seguían siendo tratadas cuando se escribió el informe referido, y pasaban de quince semanas de atención especializada (García-Vera et al., 2008).

También sabemos que, en informaciones de prensa de hace unos meses, se admite que en torno a unas 200 personas están aún en tratamiento con los servicios médicos de la Seguridad Social, y unos 80 lo estarían a cargo de alguna de las asociaciones de víctimas del terrorismo. Los profesionales que vivieron de cerca aquellas horas no lo han olvidado. En algunos casos han tenido que requerir ellos mismos algún tipo de apoyo mientras ejercían su trabajo, y hubieron de ser sustituidos. Muchos otros decidieron seguir trabajando sobre el tema.

Hay que mencionar los análisis sociológicos que han realizado Amalio Blanco, R. del Águila y J.M. Sabucedo, (Madrid-11-M. Un análisis del mal y sus consecuencias, 2005); los trabajos epidemiológicos de J.J. Miguel Tobal, A. Cano, I. Iruarrizaga, M. Muñoz, F. Chacón, M. Muñoz, J.J. Vázquez, R.M. Martín Oterino, y  muchos otros más que se integraron en esos equipos.

La catástrofe, que sacudió al país, activó también el espíritu de investigación de los profesionales de la Psicología, tanto de los atraídos hacia temas sociales como los más estrictamente clínicos. Movilizó, en general, a la profesión. E hizo ver que las dimensiones de hechos como estos requieren un continuo estudio, especialización y dedicación. Pero lo ya logrado es importante, y es preciso reconocerlo y recordarlo.

El profesor Heliodoro Carpintero es especialista en Historia de la Psicología, doctor honoris causa por la Universidad de Valencia y catedrático del departamento de  Psicología Cognitiva II de la Facultad de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Este artículo ofrece un análisis sobre la atención psicológica prestada durante el 11-M elaborado a partir de su ponencia en el XXIX Congreso Internacional de Psicología, celebrado en Berlín. Deseamos que en estos momentos, en los que se cumple el quinto aniversario del atentado, este artículo sirva como homenaje a las víctimas y a sus familias.
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